Un significativo colectivo de diócesis en el norte de España ha emitido un contundente manifiesto, posicionando la lucha contra el racismo y la xenofobia como una extensión inherente del compromiso cristiano. Esta declaración conjunta, que aboga por una acción decidida y transformadora, ha sido divulgada en el marco de la conmemoración anual del Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, un llamado global a la reflexión y la intervención activa.
Las arquidiócesis y diócesis que han suscrito este importante documento incluyen a la Archidiócesis de Pamplona-Tudela y las diócesis de San Sebastián, Vitoria, así como Calahorra y La Calzada-Logroño. Su mensaje central es un emplazamiento directo a transitar “de la intención a la acción política y social” con el fin de erradicar prejuicios arraigados y asegurar la implementación de una igualdad real para todas las personas. Un pilar fundamental de su propuesta es “construir una fraternidad universal donde la diversidad sea acogida con dignidad, especialmente la de las personas migrantes”, quienes con frecuencia enfrentan las formas más agudas de discriminación.
Para estas jurisdicciones eclesiásticas, la observancia del Día Internacional dedicado a esta causa no es solo una fecha en el calendario. Lo conciben como “una llamada a la memoria, a la reflexión y, sobre todo, a la acción comprometida”. Es un momento crucial para recordar a aquellos que han padecido, y continúan padeciendo, la dolorosa realidad de la discriminación por motivos de origen, color de piel o identidad cultural o religiosa. La declaración subraya que “la lucha contra el racismo y la xenofobia forma parte también del compromiso cristiano con la dignidad de toda persona”.
En línea con la enseñanza social de la Iglesia, el manifiesto profundiza en la creencia fundamental de que “cada ser humano es portador de una dignidad inviolable”. Desde esta perspectiva, la rica “diversidad de pueblos, culturas, lenguas y religiones” no se percibe como un obstáculo, sino como una “riqueza que nos invita al encuentro y a la fraternidad”. Este enfoque resalta la interconexión humana y la necesidad de valorar las contribuciones de cada individuo a la sociedad global.
La conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial a menudo se articula en torno a lemas específicos, y el llamamiento de las diócesis resuena con la necesidad de “Movilizar la voluntad política”. Consecuentemente, los obispos y sus comunidades subrayan la imperiosa necesidad de que se tomen “decisiones concretas y compromisos reales por parte de las instituciones y de toda la sociedad”. Este llamado va más allá de las meras palabras, exigiendo medidas palpables que transformen el panorama social.
El manifiesto enfatiza que “erradicar el racismo no es solo una aspiración ética, sino una responsabilidad” colectiva. Esta responsabilidad interpela a todas las esferas de la vida social y política, y a cada individuo en sus actitudes y comportamientos cotidianos. No basta con una pasiva “rechazo del racismo, la xenofobia, el odio”, según el texto. Se exige una postura activa y transformadora que implique “revisar nuestros prejuicios”, “denunciar cualquier forma de discriminación”, “desmentir rumores y bulos” que alimentan la división, y “promover relaciones basadas en el respeto y la igualdad”.
Además, las diócesis argumentan que la “educación intercultural e interreligiosa, el diálogo y la participación de todas las personas” son factores esenciales para avanzar hacia una coexistencia basada en el respeto mutuo y la justicia. Reconocen la necesidad imperativa de “promover y exigir políticas públicas que garanticen la igualdad de oportunidades y la inclusión real” de todos los miembros de la sociedad, sin excepción.
El documento incluye un “llamamiento particular” a aquellos con “responsabilidad en el gobierno de las naciones” y una influencia significativa en “los medios de comunicación y redes sociales”. Se les exhorta a “hacer siempre honor a la verdad” y a abstenerse de “generar y divulgar ningún tipo de mensaje (escrito, oral, visual) que aliente el odio, el enfrentamiento, el rechazo, la marginación, la discriminación, la violencia, el racismo y la xenofobia”. Esta advertencia subraya el poder y la responsabilidad de la comunicación en la formación de la opinión pública y la cohesión social.
En lo que respecta a la responsabilidad específica de las comunidades cristianas, el manifiesto demanda una renovación del compromiso. Esto implica “caminar junto a quienes sufren estas situaciones, la mayoría personas migradas”, impulsando encuentros que fomenten la comprensión, “denunciando activamente la discriminación” y “trabajando incansablemente por el respeto a la libertad religiosa” de cada persona. La Iglesia se compromete a “seguir construyendo comunidades acogedoras, donde cada persona pueda sentirse reconocida, valorada, amada, y parte de una misma familia humana”.
Las diócesis concluyen su declaración con una visión esperanzadora y comprometida: “Junto a las personas señaladas, excluidas y migrantes queremos seguir tejiendo comunidades abiertas, acogedoras y solidarias, donde la diversidad sea reconocida como una riqueza y un don y todas las personas puedan vivir con dignidad, respeto e igualdad”. Este mensaje final encapsula el espíritu de la iniciativa: un llamado a la acción colectiva y a la construcción de una sociedad más justa y humana, en la que la fraternidad prevalezca sobre cualquier forma de discriminación.




