25 febrero, 2026

Durante la quinta jornada de los Ejercicios Espirituales de Cuaresma, celebrados en la emblemática Capilla Paulina del Palacio Apostólico del Vaticano, Monseñor Erik Varden ofreció una profunda reflexión ante el Papa Francisco y la Curia Romana. El obispo noruego, designado para guiar estas jornadas de introspección espiritual del 22 al 27 de febrero, centró su meditación de este miércoles en el complejo significado de las “caídas” en el camino personal de la fe y la urgente necesidad de abordar la corrupción dentro de la Iglesia.

Monseñor Varden, un monje trapense de reconocida trayectoria, abrió su intervención abordando un versículo del Salmo 91:7: “Caerán mil a tu lado, diez mil a tu derecha; mas a ti no llegará”. A la luz de la interpretación de San Bernardo de Claraval, el prelado noruego desgranó cómo estas “caídas” no son meros tropiezos, sino que poseen una doble dimensión espiritual. Por un lado, pueden ser una poderosa herramienta para la humildad, confrontándonos con nuestra propia arrogancia y soberbia, y revelando la inmensidad del poder salvador de Dios. Vistas desde esta perspectiva, las caídas se transforman en “hitos en un camino personal de salvación, para ser recordados con gratitud”, momentos de quiebre que abren paso a una gracia renovada y un entendimiento más profundo de la propia fragilidad y la misericordia divina.

Sin embargo, Monseñor Varden también advirtió sobre la otra cara de la moneda: “no toda caída termina en exaltación”. Reconoció con realismo que, en ocasiones, las caídas pueden dejar “ruina a su paso”, arrastrando consigo a numerosos inocentes y sembrando dolor y desolación. Esta matización subraya la importancia de un discernimiento cuidadoso sobre la naturaleza y las consecuencias de cada tropiezo, distinguiendo entre la fragilidad humana que conduce a la humildad y aquellos actos que generan daño profundo y sistémico.

**La Corrupción Eclesiástica: Una Herida Profunda en el Corazón de la Iglesia**

El punto culminante de la meditación de Monseñor Varden se centró en lo que calificó como la “peor crisis de la Iglesia”: la corrupción eclesiástica. Con una franqueza que resonó en la Capilla Paulina, lamentó que esta crisis no ha sido provocada por la oposición secular o las presiones externas, sino por fallas internas. “Las heridas infligidas tardarán en sanar. Reclaman justicia y lágrimas”, afirmó, enfatizando la gravedad de la situación y el largo camino que queda por recorrer para la sanación y la reconciliación.

En particular, el obispo dirigió su atención a la lacra de los abusos, una herida abierta que ha marcado profundamente a la Iglesia Católica. Subrayó la imperiosa necesidad de investigar y comprender “una raíz enferma”, de identificar las “señales tempranas” que, en su momento, pudieron haber sido ignoradas. Esto implica un examen riguroso de fallos en el discernimiento, “un patrón original de desviación” que permitió que tales atrocidades tuvieran lugar. Varden reconoció la complejidad de esta búsqueda: “A veces estos indicios existen y tenemos razón en culparnos por no haberlos detectado a tiempo. Sin embargo, no siempre los encontramos”, admitió, señalando la dificultad de reconstruir el pasado y las dinámicas internas que llevaron a la omisión o al encubrimiento.

No obstante, en un intento por ofrecer una visión equilibrada, Monseñor Varden también recordó que en comunidades hoy asociadas al escándalo, es posible encontrar “signos de inspiración” e incluso “huellas de santidad” en sus orígenes. Esta perspectiva evita la presuposición de una “hipocresía estructural desde el principio”, invitando a una evaluación matizada de la historia y el desarrollo de las instituciones eclesiales. Para la ardua tarea de identificar los elementos que conducen a la corrupción, el prelado recordó que la Iglesia posee “instrumentos delicados y eficaces”, que deben ser aplicados con rigor y honestidad. Además, citando a San Bernardo, recordó que los miembros de la Iglesia siempre deben estar preparados para hacer frente a los “feroces” ataques del enemigo, tanto externos como internos.

**La Vida Espiritual: El Alma de Nuestra Existencia**

Finalmente, Monseñor Varden trasladó su reflexión al ámbito de la vida espiritual, presentándola como la esencia misma de la existencia cristiana. Reconoció la crudeza de la batalla espiritual que enfrentan los miembros de la Iglesia y enfatizó que “el progreso en la vida espiritual requiere una configuración de nuestro yo físico y afectivo en sintonía con la maduración contemplativa”. Esto significa que la espiritualidad no es un compartimento estanco, sino que impregna cada aspecto de la persona.

La integridad de un “maestro espiritual”, según Varden, se manifiesta no solo en sus enseñanzas o su elocuencia, sino en sus hábitos cotidianos y su comportamiento más mundano. Ejemplificó esto al mencionar “su comportamiento en la mesa o en el bar” y, crucialmente, “su libertad frente a la adulación de los demás”. Esta autenticidad en la vida ordinaria es la verdadera medida de la coherencia entre la fe profesada y la vida vivida.

En este contexto, el monje trapense sentenció que “la vida espiritual no es un añadido al resto de la existencia”, sino que “es su alma”. Por ello, instó a los presentes a “cuidarse de todo dualismo”, recordando la verdad central de la fe cristiana: “el Verbo se hizo carne para que nuestra carne fuera impregnada del Logos”. Concluyó su meditación con una poderosa llamada a la integración de todas las dimensiones del ser: “Debemos aprender a estar igualmente en paz en nuestra naturaleza carnal y espiritual para que Cristo, nuestro Maestro, pueda gobernar serenamente en ambas”, invitando a una vida de plenitud y armonía bajo la guía divina. Las reflexiones de Monseñor Varden ofrecen un camino hacia la introspección profunda, la sanación de heridas y un renovado compromiso con la autenticidad espiritual en la Iglesia.

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