Cada 14 de febrero, el mundo se sumerge en una celebración dual: el amor romántico y la amistad. Sin embargo, en medio de la proliferación de mensajes efímeros y gestos comerciales, voces autorizadas como la de Monseñor José Ignacio Munilla, Obispo de Orihuela-Alicante, proponen una reflexión más profunda sobre la verdadera naturaleza del amor. En este día dedicado a San Valentín Mártir, el prelado español ha lanzado un mensaje contundente, abogando por una visión del amor como una alianza inquebrantable, distante de las tendencias modernas.
A través de su cuenta en la plataforma X, Monseñor Munilla articuló una frase que resonó: “El amor no es una app que se desinstala. Es una alianza sin plan B”. Esta declaración no es solo una crítica a la cultura del “usar y tirar” que a menudo permea las relaciones contemporáneas, sino una invitación a redescubrir la trascendencia y solidez del amor verdadero. En una sociedad donde la inmediatez y la facilidad de reemplazo son valores predominantes, la analogía con una aplicación subraya la fragilidad de vínculos sin compromiso profundo. Por el contrario, la “alianza sin plan B” evoca un pacto sagrado, una decisión consciente y duradera que no contempla salidas de emergencia ante las dificultades.
El obispo de Orihuela-Alicante no se detuvo ahí. Su mensaje se desglosó en un doble consejo crucial. Para quienes contemplan un compromiso formal, su advertencia fue clara: “Antes de decir ‘sí’, discierne: no confundas emoción con amor”. Este llamado al discernimiento es fundamental donde las pasiones iniciales a menudo se confunden con los cimientos de un amor duradero. La emoción, fluctuante, puede nublar el juicio; el amor auténtico se construye sobre la voluntad, el conocimiento mutuo y la aceptación del otro. Es un proceso de maduración que requiere tiempo, introspección y una comprensión realista de las implicaciones de compartir la vida.
Para quienes ya han dado el “sí”, Mons. Munilla enfatizó la importancia de la perseverancia: “Después de decir ‘sí’, persevera: las crisis no destruyen el amor… lo purifican #SanValentín”. Este consejo es un bálsamo para muchas parejas que enfrentan los desafíos de la convivencia y el paso del tiempo. Las crisis, lejos de ser el fin, pueden convertirse en oportunidades para fortalecer los lazos, profundizar la comprensión y revalidar el compromiso inicial. Son momentos de prueba que, si se gestionan con sabiduría, pueden pulir la relación, eliminando impurezas y revelando la esencia del amor que une a dos personas. El hashtag #SanValentín añadió relevancia contextual.
La publicación de Monseñor Munilla fue acompañada por una elocuente imagen de la campaña de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) por San Valentín. El cartel proclamaba “El verdadero amor no tiene plan B” bajo el lema “Menos TQM por WhatsApp, más ‘hasta que la muerte nos separe’”. Esta iniciativa refuerza la visión del obispo, contrastando la ligereza de las abreviaturas digitales con la solemnidad del juramento nupcial. Es un llamado a recuperar la seriedad y el peso de un compromiso que históricamente se concibió para trascender el tiempo y las circunstancias, una visión que contrasta con la fugacidad de las interacciones modernas.
La reflexión de Monseñor Munilla, enraizada en la tradición cristiana, adquiere un significado aún más profundo al recordar la figura de San Valentín, cuyo martirio se conmemora el 14 de febrero. Este día, globalmente asociado al romance, tiene orígenes que distan de los corazones y bombones, y se anclan en una historia de fe, valentía y sacrificio.
San Valentín, el venerable patrono de los enamorados, nació aproximadamente en el año 175 o 197 en Terni, a cien kilómetros de Roma. Su vida transcurrió en el turbulento siglo III, época marcada por la implacable persecución de los cristianos. En este contexto de peligro constante, Valentín sirvió como Obispo de Terni, poniéndolo directamente en el punto de mira de las autoridades imperiales.
En aquellos tiempos difíciles, el emperador Claudio II emitió un edicto que prohibía los matrimonios entre los jóvenes romanos. Su razonamiento era pragmático: creía que los hombres solteros eran soldados más efectivos, menos propensos a la deserción o a preocuparse por sus seres queridos. Desafiando esta cruel disposición, San Valentín persistió en su ministerio, administrando el sacramento del matrimonio en secreto a parejas cristianas, y según algunas tradiciones, también a legionarios romanos que habían abrazado la fe, convirtiéndose así en símbolo de esperanza y resistencia.
Su valiente desobediencia no pasó desapercibida. La tradición relata que, tras descubrir que había oficiado un matrimonio entre un legionario converso y una joven cristiana, el emperador Claudio II ordenó su detención. A pesar de los intentos de convencerlo de renunciar a su fe, Valentín se mantuvo firme. Finalmente, el 14 de febrero del año 273, el emperador dictaminó su ejecución, y San Valentín fue decapitado, sellando así su destino como mártir por el amor cristiano y la santidad del matrimonio.
La memoria de San Valentín ha perdurado. Actualmente, una de las reliquias más veneradas que se le atribuyen es un cráneo, custodiado en la iglesia de Santa María en Cosmedín, en Roma. Sin embargo, la historia de sus reliquias es compleja, pues al menos otras tres cabezas son consideradas suyas por diferentes tradiciones, veneradas en lugares tan diversos como España y Polonia. Esta dispersión subraya la amplia veneración y la significación de su legado en la cristiandad.
Así, el mensaje de Monseñor Munilla en este Día de San Valentín no es meramente una reflexión teológica, sino un eco atemporal de la valentía y el compromiso que caracterizaron al propio mártir. En un mundo en constante evolución, donde las relaciones humanas se ven desafiadas por nuevas dinámicas y tecnologías, la invitación a concebir el amor como una “alianza sin plan B” se erige como un faro de estabilidad y esperanza, recordando que el verdadero amor, aquel que persevera a través de las crisis y se fundamenta en el discernimiento, es la herencia más valiosa que San Valentín nos legó y la aspiración más noble para el corazón humano.




