Managua, Nicaragua – Mientras millones de fieles alrededor del mundo se alistan para conmemorar la Semana Santa de 2026, la Iglesia Católica en Nicaragua se prepara para estas celebraciones en un contexto de profunda represión. Bajo el constante asedio del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, la comunidad católica nicaragüense vive su fe con restricciones sin precedentes, pero también con una notable resiliencia espiritual que ha trasladado muchas de sus prácticas a la intimidad de los hogares y el corazón de sus creyentes.
La administración Ortega-Murillo ha intensificado progresivamente sus medidas contra la libertad religiosa, marcando un patrón de prohibiciones que impacta directamente la vida sacramental y la expresión pública de la fe. En los últimos años, miles de procesiones tradicionales de Cuaresma y Semana Santa han sido suspendidas. Además, en al menos cuatro diócesis del país, donde los obispos titulares no están presentes, se han prohibido las ordenaciones diaconales y sacerdotales, lo que afecta directamente la renovación y el futuro del clero.
Las prohibiciones se extienden a elementos culturales profundamente arraigados en las festividades religiosas, como el uso de pólvora y fuegos artificiales, tradicionalmente parte de las celebraciones. Sacerdotes consultados por ACI Prensa indican que su uso solo se permite cuando “conviene” al régimen, evidenciando un control arbitrario sobre las manifestaciones de piedad popular. La vigilancia policial es constante, con reportes de infiltrados en templos, grabaciones de homilías y fotografías de los fieles, creando un ambiente de intimidación persistente. Los párrocos, bajo presión, deben entregar informes detallados de sus actividades a las fuerzas del orden.
**La Fe se Refugia y Fortalece**
El Padre Edwing Román, quien se vio forzado a exiliarse en Estados Unidos en agosto de 2021 y ahora sirve en la parroquia Santa Agatha en Miami, comparte su experiencia y observa la evolución de la fe en su país natal. Recordando su servicio en Masaya, una región célebre por su arraigada piedad popular, el Padre Román fue testigo directo de la brutal represión de las protestas ciudadanas en 2018 y la posterior persecución de la Iglesia. Su última Semana Santa en Nicaragua, en 2021, estuvo marcada por el asedio policial y la presencia de informantes. Sin embargo, enfatiza que, a pesar de las adversidades, la fe no ha disminuido; por el contrario, “se ha fortalecido en las catacumbas de los hogares y del corazón noble de cada creyente”, especialmente entre los jóvenes. El sacerdote mantiene la esperanza, visualizando “los rayos ya visibles de la aurora del día de la Resurrección” que vencerán lo que él describe como una dictadura “inhumana y atea”.
Martha Patricia Molina, investigadora y autora del informe “Nicaragua: Una Iglesia perseguida”, documenta los múltiples ataques perpetrados por el régimen contra la Iglesia. Ella relata que su última Semana Santa en Nicaragua, en 2021, la vivió trabajando como agente de comunicación parroquial para garantizar la transmisión de actividades religiosas a través de redes sociales, permitiendo a los fieles participar desde la distancia. Molina confirma la prohibición de la Misa Crismal en al menos cuatro diócesis, un sacramento vital para la consagración de los óleos usados durante todo el año en bautismos y confirmaciones. Subraya que laicos y sacerdotes se han “acostumbrado a todas estas restricciones” pues carecen de alternativas para reclamar, enfrentando el riesgo de encarcelamiento, destierro o incluso la muerte. Actividades multitudinarias como el Vía Crucis arquidiocesano, que antes congregaba a miles de fieles en las calles, ahora se limitan al interior de los templos.
**Voces del Exilio: Resistencia y Dolor**
Cuatro sacerdotes nicaragüenses en el exilio, quienes prefieren mantener el anonimato por temor a represalias contra sus compatriotas, comparten sus vivencias. Uno de ellos rememora un pasado en el que la policía colaboraba con la Iglesia, contrastándolo con el presente, donde las autoridades actúan como “agente represor y de control”. Aunque algunas procesiones públicas, como las de Santo Domingo en Managua o la Virgen de la Merced en León, aún se realizan, siempre son bajo la estricta “conveniencia y control” del régimen. No obstante, destaca que la asistencia a las celebraciones religiosas no ha disminuido. “La Iglesia ha sabido vivir su fe en medio de tantas persecuciones. No se acomoda, sino que se adapta”, afirma, resaltando que, a pesar del acoso policial constante, los templos se mantienen abiertos.
Otro sacerdote expresa la profunda nostalgia y el dolor que siente al ver a su pueblo en la pobreza y la falta de clero, sintiendo “impotencia de no poder hacer algo”. Un tercer clérigo lamenta haber sido despojado de su patria, cultura y gente por el simple hecho de “ser un sacerdote, de ser religioso y en algún momento haber sacado la cara por el pueblo” para denunciar “las atrocidades del régimen”.
El cuarto sacerdote enfatiza que, pese a todo, “la Iglesia no se cansa y no se rinde”. Denuncia que una de las prohibiciones más dolorosas en las diócesis sin obispo es la imposibilidad de mencionar al obispo local o de orar por los cristianos perseguidos durante la plegaria eucarística. A pesar de este nivel de “manipulación y control”, la Iglesia Católica “sigue buscando las formas de reinventarse y hacer lo que tiene que hacer”, animando y acompañando a los fieles que resisten en Nicaragua, asfixiados por el régimen pero inquebrantables en su fe.
La conmemoración de la Semana Santa 2026 en Nicaragua se perfila, una vez más, como un acto de profunda fe y resistencia, un testimonio vivo de la capacidad de la Iglesia y sus fieles para perseverar y encontrar esperanza incluso bajo las condiciones más adversas.




