El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua ha intensificado su ofensiva contra la Iglesia Católica, imponiendo una prohibición total a las ordenaciones de sacerdotes y diáconos en al menos cuatro diócesis del país. Esta medida restrictiva afecta directamente a las jurisdicciones cuyos obispos han sido forzados al exilio, marcando un nuevo y alarmante capítulo en una persecución religiosa que se arrastra por años y que, paradójicamente, no ha logrado sofocar el surgimiento de nuevas vocaciones.
Las diócesis afectadas por esta directriz gubernamental son Jinotega, Siuna, Matagalpa y Estelí, todas ellas actualmente sin un obispo residente en el país. La acción del gobierno profundiza una crisis pastoral sin precedentes, que ha desmantelado gran parte de la estructura eclesiástica en estas regiones y ha dejado a comunidades enteras en una profunda precariedad espiritual.
**Contexto de la Represión Episcopal**
La prohibición se inscribe en un patrón de hostigamiento y expulsión de figuras clave de la jerarquía católica. En enero de 2024, Monseñor Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa y administrador apostólico de Estelí, fue expulsado a Roma junto con Monseñor Isidoro Mora, obispo de Siuna, tras meses de detención y un polémico juicio. Unos meses después, en noviembre de 2024, Monseñor Carlos Herrera, obispo de Jinotega y presidente del episcopado nicaragüense, también fue forzado al exilio. Su salida se produjo poco después de haber ordenado a un sacerdote y siete diáconos en la vecina diócesis de Matagalpa en julio de 2024, un evento que la investigadora Martha Patricia Molina, autora del informe “Nicaragua: Una Iglesia perseguida”, calificó como un “oasis litúrgico” en medio de la represión.
**La Mano Visible del Estado en Asuntos Eclesiásticos**
Sacerdotes nicaragüenses en el exilio, quienes pidieron mantener el anonimato por temor a represalias contra sus familias, confirmaron a medios internacionales que la prohibición de ordenaciones es una injerencia directa del gobierno. “El gobierno está influyendo activamente en las ordenaciones, y no solo eso, también hay una vigilancia mucho más estricta sobre los sacerdotes”, afirmó uno de los clérigos, señalando que la policía es el brazo ejecutor de estas medidas. La animadversión del régimen hacia figuras como Monseñor Rolando Álvarez fue citada como la principal razón detrás de la restricción en Matagalpa.
Otro sacerdote exiliado denunció los esfuerzos del régimen por “subvertir la autoridad episcopal”, intentando que algunos clérigos, con la intención de proteger sus diócesis, terminen cediendo a las demandas del gobierno. Matagalpa es quizás la diócesis más golpeada, con al menos 32 de sus presbíteros fuera del país.
**Vigilancia Extrema y el Limbo de los Seminaristas**
La situación es especialmente crítica en las diócesis sin obispo. “La vigilancia es aún más extrema para impedir que cualquier otro obispo de una diócesis vecina venga a celebrar alguna ceremonia”, explicó un segundo sacerdote. En Siuna, por ejemplo, se estima que al menos siete candidatos al sacerdocio que concluyeron sus estudios en 2025, junto con otro grupo que finalizó en 2024, permanecen en un “limbo jurídico y espiritual”, con la idoneidad y el llamado, pero sin poder acceder al sacramento de la ordenación.
Martha Patricia Molina subraya el impacto “alarmante” de esta prohibición. Matagalpa opera con apenas el 30% de su clero activo, mientras que Estelí y Jinotega han visto reducciones de hasta el 50% en su capacidad pastoral. Esto deja a comunidades enteras desprovistas de la Eucaristía regular y del acompañamiento sacramental. “Sin un relevo que sustituya a los sacerdotes desterrados, expulsados o fallecidos, la Iglesia Católica en Nicaragua enfrenta la posibilidad real de un cierre progresivo de parroquias”, advirtió Molina.
**Diócesis con Capacidad de Ordenar: Una Distinción Política**
Mientras cuatro diócesis sufren la prohibición, la Arquidiócesis de Managua y las diócesis de León, Juigalpa, Granada y Bluefields han podido continuar con sus ordenaciones. Un tercer sacerdote explicó que estas diócesis cuentan con sus obispos diocesanos presentes en el país y han adoptado un perfil considerado “prudente” frente al gobierno. Si bien algunos medios los han tildado de aliados al régimen, el clérigo aclaró que simplemente actúan de manera “más práctica por el bien de sus pastores y su rebaño”.
El obstáculo para las ordenaciones en las diócesis sin obispo no es canónico, sino político. Aunque un obispo exiliado podría enviar una carta de autorización por correo electrónico para permitir que los candidatos sean ordenados en otras diócesis, “el problema es que el gobierno interpreta ese permiso, esas cartas, como una irrupción en la soberanía que ellos creen tener, y ven como una amenaza a un obispo que está fuera y sigue gobernando su diócesis”, explicó el sacerdote.
A pesar de las restricciones, se han llevado a cabo ordenaciones recientes en las diócesis “permitidas”: tres diáconos en Juigalpa en diciembre de 2025, dos diáconos en Bluefields en enero de este año, y en Managua, ocho diáconos ordenados en junio de 2025 se convirtieron en sacerdotes en noviembre del mismo año. Más recientemente, un diácono fue ordenado en León el 28 de febrero de 2026.
**La Resiliencia de la Fe: Vocaciones que Persisten y Maneras “Astutas”**
Un aspecto notable, en el que coinciden los sacerdotes exiliados, es que, contra todo pronóstico, las vocaciones sacerdotales en Nicaragua continúan floreciendo. “El Señor sigue suscitando jóvenes valientes que lo escuchan y entran en el proceso de discernimiento vocacional”, afirmó uno de ellos.
El tercer sacerdote destacó la “astucia de la Iglesia” ante las adversidades, buscando maneras de que las ordenaciones se realicen sin el conocimiento o la interferencia directa del gobierno. Prueba de ello es el informe de Mosaico CSI de febrero de 2026, que documentó la ordenación clandestina de dos nicaragüenses como sacerdotes en la Diócesis de Limón, Costa Rica, precisamente para evadir las represalias del régimen.
Esta perseverancia subraya que “los obstáculos no son un problema para la Iglesia, sino una cruz que abraza valientemente, como nos enseñó nuestro Señor, y que la empuja en este camino de resurrección”. La Iglesia en Nicaragua, aunque “crucificada”, no está inmovilizada; “la cruz sigue aún más dando frutos porque la Iglesia no está acomodada, no está estática. Está en movimiento. Eso es lo que produce movimiento”, concluyó uno de los sacerdotes, ofreciendo una reflexión sobre la inquebrantable fe y determinación de la Iglesia Católica frente a la creciente persecución en el país centroamericano.





