Nueva York se vistió de solemnidad y música para rendir el último adiós a William Anthony Colón Román, el legendario “Malo del Bronx”, quien falleció el pasado 21 de febrero. Familiares, amigos y una vasta comunidad de admiradores se congregaron en la majestuosa Catedral de San Patricio, en el corazón de Manhattan, para una emotiva misa de exequias que culminó con un tributo musical espontáneo que resonó en las calles de la Gran Manzana.
La ceremonia religiosa, un reflejo de la profunda fe que caracterizó los últimos años de vida de Colón, fue presidida por Mons. Joseph Espaillat, Obispo Auxiliar de Nueva York. Sin embargo, el punto álgido de la jornada llegó al final de la Eucaristía, cuando el féretro del icónico salsero fue despedido. Un nutrido grupo de trombonistas, convocados de manera pública, se reunió en las inmediaciones de la catedral para entonar las inconfundibles notas de “La Murga”, una de las canciones más emblemáticas del repertorio de Willie Colón. Este vibrante homenaje, cargado de simbolismo y cariño, sirvió como el eco final de la influencia del músico, transformando la tristeza del adiós en una celebración de su innegable legado musical. La escena, con los potentes sonidos de los trombones mezclándose con el ambiente neoyorquino, fue un testimonio palpable del impacto cultural que el artista tuvo en la música latina y en la vida de millones de personas.
Durante la misa, los hijos del célebre músico compartieron palabras que revelaron tanto la figura pública como el hombre íntimo que fue Willie Colón. Diego Colón, uno de los cuatro descendientes del artista, se dirigió a los presentes con un emotivo mensaje, destacando la dualidad de su padre. “Mientras el mundo fue transformado por su música”, expresó Diego, “quienes realmente lo conocieron fueron transformados por su amor, sus increíbles historias, su carácter, su sabiduría y sus chistes de tres horas. Te amamos, papá”. Estas palabras pintaron un retrato del “Malo del Bronx” no solo como un genio musical, sino también como un pilar de amor y alegría en su círculo más cercano, un hombre cuya personalidad trascendía las barreras del escenario y el estudio de grabación.
Por su parte, Alejandro Colón, otro de los hijos del legendario salsero, compartió un detalle conmovedor sobre la visión de su padre respecto a su despedida final. “Él quería su funeral aquí, en la Catedral de San Patricio, y gracias a todos los que lo amaban lo logramos”, reveló Alejandro. Añadió que su padre “lo había visualizado durante años, incluso estando en buena salud. Sabía cómo quería que fuera y qué canciones debían tocarse”. Esta revelación subraya no solo la previsión de Colón, sino también la profunda conexión que sentía con el emblemático templo y la importancia que le daba a su propio adiós, planificándolo como la última de sus grandes producciones. La realización de este deseo se convirtió en un acto de amor y respeto por parte de su familia y la comunidad.
La homilía, ofrecida por Mons. Joseph Espaillat, Obispo Auxiliar de Nueva York, fue un momento de profunda reflexión y cercanía. El obispo, de ascendencia dominicana y nacido en Estados Unidos, compartió una anécdota personal que conectaba directamente con la figura del fallecido. Confesó que fue su propio padre, también en el Bronx, quien le introdujo al universo musical de William Anthony Colón Román. “Tengo que confesar algo: yo aprendí lo que era un trombón gracias a él. No sabía qué instrumento era hasta que mi padre me lo mostró escuchando su música”, relató Mons. Espaillat, haciendo alusión a temas icónicos como “El Día de Mi Suerte” y reconociendo a Colón como “un maestro” en su arte.
El Obispo Espaillat, dirigiéndose repetidamente a Julia, la viuda de Willie Colón, ofreció una prédica bilingüe en inglés y español, centrada en el propósito trascendente de la existencia. “La meta de la vida es regresar a los brazos de quien nos creó a su imagen y semejanza. Eso es. Al final del día todo lo demás es basura, porque todo lo demás lo dejamos atrás”, enfatizó, invitando a la congregación a reflexionar sobre la fugacidad de los bienes materiales. Con una poderosa analogía, añadió: “Nunca he visto un camión de mudanza seguir al carro fúnebre. No te llevas tus cosas contigo. ¿Qué te llevas? Tus buenas acciones, el amor, ese amor, Julia, que él compartió contigo”.
El prelado continuó su reflexión, argumentando que la muerte no puede ser el final definitivo. “¿Qué importa al final ser el mejor músico de salsa o merengue? Tiene que haber más”, aseveró, señalando la necesidad de una esperanza que trascienda lo terrenal. Subrayó que “esa esperanza que no decepciona debe estar en Dios”, y que “todos vamos a encontrarnos con nuestro Creador algún día”. Mons. Espaillat concluyó su mensaje con un desafío para todos los presentes, uno que consideró también un mensaje de Willie Colón: “Mi reto para cada uno de ustedes, y creo que también es el reto de Willie para nosotros —aseguró—, es volver a casa. Es regresar a casa. Es poner a Dios primero”.
El funeral de Willie Colón en la Catedral de San Patricio fue más que una simple despedida; fue un homenaje multitudinario a un gigante de la música latina. Su legado como “El Malo del Bronx”, un pionero del trombón en la salsa y una voz inconfundible, perdurará a través de sus grabaciones y la profunda huella que dejó en la cultura global. Nueva York, la ciudad que lo vio nacer y crecer, le rindió honores a la altura de su magnitud, asegurando que su memoria y su música sigan resonando por muchas generaciones más.




