31 marzo, 2026

La Habana, Cuba — Tras una reciente visita a la isla caribeña, monseñor Manuel de Jesús Rodríguez, obispo de Palm Beach en Estados Unidos, ha emitido una contundente advertencia sobre la alarmante situación en Cuba, calificándola de “una crisis humanitaria profunda y en aumento”. El prelado, de origen dominicano, compartió sus observaciones y su llamado urgente a la acción en una columna, expresando su profundo amor por el país que no había visitado en más de 25 años.

La ocasión de su regreso fue la instalación de monseñor Osmany Massó Cuesta como nuevo obispo de Bayamo-Manzanillo. Sin embargo, más allá de la solemnidad de la celebración eclesiástica, monseñor Rodríguez se encontró con una realidad que, según sus propias palabras, “se impuso con una fuerza abrumadora — una que no puedo olvidar y sobre la cual no puedo permanecer en silencio”. El obispo enfatizó que lo que presenció no era simplemente una dificultad, sino una crisis palpable, grabada en la vida cotidiana de un pueblo entero.

Las calles de Cuba, tradicionalmente vibrantes, ahora revelan un panorama de escasez y lucha diaria. Monseñor Rodríguez relató que la obtención de alimentos básicos se ha convertido en una odisea constante. Las largas filas se extienden durante horas bajo el inclemente sol, y a menudo culminan en la frustración de no encontrar los productos deseados. La malnutrición, según su testimonio, ya no es una condición oculta; se manifiesta visiblemente en los rostros de los niños, en la fragilidad de los ancianos y en el agotamiento silencioso de los padres que han llegado al límite de sus posibilidades. La dieta básica de muchos cubanos se ha visto drásticamente reducida, afectando la salud y el bienestar general de la población.

La situación en los hospitales es igualmente desgarradora. La falta de medicamentos y suministros esenciales ha provocado retrasos significativos en los tratamientos, transformando enfermedades que en otras latitudes serían fácilmente manejables en cargas pesadas y, en ocasiones, insoportables para los pacientes. La carencia de analgésicos, antibióticos y equipos médicos básicos es una constante, impactando gravemente la calidad de vida y la esperanza de recuperación de miles de personas.

Sin embargo, lo más impactante para monseñor Rodríguez fue la atmósfera que impregna la nación: una creciente y asfixiante sensación de desesperanza. Esta sensación se percibe en las calles, en las conversaciones susurradas y en la mirada de la gente. Es el cansancio acumulado de un pueblo que ha soportado demasiado durante demasiado tiempo, la angustia silenciosa de quienes no vislumbran un camino claro hacia adelante, y la erosión constante de la esperanza. Esta desesperanza, más allá de la carencia material, representa un desafío profundo para el espíritu y la resiliencia de la sociedad cubana.

Ante este panorama, monseñor Rodríguez hizo un llamado contundente a la solidaridad. Reconoció que los cubanoamericanos y los inmigrantes cubanos que residen en el sur de Florida viven esta crisis en sus corazones, conscientes del sufrimiento de sus seres queridos en la isla. “Como obispo de Palm Beach, hablo con urgencia y con convicción: no podemos permanecer indiferentes”, afirmó. “Hacerlo sería una falta no solo de caridad, sino también de conciencia. La cercanía de Cuba —tan próxima a nosotros en todo sentido— nos impone una grave responsabilidad moral. No somos espectadores. Somos vecinos. Y somos hermanos y hermanas”.

El prelado subrayó que la oración debe traducirse en acción. En este sentido, la Diócesis de Palm Beach está colaborando activamente con los obispos cubanos para explorar y establecer “todas las vías posibles para brindar asistencia concreta”, especialmente en las áreas más urgentes de alimentación y atención médica. Este esfuerzo, según monseñor Rodríguez, no es opcional, sino un imperativo moral que demanda una respuesta digna de la fe cristiana. Instó a la comunidad a unirse a estos esfuerzos, a no permanecer al margen y a no permitir que la distancia o la rutina adormezcan el llamado de la caridad. “Este es un momento que exige una respuesta digna de nuestra fe”, concluyó.

En paralelo a este llamado, Cáritas Cuba anunció el 26 de marzo la llegada de un nuevo cargamento humanitario al aeropuerto internacional de Santiago de Cuba. Esta ayuda y los fondos asociados fueron canalizados a través de Catholic Relief Services (CRS), una organización hermana conocida por su compromiso con el servicio de caridad a nivel global. Cáritas Cuba ha asumido la crucial tarea de distribuir estos kits de asistencia a unas 600 familias en la arquidiócesis de Santiago. Además, se ha confirmado que el próximo envío de ayuda beneficiará a otras 600 familias en la región de Holguín-Las Tunas, lo que demuestra un esfuerzo continuo y coordinado para aliviar la difícil situación que atraviesa el pueblo cubano. Estos esfuerzos, aunque significativos, son una gota en el océano ante la magnitud de la crisis humanitaria que persiste en la isla.

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