25 febrero, 2026

Washington, D.C. – A cuatro años de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, los obispos católicos ucranianos en Estados Unidos han alzado su voz con una contundente declaración, acusando a Moscú de exhibir una “intención genocida”. Esta postura, compartida con la comunidad internacional, subraya la gravedad y las consecuencias humanitarias de un conflicto que ha devastado la nación europea y puesto a prueba los cimientos de la paz global.

La carta episcopal, emitida en conmemoración del sombrío aniversario del 24 de febrero de 2022, destaca la brutalidad de las tácticas rusas, particularmente durante el pasado invierno. “Este invierno, el más riguroso en años, ha sido explotado deliberadamente para quebrar el espíritu de una nación”, afirmaron los obispos, enfatizando que se trata de una “guerra contra el pueblo”. Este ataque sistemático contra la resiliencia de la población, mediante la interrupción de servicios esenciales y la exposición a condiciones extremas, es presentado como una prueba fehaciente de la alegada “intención genocida”.

Los líderes de la Iglesia ucraniana en Estados Unidos no solo denunciaron la agresión militar directa, sino también la instrumentalización de los elementos naturales. Acusaron a Rusia de “usar a la Madre Naturaleza como cómplice del terrorismo patrocinado por el Estado”, una referencia a los ataques contra la infraestructura energética y civil que dejaron a millones de ucranianos sin calefacción, electricidad y agua en los meses más fríos. Esta estrategia, según los obispos, busca minar la moral y la capacidad de resistencia del país, afectando directamente la vida cotidiana de sus ciudadanos.

La declaración también pormenoriza una serie de ataques documentados contra la infraestructura social y espiritual de Ucrania, que, según los prelados, evidencian un patrón de destrucción deliberada. Se citan asaltos contra hospitales, escuelas y lugares de culto, considerados pilares de cualquier sociedad civilizada. Estos ataques no solo causan un sufrimiento inmenso e inmediato, sino que también hipotecan el futuro de la nación al destruir su capacidad de recuperación y desarrollo a largo plazo.

Entre las atrocidades más perturbadoras señaladas por los obispos figura la sustracción y deportación forzada a Rusia de “decenas de miles” de niños ucranianos. Esta acción, ampliamente condenada por organizaciones internacionales de derechos humanos, se ha interpretado como un intento de desarraigar a la próxima generación de su identidad cultural y nacional. Además, la carta denuncia la tortura de prisioneros civiles, incluyendo miembros del clero, y el daño o destrucción de más de 600 iglesias y lugares de culto desde el inicio de la invasión a gran escala. Estos actos no solo constituyen violaciones flagrantes del derecho internacional humanitario, sino que también representan un ataque directo a la libertad de religión y al patrimonio cultural y espiritual de Ucrania.

Los obispos también pusieron de manifiesto la persecución religiosa en las zonas ocupadas por Rusia. “En todas partes donde la ocupación rusa se ha afianzado, la Iglesia Católica Ucraniana ha sido prohibida, y todas las confesiones religiosas excepto el Patriarcado de Moscú son perseguidas”, afirmaron. Esta política de supresión de la libertad religiosa es vista como un intento de imponer una visión ideológica y religiosa específica, eliminando la pluralidad y la identidad espiritual ucraniana.

En un intento por cuantificar el impacto humanitario de la agresión, los líderes eclesiales detallaron estadísticas alarmantes: 2.881 ataques documentados contra el sistema de salud de Ucrania, que han afectado directamente a personal médico, hospitales, clínicas, ambulancias y almacenes de insumos vitales en todo el país. Estas acciones obstaculizan gravemente la atención a la población civil y a los heridos de guerra. En el ámbito educativo, la situación no es menos desoladora: 4.048 instituciones han sufrido daños y 408 edificios han sido completamente destruidos, privando a miles de niños y jóvenes de su derecho a la educación y a un futuro seguro.

La carta episcopal también incluye una reflexión profunda sobre los valores en juego en este conflicto. Citando al Papa Benedicto XVI, quien describió un mundo que vive bajo la “dictadura del relativismo”, donde “aparentemente todo está en venta y las relaciones o los principios se reducen a tratos o transacciones”, los obispos enfatizaron la postura de los ucranianos: “¡Esta no es la voluntad de Dios!”. Esta frase encapsula la convicción de que la lucha de Ucrania es, en esencia, una batalla por la verdad, la justicia y la dignidad humana frente a la agresión y la barbarie.

La misiva, que expresó gratitud a los estadounidenses y a “todos los que permanecen en alianza” con el pueblo de Ucrania, fue firmada por destacadas figuras eclesiales: el arzobispo Borys Gudziak, metropolitano de los católicos ucranianos en Estados Unidos; el obispo Paul Chomnycky, OSBM, de la Eparquía de Stamford, Connecticut; el obispo Benedict Aleksiychuk, de la Eparquía de San Nicolás en Chicago; y el obispo Bohdan Danylo, de la Eparquía de San Josafat en Parma, Ohio.

Antes del cuarto aniversario del conflicto, otros líderes católicos de Ucrania también viajaron a Estados Unidos para informar sobre la devastadora realidad en el terreno, especialmente durante el crudo invierno. Entre ellos destacaron el obispo Vitaliy Kryvytskyi, SDB, de Kyiv-Zhytomyr, y el obispo Pavlo Honcharuk de Járkiv, quienes compartieron testimonios de primera mano sobre el impacto de la agresión rusa y la resiliencia del pueblo ucraniano. Sus voces, junto con la declaración de los obispos en EE. UU., refuerzan el llamado internacional a la acción y a la condena de los crímenes que se perpetran en Ucrania.

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