En el marco de la trascendental visita *ad limina Apostolorum* que los obispos de las 46 jurisdicciones eclesiásticas de Perú realizan en el Vaticano, Monseñor Carlos García, obispo de Lurín y presidente de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP), ha lanzado un enérgico mensaje contra la corrupción que, según sus palabras, “carcome las instituciones” de su nación. Sus declaraciones subrayan la convicción de que “Dios quiere que el corrupto cambie y se convierta”, una exhortación a la transformación personal y social que resuena en los pasillos de la Santa Sede.
La visita *ad limina*, un encuentro quinquenal (o con una periodicidad similar) de los obispos de cada país con el Papa y los dicasterios de la Curia romana, no es solo un acto protocolario, sino una profunda oportunidad para compartir la realidad pastoral, social y eclesial de sus diócesis. Para la delegación peruana, este viaje ha sido una plataforma para exponer los desafíos más apremiantes que enfrenta el país andino.
Monseñor García no ocultó la gravedad del panorama. En un diálogo con la prensa, describió una corrupción que ha superado la marginalidad para incrustarse en “niveles altos de las instituciones”, a menudo operando de forma “orquestada” y extendiéndose por “diversos ambientes y grupos”. Esta corrosión sistemática no solo daña la moral pública, sino que también socava “el poder y la credibilidad institucional” del Estado peruano, dejando a la sociedad en un estado de vulnerabilidad y desconfianza.
A esta crisis ética se suma la creciente ola de violencia generada por el sicariato, una práctica delictiva que infunde “miedo e inseguridad en amplios sectores de la población”. La conjunción de estos males complica enormemente la misión evangelizadora de la Iglesia en un contexto donde, paradójicamente, muchos buscan confinar la fe al ámbito privado. “La Iglesia no puede quedarse callada ante estas situaciones de injusticia”, enfatizó Monseñor García, defendiendo que anunciar el Evangelio implica un llamado ineludible a la conversión, tanto individual como colectiva, incluso si esto genera incomodidad o rechazo.
El presidente del episcopado peruano articuló la dificultad de evangelizar en un entorno tan adverso. La demanda de algunos de que la Iglesia no interfiera en la vida social o privada, o que no “predique los mandamientos”, plantea una pregunta fundamental: “¿A qué queremos reducir la religión?”. Para la Iglesia, la fe no es un mero adorno espiritual, sino una fuerza transformadora que debe incidir en todas las esferas de la existencia humana.
Además de la corrupción y la violencia, Monseñor García enumeró otros retos urgentes que pesan sobre Perú: la precariedad del sistema de salud, las deficiencias estructurales en la educación, los altos índices de desnutrición, el persistente desempleo y la elevada informalidad laboral. Todos estos problemas sociales han sido expuestos y discutidos en las diversas reuniones que los obispos peruanos han sostenido con los dicasterios del Vaticano.
Un factor de especial relevancia en esta visita es la figura del Papa León XIV. Monseñor García destacó que el Pontífice, con su profunda conexión con Perú, conoce de primera mano estas problemáticas. Su trayectoria como misionero en Chulucanas y Trujillo desde 1985, obispo de Chiclayo desde 2015, y posteriormente Prefecto del Dicasterio para los Obispos, además de poseer nacionalidad peruana, le confiere una comprensión única de la realidad y el sufrimiento del pueblo. “Sabe cómo se vive y cómo se sufre en el Perú”, afirmó García, resaltando la importancia del acompañamiento de la Iglesia a los más desfavorecidos.
La elección del Cardenal Robert Prevost como León XIV fue recibida en Perú con “gran gozo y alegría”, un sentimiento amplificado por la coincidencia de su pontificado con el Año de la Esperanza. La rapidez con la que se fijó la visita *ad limina* para enero, obligando a una intensa preparación de informes pastorales de los últimos cinco a siete años, no ha mermado la riqueza de los encuentros. Monseñor García describió un “proceso intenso” y un “diálogo fluido y profundo” con los dicasterios vaticanos, en un ambiente sinodal donde la escucha ha sido clave para discernir y actuar. El centro de esta labor, insistió, debe ser Cristo, pues “si no partimos de Él todo se derrumba”.
La agenda de la delegación peruana ha estado marcada por una intensa vida litúrgica. Cada mañana, los obispos han celebrado la Eucaristía en lugares emblemáticos como la Basílica de San Juan de Letrán y la Basílica de San Pedro, junto a la tumba del Apóstol. “Pedimos luces, fuerza y fortaleza para responder, como pastores, a los retos que vive el Perú y para acompañar desde la fe a nuestros pueblos, que atraviesan múltiples dificultades”, expresó el prelado.
Monseñor García, quien ha participado en cuatro visitas *ad limina* con distintos pontífices (San Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y ahora León XIV), observa que, aunque cada experiencia es única, todas comparten el valor del diálogo fraterno con la Santa Sede. Destaca la evolución de estas visitas tras la reforma de la Curia impulsada por el Papa Francisco, que ha promovido una mayor escucha mutua entre el centro y las periferias de la Iglesia, transformándolas en un espacio no solo para recibir directrices, sino también para compartir la realidad concreta de cada nación.
La visita *ad limina* concluirá con un acto de gran simbolismo: la entronización de una imagen de Santa Rosa de Lima, patrona de América, en los Jardines del Vaticano. Para Monseñor García, este gesto encapsula el profundo sentido del encuentro: un llamado a la oración y la contemplación, la vivencia del sacrificio como expresión de amor y una profunda devoción a la Iglesia y a los pobres, en quienes se reconoce el rostro de Cristo. “Mirando a Santa Rosa, retomamos los retos que la llevaron a seguir a Cristo con radicalidad y a entregarse totalmente hasta el final”, concluyó el presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, reafirmando el compromiso de la Iglesia en Perú de enfrentar los desafíos de su tiempo con fe y determinación.






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