Ciudad del Vaticano – El Papa Francisco continuó su ciclo de visitas cuaresmales a las parroquias de su diócesis en Roma, presidiendo una Eucaristía en la histórica Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, ubicada estratégicamente en el bullicioso barrio de Castro Pretorio, a escasos metros de la estación Termini. Esta etapa, la segunda de su itinerario cuaresmal, marcó un encuentro directo del Pontífice con una de las realidades urbanas más complejas y diversas de la capital italiana, donde su homilía resonó con profundos mensajes sobre la libertad humana, el significado del bautismo y la urgencia de la caridad frente a las contradicciones sociales.
Durante su alocución, el Santo Padre invitó a la comunidad a redescubrir el valor transformador del Bautismo, presentándolo como la piedra angular del camino cuaresmal. “La Cuaresma es un tiempo litúrgico intenso que nos ofrece la ocasión de redescubrir la riqueza de nuestro Bautismo, para vivir como criaturas plenamente renovadas gracias a la encarnación, la muerte y la resurrección de Jesús”, afirmó, enfatizando la gracia que se entrelaza con la libertad individual.
Francisco profundizó en el relato del Génesis, interpretándolo no como una mera prohibición, sino como la revelación de una posibilidad trascendental: la capacidad humana de establecer una relación con el Creador. Según el Papa, la serpiente en el Jardín del Edén simboliza la tentación de anular la distinción entre criatura y Creador, incitando a la humanidad a una ilusión de autonomía que busca equipararse a la divinidad. Este pasaje, señaló, es una representación magistral del drama inherente a la libertad humana, la cual se debate entre el reconocimiento de la alteridad divina y la seducción de la autosuficiencia.
El Pontífice trazó un puente entre la narrativa bíblica y la escena de las tentaciones de Cristo en el Evangelio, donde se dirime la misma cuestión fundamental: ¿se alcanza la plenitud de la vida a través de un “sí” a Dios, o es la libertad plena un resultado de la emancipación de Él? El ejemplo de Jesús, al resistir las insidias del “antiguo Adversario”, se erige como el modelo del “hombre nuevo”, cuya libertad se realiza plenamente en la obediencia y la aceptación de la voluntad divina. “En efecto, vemos al Hijo de Dios que, oponiéndose a las insidias del antiguo Adversario, nos muestra al hombre nuevo, al hombre libre, epifanía de la libertad que se realiza diciendo ‘sí’ a Dios”, recalcó.
Esta “nueva humanidad”, explicó Francisco, nace de la fuente bautismal. El Bautismo no es un evento estático, sino un sacramento dinámico que otorga una gracia continua, acompañando al creyente a lo largo de toda su existencia y guiándolo en el seguimiento de Cristo. Esta gracia, una “voz interior”, impulsa a la configuración con Jesús, liberando la libertad humana para que encuentre su verdadera plenitud en el amor hacia Dios y el prójimo. Así, el Bautismo establece una relación profunda con Jesús y, a través de él, con el Padre, capacitándonos para una auténtica cercanía con los demás y una fraternidad que trasciende diferencias. Citando a San Pablo, el Papa recordó: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.
Mirando al contexto específico de la parroquia, cuya construcción fue encargada por el Papa León XIII a San Juan Bosco, Francisco destacó su ubicación crucial en el corazón de la ciudad. La parroquia del Sagrado Corazón de Jesús es un crisol de realidades humanas: jóvenes universitarios, trabajadores que transitan por la estación Termini, migrantes en busca de oportunidades, jóvenes refugiados que encuentran integración a través de las iniciativas salesianas, y personas sin hogar que reciben auxilio en los espacios de Cáritas en Via Marsala.
El Santo Padre no eludió la cruda realidad de las “contradicciones de nuestro tiempo” que se manifiestan a pocos metros de distancia: la comodidad de quienes viajan frente a la indigencia de quienes carecen de techo, el potencial de bien frente a la extensión de la violencia, y el deseo de un trabajo honesto frente al comercio ilícito de drogas y la prostitución.
Ante este panorama, el Papa Francisco animó a la parroquia a asumir su vocación de “levadura del Evangelio” en la compleja masa del territorio, siendo un “signo de cercanía y de caridad”. Expresó su gratitud a los Salesianos por su incansable labor diaria y exhortó a todos los presentes a continuar siendo una “pequeña llama de luz y esperanza” en este entorno desafiante. Concluyó su mensaje invocando la intercesión de María Auxiliadora, pidiendo su amparo para fortalecer el camino de los fieles en los momentos de tentación y prueba, y para vivir plenamente la libertad y la fraternidad propias de los hijos de Dios.




