22 febrero, 2026

Ciudad del Vaticano – En el inicio de la Cuaresma, un periodo litúrgico de 40 días dedicado a la preparación espiritual para la Semana Santa, el Papa Francisco dirigió un llamado contundente a los fieles de todo el mundo. Desde la ventana de su estudio privado en el Palacio Apostólico, tras presidir la Santa Misa en una parroquia del modesto y diverso barrio cercano a la estación Termini de Roma, el Pontífice ofreció la tradicional oración del Ángelus y articuló una invitación a vivir este tiempo de gracia como un sendero de transformación personal, anclado en la oración, el ayuno y la limosna.

El mensaje central del Santo Padre se centró en la necesidad de “renovar la relación con Dios”, un objetivo que, según sus palabras, demanda una deliberada “desconexión” de las distracciones cotidianas. “Apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphones”, exhortó Francisco, pidiendo a los creyentes dedicar este silencio a la meditación de la Palabra de Dios, la recepción de los sacramentos y la escucha atenta de la voz del Espíritu Santo, así como a la escucha mutua entre las personas. Este énfasis en el desprendimiento digital resuena con una preocupación creciente en la sociedad contemporánea por el impacto de la conectividad constante en la vida espiritual y las relaciones humanas.

La jornada dominical del Papa había comenzado con una muestra de su habitual cercanía, al elegir una iglesia en un área de la capital italiana donde convergen tanto residentes de toda la vida como una significativa población migrante. Este gesto subraya su visión de una Iglesia que sale al encuentro de las periferias, un tema recurrente en su pontificado.

Francisco también extendió su llamado a la caridad activa, urgiendo a los fieles a dedicar tiempo “a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos”. La Cuaresma, para el Vicario de Cristo, es una oportunidad para la solidaridad concreta, invitando a “renunciar a lo superfluo y compartir lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario”. Esta dimensión social del ayuno y la limosna es fundamental en la doctrina católica, que vincula la piedad personal con el compromiso de justicia y compasión hacia el prójimo.

Profundizando en el significado de este tiempo litúrgico, el Obispo de Roma describió la Cuaresma como “un itinerario resplandeciente” donde, a través de sus pilares –oración, ayuno y limosna–, los creyentes pueden “renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible”. Este camino espiritual permite, según el Pontífice, “eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar”, y comprometerse a “hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera”. Es una invitación a una introspección profunda y a una reconfiguración de las prioridades existenciales.

Al reflexionar sobre el Evangelio del día, que narra el momento en que Jesús, guiado por el Espíritu Santo, se retira al desierto, el Papa Francisco señaló cómo el Hijo de Dios “siente el peso de su humanidad”, experimentando tanto el “hambre a nivel físico” como “las tentaciones del diablo a nivel moral”. Este pasaje sirve como un espejo de las luchas que la humanidad enfrenta en su propia existencia.

El Pontífice advirtió sobre las tentaciones que asedian a las personas en la vida diaria, que a menudo llevan a “desanimarnos o dejarnos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder”. Con una mirada crítica a la cultura contemporánea, Francisco constató que estas seducciones, idénticas a las que enfrentó Jesús, no son más que “pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos”. En un mundo impulsado por el consumo y la búsqueda de validación externa, esta observación cobra particular relevancia, ofreciendo una perspectiva sobre la verdadera fuente de plenitud.

Invitando a la práctica concreta de la penitencia, el Papa Francisco recordó la sabia enseñanza de San Pablo VI, quien afirmó que “la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte ‘que tiene como término el amor y el abandono en el Señor'”. La disciplina cuaresmal, lejos de ser un mero sacrificio, se presenta así como un medio para una mayor libertad interior y una capacidad expandida para el amor.

Finalmente, el Sumo Pontífice hizo un llamado muy específico a simplificar la vida diaria y a abrir espacio para el encuentro con Dios. Citando a San Agustín, concluyó que “nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz”. Este compendio de virtudes y prácticas espirituales es presentado como la vía para alcanzar una genuina armonía y la paz interior y exterior.

El Papa Francisco, consciente de los desafíos del camino cuaresmal, confió este itinerario de los fieles a la intercesión de la Virgen María, la “Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba”, culminando así su mensaje dominical con una nota de esperanza y confianza en la guía maternal.

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