MONTECARLO, MÓNACO — En una emotiva celebración eucarística que marcó el cierre de su visita al Principado de Mónaco, el Papa León XIV presidió la Santa Misa en el emblemático Estadio Louis II. Durante su homilía, el Santo Padre lanzó una contundente reflexión sobre las dinámicas del poder y la fe, contrastando la manifiesta salvación divina con las “acciones veladas de autoridades poderosas dispuestas a matar sin escrúpulos”.
Ante miles de fieles congregados, y con la imagen difundida por Vatican Media, el Pontífice articuló un mensaje central de su magisterio: la importancia de discernir entre la providencia de Dios y las maquinaciones humanas que, a menudo, buscan la destrucción.
**El Veredicto de Caifás: Un Reflejo de la Idolatría del Poder**
El Papa León XIV inició su meditación evangélica remitiéndose al pasaje de Juan (Jn 11,45-57), que narra la cruel sentencia contra Jesús. Subrayó cómo la resurrección de Lázaro, un acto de compasión y vida, precipitó la decisión del Sanedrín de condenar a muerte al Nazareno. “Precisamente Jesús, que vino al mundo para liberarnos de la condena de la muerte, fue condenado a muerte”, enfatizó el Pontífice, destacando que no se trató de una fatalidad, sino de una determinación “precisa y ponderada”.
La homilía profundizó en el trasfondo de esta condena, identificando un “cálculo político basado en el miedo” por parte de Caifás y los líderes religiosos. El temor a la reacción romana ante la creciente popularidad de Jesús llevó a una ceguera espiritual, donde el Mesías esperado fue percibido como una amenaza. Este apego al poder, señaló el Papa, los llevó a quebrantar la misma Ley que profesaban, olvidando las promesas divinas en su afán por eliminar al inocente.
Sin embargo, en un giro providencial, el Papa resaltó cómo Dios transforma incluso los veredictos más perversos en instrumentos de su amor salvífico. La profecía de Caifás, aunque motivada por la maldad, se convirtió en una anticipación del sacrificio de Jesús por la nación, manifestando “un supremo designio de amor”.
**Dos Movimientos Opuestos en la Historia y el Presente**
El discurso papal delineó dos fuerzas en constante tensión: por un lado, “la revelación de Dios, que muestra su rostro como Señor omnipotente y salvador”; por otro, “la acción oculta de autoridades poderosas, dispuestas a matar sin escrúpulos”. El Papa León XIV interpeló directamente a los presentes, preguntando: “¿No es lo que ocurre hoy?”.
Esta dualidad se materializa en la “Cruz de Jesús: dar la vida”, un signo cuya prefiguración fue la resurrección de Lázaro y su cumplimiento en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La redención, afirmó, es la obra del Padre que, con el poder del Espíritu Santo, rescata toda vida de la muerte, tal como al inicio de los tiempos Dios dio vida desde la nada.
El Pontífice conectó directamente esta narrativa bíblica con las realidades contemporáneas. Cuestionó la persistencia de “cálculos para matar inocentes” y las “falsas razones” esgrimidas para “quitarlos del medio” en el mundo actual. Frente a la inercia del mal, sostuvo el Papa, se erige la “eterna justicia de Dios”, capaz de rescatar de los “sepulcros” y conceder vida nueva, infundiendo esperanza y transformando el poder en servicio a través de la misericordia.
**La Cultura de la Misericordia frente a la Idolatría Moderna**
Haciendo eco de las enseñanzas del Papa Francisco, León XIV enfatizó que la misericordia “salva al mundo” al hacerse cargo de toda existencia humana, desde la concepción hasta la vejez, rechazando así la “cultura del descarte”. Esta visión divina se opone radicalmente a la idolatría, un concepto que el Santo Padre desarrolló citando al profeta Ezequiel.
Los “ídolos inmundos”, explicó, son todo aquello que esclaviza el corazón, una “visión reducida” que empequeñece tanto la gloria de Dios como la mente humana. La idolatría conduce a la miopía espiritual, donde el apego desmedido a las cosas terrenales —el poder que degenera en predominio, la riqueza que se convierte en codicia, la belleza maquillada de vanidad—, esclaviza y deja al prójimo en la miseria. La liberación de estos ídolos es un camino de purificación y santificación, un itinerario de conversión que resuena con el espíritu de la Cuaresma.
Dios, en su providencia, no abandona al hombre en estas tentaciones. Por el contrario, socorre al débil a través del ejemplo de humildad de Jesús. El Señor, más que castigar, destruye el mal con su amor, cumpliendo la promesa de Ezequiel: “Los purificaré: ellos serán mi Pueblo y yo seré su Dios”.
**Un Llamado a la Paz y la Fraternidad Global**
En la recta final de su homilía, el Papa León XIV elevó un clamor por la paz, citando al profeta Jeremías: “Yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y consolaré de su aflicción”. Lamentó que las guerras que asolan el mundo sean “fruto de la idolatría del poder y del dinero”, y cada vida truncada represente “una herida al cuerpo de Cristo”.
El Pontífice exhortó a no acostumbrarse “al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra”, recordando que la paz no es un mero equilibrio de fuerzas, sino “obra de corazones purificados” que ven en el otro a un hermano digno de cuidado, no a un enemigo a abatir.
Finalmente, el Papa dirigió un mensaje específico a la Iglesia en Mónaco, invitándola a ser un testimonio vivo de la paz y la bendición de Dios. Les instó a “hacer felices a muchos con su fe”, manifestando una alegría auténtica que se comparte en la caridad y se nutre del amor divino por la vida en todas sus etapas y condiciones: naciente, joven, anciana, sana o enferma. La Virgen María, Patrona de Mónaco, fue invocada como guía para que la comunidad sea “lugar de acogida, de dignidad para los pequeños y los pobres, de desarrollo integral e inclusivo”.
Concluyó su homilía reiterando que, en la “larga Cuaresma del mundo”, donde el mal arrasa y la idolatría endurece los corazones, el Señor prepara su Pascua. El signo de este evento es el hombre: Lázaro, los pecadores perdonados, y el Crucificado Resucitado. Jesús, el “Camino, la Verdad y la Vida”, sostiene el peregrinar de la Iglesia y su misión de “dar la vida de Dios”, una tarea “apasionante y fecunda cuando el Evangelio ilumina nuestros pasos”.




