En un encuentro emotivo que resonó con la riqueza de la tradición y la vitalidad de la misión contemporánea, Su Santidad el Papa León XIV recibió hoy en el Palacio Apostólico del Vaticano a representantes de dos congregaciones religiosas. Conmemorando significativos aniversarios de su fundación y aprobación, los Misioneros Oblatos de María Inmaculada celebran dos siglos de sus Reglas y Constituciones, mientras las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles conmemoran su 150º aniversario fundacional. El Sumo Pontífice extendió una apremiante invitación a ambas familias religiosas: custodiar y nutrir un espíritu de familia auténtico y generoso dentro de sus comunidades, un pilar esencial para la vida consagrada y la evangelización global.
Desde el corazón del Vaticano, el Santo Padre subrayó que esta esencia familiar no es meramente una dinámica interpersonal, sino que florece primordialmente del encuentro profundo con la divinidad. Explicó que la Eucaristía, la oración contemplativa, la adoración eucarística, la escucha atenta de la Palabra de Dios y la participación activa en los Sacramentos constituyen las fuentes primordiales de donde emana y se nutre este espíritu. A partir de estas vivencias espirituales, el ‘espíritu de familia’ se arraiga en los corazones de los consagrados y laicos comprometidos, cultivando sentimientos de compartir fraterno, afecto genuino, cuidado paciente y una cercanía que refleja la compasión divina. El altar y el sagrario son, en palabras del Papa, los puntos de partida desde donde esta identidad se gesta y se irradia, convirtiendo a las comunidades en espejos de la ternura de Dios en el mundo.
En su alocución, el Pontífice no dejó pasar la oportunidad de destacar los hilos invisibles que, a lo largo de la historia, han entrelazado la inspiración de los fundadores de ambas congregaciones. Más allá del imperativo del espíritu familiar, señaló elementos carismáticos e históricos comunes: los años en que vieron la luz sus respectivas fundaciones, sus raíces geográficas, pero, sobre todo, la vocación misionera que ha sido el motor de su existencia. Esta vocación, caracterizada por una entrega radical a la difusión del Evangelio, ha marcado el camino de ambas familias religiosas, llevándolas a los confines del planeta en un testimonio incansable de fe y servicio a la humanidad.
Refiriéndose específicamente a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, fundados en 1816 por San Eugenio de Mazenod, el Papa León XIV rememoró la audacia de su origen. La Europa de principios del siglo XIX, convulsionada por conflictos sociales y transformaciones dramáticas, ofrecía un escenario donde la urgencia de llevar el Evangelio a los más marginados era palpable. San Eugenio, con una visión profética, se dedicó con fervor a la defensa de la dignidad de los desposeídos, los trabajadores y los campesinos, quienes eran vistos meramente como recursos productivos, ignorándose sus necesidades humanas más fundamentales. Las palabras y acciones de este santo francés resonaron entonces con una contundencia que sigue siendo provocadora hoy, desafiando las estructuras de injusticia y explotación.
Esta generosidad inicial se materializó en un impresionante florecimiento misionero y vocacional. San Eugenio no dudó en enviar a sus religiosos primero a las vastas tierras de Montreal, Canadá, y luego a diversas naciones de Europa, África y Asia, forjando una red global de evangelización que se expandió rápidamente. El Papa destacó cómo esta expansión es un testimonio elocuente de la docilidad al Espíritu Santo y de la atención constante a las urgencias de la caridad, principios que han sido, para esta fundación, una fuente inagotable de fecundidad y un catalizador de crecimiento. En la actualidad, más de 3.000 misioneros oblatos continúan su ministerio en setenta países alrededor del globo, manteniendo viva la apertura preferencial hacia los más desfavorecidos, un legado enriquecido por una vibrante familia carismática y una creciente interculturalidad. El Santo Padre les exhortó a acoger esta vitalidad como un don divino y un signo que los impulse a preservar el espíritu fundacional, adaptándolo con creatividad a los desafíos del presente.
Dirigiéndose a las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, cuya existencia se guía por el lema “Con María, Madre de Jesús” (Hechos 1,14), el Pontífice rememoró la visión de su fundador, el Padre Agustín Planque. La congregación fue concebida con el propósito fundamental de asegurar la presencia femenina indispensable en las labores de la Sociedad de Misiones Africanas. Mujeres valientes de Francia y de numerosas otras naciones respondieron a este llamado, aceptando el desafío de emular a María, convirtiéndose en testigos de Cristo tanto entre los apóstoles como en los rincones más remotos del mundo. Su contribución ha sido crucial para la integralidad de la misión evangelizadora.
Esta entrega, sin embargo, conllevó grandes sacrificios. El Papa León XIV recordó que innumerables hermanas perdieron la vida debido a las arduas condiciones del trabajo misionero, la exposición a enfermedades tropicales y, en tiempos más recientes, a la brutalidad del martirio. A pesar de estas adversidades históricas y contemporáneas, las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles persisten en su servicio en contextos desafiantes, donde brindan su apoyo con profunda fe y un respeto inquebrantable por todas las culturas y creencias. El Santo Padre las animó a seguir adelante con esta vital misión, instándolas a ser, en cada lugar donde trabajan, faros de fraternidad y constructores de paz en un mundo necesitado de esperanza.
Al concluir su audiencia, el Papa León XIV impartió su Bendición Apostólica a ambas congregaciones, reafirmando el valor incalculable de su labor en la Iglesia Universal. El encuentro no solo fue una celebración de hitos históricos, sino un poderoso recordatorio de la llamada perenne a la santidad, al servicio y a la evangelización, anclados en un genuino espíritu de familia que es el corazón palpitante de la vida consagrada.




