13 marzo, 2026

Ciudad del Vaticano – El Papa León XIV continuó este miércoles su ciclo de catequesis dedicado al trascendental Concilio Vaticano II, enfocándose en la Constitución dogmática *Dei Verbum*, documento clave sobre la Divina Revelación. Desde el Aula Pablo VI, el Pontífice articuló una profunda reflexión sobre la naturaleza de la relación entre Dios y la humanidad, subrayando que la revelación divina transforma fundamentalmente este vínculo en una amistad íntima, en lugar de una mera relación de servicio.

En su intervención, el Santo Padre inició recordando las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan (15, 15): “Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.” Este pasaje, según el Papa, es el corazón de la enseñanza de la *Dei Verbum* y un pilar fundamental de la fe cristiana, que reconfigura radicalmente la percepción humana de Dios, invitando a una comunión basada en el amor y la confianza.

La *Dei Verbum*, uno de los documentos más influyentes del Concilio Vaticano II, se erige como una guía para comprender cómo Dios se ha manifestado a la humanidad a lo largo de la historia. León XIV explicó que la esencia de esta Constitución radica en la invitación de Dios a una relación personal e íntima. Tradicionalmente, la relación entre el Creador y la criatura se percibía con una distancia inherente; sin embargo, con la encarnación de Jesucristo, esta dinámica se transforma. Dios mismo, en un acto de amor incondicional, nos eleva a la dignidad de amigos y, en última instancia, de hijos.

El Pontífice citó al influyente teólogo San Agustín, quien, al comentar el pasaje de Juan, enfatizaba la primacía de la gracia divina como el único medio para establecer esta amistad con Dios a través de Su Hijo. “La amistad o nace entre iguales o los hace tales”, recordaba el Papa, parafraseando un antiguo aforisma. Aunque intrínsecamente no somos iguales a Dios, Él, en su infinita misericordia y a través de Jesucristo, nos hace semejantes a Él, superando la asimetría inicial del pacto. La verdadera semejanza con Dios no se alcanza mediante la transgresión o el pecado, como la serpiente sugirió a Eva, sino en la comunión y relación profunda con el Hijo encarnado.

La *Dei Verbum* (n. 2) reafirma esta enseñanza con claridad: “Por esta revelación, Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1Tm 1,17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos (cfr. Bar 3,38), para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía.” El Papa León XIV recordó que Dios ya dialogaba con los primeros padres en el Génesis. Aunque el pecado interrumpió este diálogo primordial, el Creador nunca dejó de buscar a sus criaturas, estableciendo alianzas sucesivas. Es en la revelación cristiana, con la venida de Jesús, donde este diálogo se restablece de forma definitiva y la Alianza se convierte en nueva y eterna, inquebrantable ante cualquier adversidad.

La revelación divina, por tanto, se caracteriza por su naturaleza dialógica, similar a la experiencia de la amistad humana. Esta amistad genuina no prospera en el silencio o la indiferencia, sino que se nutre del intercambio honesto y verdadero de palabras. El Obispo de Roma hizo una distinción crucial entre “palabra” y “charla”. Mientras la charla se limita a la superficie y no genera comunión, la palabra auténtica en una relación profunda no solo transmite información, sino que revela la esencia de quien la pronuncia. Así, al hablarnos, Dios se revela como un Aliado que anhela y nos invita a una profunda amistad con Él.

Desde esta perspectiva, la primera actitud que el cristiano debe cultivar es la escucha receptiva. Es esencial abrir la mente y el corazón para que la Palabra divina pueda penetrar y transformarnos. Al mismo tiempo, el creyente está llamado a hablar con Dios, no para informarle de lo que ya sabe, sino para revelarse a sí mismo, para compartir las profundidades de su ser.

De ello se desprende la indispensable necesidad de la oración, el vehículo a través del cual se vive y se cultiva esta amistad con el Señor. El Papa León XIV destacó la importancia tanto de la oración litúrgica y comunitaria, donde Dios habla a través de la Iglesia, como de la oración personal, que se desarrolla en la intimidad del corazón y la mente. Instó a los fieles a dedicar tiempo diario o semanal a la meditación, la reflexión y la conversación con Dios, enfatizando que solo quienes hablan con Dios pueden, a su vez, hablar auténticamente de Él.

Finalmente, el Pontífice advirtió que, al igual que las amistades humanas, la relación con Dios puede debilitarse y romperse, ya sea por una ruptura manifiesta o por una serie de desatenciones cotidianas. Concluyó con una exhortación a acoger la llamada de Jesús a la amistad divina y a cuidarla diligentemente. Al hacerlo, los fieles descubrirán que esta amistad con Dios no es solo una bendición, sino el camino mismo hacia la salvación eterna.

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