MÓNACO – El Principado de Mónaco fue escenario este sábado de una significativa visita del Papa León XIV, quien concluyó su breve pero intenso viaje apostólico con una solemne Eucaristía en el Estadio Louis II. Ante miles de fieles, el Sumo Pontífice pronunció una contundente homilía, condenando enérgicamente los conflictos bélicos y atribuyéndolos a la “idolatría del poder y del dinero”, flagelos que, según sus palabras, “ensangrientan” la dignidad inherente del ser humano como hijo de Dios y hermano de sus semejantes.
La visita relámpago, de apenas ocho horas de duración, fue realizada por invitación del Príncipe Alberto II de Mónaco y se inserta en un calendario pontificio activo, cuatro meses después de sus primeros viajes a Turquía y Líbano. Este contexto previo de interacción con regiones marcadas por conflictos añadió un peso adicional a su mensaje de paz, resonando de manera particular en vísperas de la Semana Santa, período de profunda reflexión para la cristiandad.
El Estadio Louis II, con capacidad para más de 18.000 espectadores, se transformó en un centro de fe y esperanza. A su llegada, el Santo Padre recorrió el recinto en un vehículo de golf, saludando y bendiciendo a la multitud congregada. Los fieles, ondeando banderas del Vaticano y del Principado, recibieron al Vicario de Cristo con vítores y aclamaciones, creando una atmósfera de fervor y devoción que permeó todo el evento.
Durante su homilía, el Papa León XIV profundizó en la lógica del poder frente a la inocencia, tomando como punto de partida el pasaje evangélico donde los miembros del sanedrín deciden la condena de Jesús. Esta narrativa sirvió para ilustrar cómo el apego al poder y el miedo pueden llevar a la eliminación del inocente. El Pontífice comparó esta dinámica histórica con la realidad contemporánea, lamentando que, “aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio!”. Su reflexión fue un llamado a la conciencia global sobre las motivaciones ocultas detrás de muchas decisiones políticas y sociales.
El mensaje papal no se detuvo en la denuncia, sino que impulsó a la acción y a la reflexión interna. León XIV instó a purificar la “idolatría” que alimenta los conflictos y que convierte a los hombres en instrumentos de otros hombres. Hizo un llamado vehemente a no caer en la indiferencia ante la violencia, exclamando: “¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra!”. Subrayó que la verdadera paz no es meramente un balance de fuerzas, sino la consecuencia de corazones purificados que perciben al prójimo como un hermano, no como un adversario a ser doblegado.
Frente a la persistencia del mal en el mundo, el Papa recordó que la justicia divina opera como una fuente inagotable de esperanza y renovación. Explicó que “el Señor libera del dolor infundiendo esperanza, convierte la dureza del corazón transformando el poder en servicio”. En este sentido, afirmó que la verdadera omnipotencia de Dios se manifiesta en la misericordia, la única fuerza capaz de “salvar al mundo” al hacerse cargo de cada existencia humana en todas sus fragilidades, desde la concepción hasta la vejez. En esta línea, el Sumo Pontífice apreció y reafirmó la enseñanza de su predecesor, el Papa Francisco, en el rechazo a la “cultura del descarte” a favor de una profunda “cultura de la misericordia”.
El momento de la visita, justo antes del inicio de la Semana Santa, fue intencionalmente significativo. León XIV conectó su mensaje con el calendario litúrgico, señalando cómo Dios transforma la historia humana al invitarnos de la idolatría a la fe verdadera, y de la muerte a la vida. Evocando al profeta Jeremías, recordó la promesa divina: “Yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y consolaré de su aflicción”, un mensaje de esperanza para un mundo azotado por la injusticia y la guerra.
Finalmente, el Pontífice animó a los fieles a ser faros de esperanza, a compartir una alegría que no es una recompensa, sino el fruto genuino de la caridad. Esta alegría, explicó, emana del amor incondicional de Dios: un amor que acoge y protege la vida en todas sus etapas, desde la más naciente y frágil hasta la más avanzada y enferma, siempre necesitada de acompañamiento y cuidado.
Al término de la emotiva celebración, el Arzobispo de Mónaco, Monseñor Dominique-Marie David, expresó su gratitud por la visita del Papa León XIV, destacando cómo el Santo Padre, como sucesor de Pedro, había recordado a la Iglesia local que Dios es “la fuente de todo bien”. El Arzobispo enfatizó que el Pontífice había infundido ánimo a los fieles para enfrentar los desafíos actuales “sin miedo”, con la certeza de poseer “un tesoro capaz de sostener la esperanza, la nuestra y la del mundo”. Esta confirmación de la fe, en la antesala de la Semana Santa, refuerza el compromiso de la comunidad cristiana en el Principado.
Como recuerdo tangible de su visita y símbolo de su mensaje, el Papa León XIV obsequió a la Arquidiócesis de Mónaco una escultura contemporánea de San Francisco de Asís. La obra, que representa al venerado santo italiano vestido con su sencillo hábito franciscano, símbolo de humildad y libertad interior, muestra a San Francisco sosteniendo una paloma blanca en su mano izquierda, mientras su derecha se abre en un gesto de acogida y donación. Este regalo encarna el espíritu de paz, fraternidad y reconciliación que el Papa buscó sembrar en Mónaco y, por extensión, en el mundo entero.




