24 febrero, 2026

En un gesto que subraya la profunda conexión entre la devoción mariana y la misión evangelizadora de la Iglesia, el Papa León XIV recientemente rindió homenaje a la Virgen de Guadalupe en la Basílica de San Pedro. El 12 de diciembre de 2025, tras presidir una misa en su honor, el Sumo Pontífice dedicó una oración especial a la advocación mariana. Este acto simbólico precede un mensaje significativo enviado a los participantes del Congreso Teológico Pastoral sobre el Acontecimiento Guadalupano, donde el Santo Padre hizo un llamado apremiante a fomentar una inculturación genuina y profunda del mensaje evangélico, destacando a la Morenita como un paradigma ejemplar para esta tarea.

El encuentro, que se celebra del 24 al 26 de febrero en la Ciudad de México y que se enmarca en la preparación para el quinto centenario de las apariciones de la Virgen en 2031, es organizado por la Pontificia Comisión para América Latina, la Conferencia del Episcopado Mexicano, los Caballeros de Colón y la Pontificia Academia Mariana Internacional. Su propósito es reflexionar a fondo sobre el significado perdurable del Acontecimiento Guadalupano.

En su mensaje, el Papa León XIV profundizó en la naturaleza de la inculturación del Evangelio, afirmando que al contemplar este proceso, es fundamental reconocer la manera en que Dios mismo ha optado por manifestarse y ofrecer la salvación a la humanidad. Él ha deseado revelarse no como una entidad abstracta ni como una verdad impuesta de manera externa, sino ingresando progresivamente en la historia y entablando un diálogo con la libertad intrínseca del ser humano.

Desde esta perspectiva, la tarea primordial de la evangelización consiste en hacer presente y accesible la figura de Jesucristo. Toda actividad de la Iglesia debe orientarse a introducir a la persona en una relación viva y transformadora con Él, quien ilumina la existencia, interpela la libertad individual y abre un sendero de conversión. Esto prepara al corazón humano para acoger el don de la fe como una respuesta al Amor divino que confiere sentido y sostiene la vida en todas sus dimensiones.

El pontífice recalcó que la proclamación de la Buena Nueva siempre se produce dentro de una experiencia concreta y culturalmente situada. Por ello, es imperativo no ignorar la realidad cultural de aquellos que reciben el anuncio. La inculturación, lejos de ser una concesión secundaria o una mera estrategia pastoral, representa una exigencia intrínseca y fundamental de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esto implica asumir y valorar las lenguas, los símbolos, las formas de pensamiento, de sentir y de expresarse de cada pueblo, considerándolos no solo como vehículos externos para el anuncio, sino como lugares reales y auténticos donde la gracia desea habitar y obrar eficazmente.

Sin embargo, el Papa León XIV también delineó claramente lo que la inculturación no debe ser. Explicó que este proceso no equivale a una sacralización indiscriminada de las culturas, ni a su adopción como el marco interpretativo decisivo y absoluto del mensaje evangélico. Tampoco puede reducirse a una acomodación relativista o a una adaptación meramente superficial del mensaje cristiano en función de las modas culturales.

El Santo Padre subrayó que ninguna cultura, por más valiosa y rica que sea en sí misma, puede identificarse plenamente con la Revelación divina ni convertirse en el criterio último y definitivo de la fe. Adicionalmente, advirtió que sería un grave error legitimar cualquier aspecto culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras sociales que contradigan el Evangelio y la dignidad inherente de la persona humana. Hacer esto significaría desconocer que toda cultura —al igual que toda realidad humana— necesita ser iluminada, purificada y transformada por la gracia que emana del misterio pascual de Cristo.

Entonces, ¿qué es la inculturación auténtica? El Papa León XIV la describe como un proceso riguroso y purificador. En este, el Evangelio, manteniendo inalterada su verdad esencial, reconoce, discierne y asimila las “semillas del Verbo” (semina Verbi) ya presentes en las diversas culturas. Al mismo tiempo, purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquellos elementos que los oscurecen o los desfiguran. Estas “semillas del Verbo”, consideradas como huellas de la acción previa del Espíritu Santo, encuentran en Jesucristo su criterio supremo de autenticidad y su plenitud final.

Desde esta perspectiva, la figura de Santa María de Guadalupe emerge como una lección magistral de la pedagogía divina en la inculturación de la verdad salvífica. En el acontecimiento guadalupano, ninguna cultura es absolutizada ni sus categorías se canonizan de forma acrítica. Sin embargo, tampoco son ignoradas o despreciadas. Por el contrario, son asumidas, purificadas y transfiguradas para convertirse en un lugar de encuentro profundo y significativo con Cristo.

La imagen de la Morenita, explicó el Papa, revela el método divino para acercarse a su pueblo: respetuoso en su punto de partida cultural, inteligible en su lenguaje simbólico y, a la vez, firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, personificada en el Bendito Fruto de su vientre. Así, los acontecimientos del Tepeyac no se presentan como una simple teoría o una táctica pastoral pasajera, sino como un criterio permanente y fundamental para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta misión está llamada a anunciar al “Verdadero Dios por quien se vive” sin imponerlo coactivamente, pero también sin diluir la radical y salvadora novedad de su presencia en el mundo.

En la actualidad, el Santo Padre observó que en muchas regiones del continente americano y del mundo, la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Esto es particularmente cierto en los grandes centros urbanos y en sociedades marcadamente plurales, que a menudo se caracterizan por visiones del hombre y de la vida que tienden a relegar a Dios al ámbito de lo privado o, directamente, a prescindir de Él.

En este complejo escenario, fortalecer los procesos pastorales exige una inculturación capaz de entablar un diálogo constructivo y profundo con estas realidades culturales y antropológicas contemporáneas, sin asumirlas de forma acrítica. El objetivo es suscitar una fe adulta y madura, robusta y capaz de mantenerse firme en contextos desafiantes y a menudo adversos.

Esto implica concebir la transmisión de la fe no como una mera repetición fragmentada de contenidos doctrinales o una preparación funcional para la recepción de los sacramentos, sino como un auténtico y continuo camino de discipulado. En este trayecto, una relación viva con Cristo moldea creyentes aptos para discernir, para dar razón de su esperanza y para vivir el Evangelio con libertad, coherencia y testimonio. Por lo tanto, el Papa enfatizó que la catequesis se convierte en una prioridad ineludible para todos los pastores y debe ocupar un lugar central en la acción eclesial. Esta debe acompañar de forma constante y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe verdaderamente comprendida, asumida y vivida personal y conscientemente, incluso si esto implica ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes.

Al finalizar su mensaje, el Papa León XIV invocó la protección de numerosos santos de América, incluyendo a Toribio de Mogrovejo, Junípero Serra, Sebastián de Aparicio, Mama Antula, Mariana de Jesús y Francisco Solano. Exhortó a que “Santa María de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización”, guíe e inspire todas las iniciativas que se lleven a cabo rumbo al quincentenario de su aparición, consolidando su legado como un faro de la fe y un modelo perenne de inculturación para la Iglesia universal.

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