23 febrero, 2026

CIUDAD DEL VATICANO – En una emotiva jornada que fusionó la desesperación del conflicto con la esperanza de la fe, el Papa León XIV brindó consuelo y atención a un grupo de mujeres ucranianas, cuyas vidas están marcadas por la angustia de tener a sus seres queridos cautivos o desaparecidos en la guerra con Rusia. Tras la audiencia general celebrada el miércoles 18 de febrero de 2026 en la histórica Plaza de San Pedro, bajo un clima templado que permitió el encuentro al aire libre, estas voces clamaron por la libertad y el retorno de sus familiares.

La delegación, compuesta principalmente por once mujeres que representan a diversas organizaciones no gubernamentales y asociaciones de apoyo a familias de prisioneros y desaparecidos de guerra, llegó al corazón de la Iglesia Católica con un mensaje claro y urgente. Su visita al Pontífice no fue solo un acto de fe, sino una estratégica petición de auxilio humanitario y diplomático, buscando movilizar la influencia del Vaticano en una causa que se ha convertido en el eje central de sus vidas.

Al frente del grupo se encontraba Kateryna Muzlova, directora de la fundación benéfica “Heart in Action”, cuya misión es inyectar esperanza y movilizar acciones concretas en medio del sufrimiento. Con una voz que se ha convertido en eco para miles de afectados, Muzlova compartió la profunda significación del encuentro: “Estrechar la mano del Santo Padre, sentir su cercanía con todas las familias que sufren a causa del conflicto y confiarle nuestras preocupaciones, ha sido una oportunidad trascendental para activar nuestros corazones, llenándolos de esperanza y un profundo alivio espiritual.” Su testimonio encapsula la dualidad de la lucha: una búsqueda pragmática de soluciones y una necesidad imperante de consuelo.

La historia personal de Kateryna Muzlova resuena con la de muchas otras en Ucrania. Su padre, Oleh, fue capturado por las fuerzas rusas mientras defendía Mariúpol y permaneció en cautiverio durante tres años, una experiencia que le fue arrebatada solo el 19 de junio pasado. Esta vivencia personal la impulsa a liderar iniciativas como “Voices of Captives”, un programa dedicado a visibilizar la precaria situación de los prisioneros ucranianos y a mantener viva la memoria de aquellos que siguen en manos enemigas. La lucha de Muzlova, ahora compartida con su padre liberado, se enfoca en reunir a mujeres de Ucrania con sus maridos, hijos y padres que aún esperan ser liberados de las prisiones rusas. Un año antes de este encuentro, Kateryna ya había participado en una audiencia con el Papa Francisco y, poco después, logró la primera comunicación telefónica con su padre tras su liberación, marcando un hito de esperanza en su odisea personal.

El significativo encuentro contó también con la presencia de Andrii Yurash, embajador de Ucrania ante la Santa Sede, subrayando la dimensión diplomática y el respaldo oficial a esta iniciativa humanitaria. La participación de representantes estatales en un evento de esta naturaleza resalta la importancia que el gobierno ucraniano otorga a la mediación del Vaticano y a la visibilidad internacional de la difícil situación de sus ciudadanos.

Como muestra de la riqueza cultural y el espíritu de resiliencia ucraniana, la delegación entregó al Pontífice una serie de obsequios con un profundo valor simbólico. Entre ellos, un icono de San Nicolás meticulosamente elaborado con ámbar, material representativo del norte de Ucrania, que invoca protección y milagros. También presentaron la obra “Ángel custodio”, de la artista Olha Sypelyk, un lienzo que retrata a un niño durmiendo mientras un ángel vela no solo por su hogar, sino también por la promesa de un futuro, una metáfora conmovedora de la vulnerabilidad y la esperanza en tiempos de guerra. Sypelyk, conocida por subastar sus creaciones para apoyar a personas en situación de vulnerabilidad, añade una capa adicional de altruismo a este gesto. Un tercer regalo que conmovió profundamente al Pontífice fue un retrato suyo, pintado por una niña de 12 años, hija de Serhii Nazareskul, un militar ucraniano desaparecido en el frente. La pequeña, residente en Odesa, continúa asistiendo a la escuela y cultivando su talento artístico, un acto de resistencia y normalidad en medio de la constante escasez de electricidad que asola su ciudad.

Entre las asistentes, muchas portando con orgullo la bandera ucraniana, destacaron otras figuras cuyas historias personales reflejan el panorama más amplio del sufrimiento. Shcherbyna Valentyna, madre de un estudiante capturado en Jersón y miembro de una asociación que presta asistencia a familias con miembros detenidos en prisiones rusas, compartió su testimonio, sumándose a la voz colectiva de la delegación. La participación no se limitó a las mujeres; también asistieron hombres como Oleh Litvynenko, del regimiento Veterans Hub Odessa, quien ha experimentado la tragedia personal de perder a su hijo Mykyta en junio de 2022, cuyos restos fueron recuperados en febrero de 2025. Su presencia subraya la universalidad del dolor y la necesidad de apoyo en toda la sociedad ucraniana.

El encuentro con el Papa León XIV no solo brindó un momento de consuelo espiritual, sino que también sirvió como un potente llamado de atención a la comunidad internacional. El Vaticano, con su autoridad moral y su alcance global, se erige como un foro crucial para amplificar la voz de aquellos que sufren en silencio. Las mujeres ucranianas regresaron con una renovada esperanza, sabiendo que su grito por la liberación de sus seres queridos ha sido escuchado en el más alto nivel de la Iglesia, y que su lucha continúa siendo un faro de resiliencia y determinación en medio de la adversidad. La reunión en la Plaza de San Pedro se convierte así en un símbolo de la incansable búsqueda de paz y justicia, un recordatorio de que, incluso en los tiempos más oscuros, la esperanza y la fe pueden mover montañas.

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