Ciudad del Vaticano – En un mensaje trascendental dirigido a los miembros del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, el Papa León XIV enfatizó este viernes la imperativa necesidad de una formación cristiana que no solo nutra la fe, sino que también promueva el respeto incondicional por la vida humana en todas sus etapas y establezca mecanismos sólidos para prevenir cualquier forma de abuso, especialmente contra menores y personas vulnerables. Durante la Asamblea Plenaria celebrada en el Palacio Apostólico, el Sumo Pontífice delineó una visión de la educación en la fe que trasciende la mera transmisión de conocimientos, abogando por un compromiso profundo con la vida y la integridad de cada individuo.
El encuentro, un hito en el calendario de la Curia Romana, sirvió como plataforma para que el Santo Padre reflexionara sobre la esencia de la formación cristiana, comparándola con el acto mismo de “dar vida” o “hacer nacer”. Inspirándose en la figura de San Pablo, el Papa León XIV argumentó que la auténtica formación es un proceso dinámico y a menudo doloroso, que culmina en una unión vital con la persona de Jesucristo. Esta experiencia transformadora no se limita a la esfera espiritual, sino que permea la existencia del creyente, moldeando su realidad en carne y hueso.
En este contexto, el Pontífice hizo un llamado a priorizar la figura del “padre espiritual” sobre la del “pedagogo” tradicional. Mientras que el pedagogo se enfoca en impartir instrucciones y competencias religiosas, el “padre” es aquel capaz de engendrar fe, de compartir una vida de experiencia y amor. “Nuestra misión es considerablemente más elevada”, señaló el Papa, “no podemos conformarnos con transmitir simplemente una doctrina, una observancia o una ética; estamos llamados a compartir nuestra vivencia, con generosidad, un amor sincero por las almas, disposición para sufrir por los demás y una dedicación sin reservas, tal como padres que se sacrifican por el bienestar de sus hijos”. Este enfoque subraya la dimensión relacional y existencial de la fe, invitando a los formadores a ser testimonios vivos más que meros instructores.
La reflexión del Papa León XIV también se extendió a la dimensión comunitaria de la formación. Al igual que la vida humana se perpetúa gracias al amor entre un hombre y una mujer, la vida cristiana se fomenta y se desarrolla a través del amor y el apoyo de una comunidad creyente. Esta analogía resalta la corresponsabilidad de toda la Iglesia en la tarea formativa, equiparando su vocación con la de los padres de familia, cuyo deseo de dar vida a sus hijos surge de una “sobreabundancia de amor y alegría”, y es precisamente en este desbordamiento donde se arraiga toda labor educativa y evangelizadora.
El Sucesor de Pedro puso un énfasis particular en la necesidad de estructurar “itinerarios de vida constantes, comprometidos y personales” que conduzcan al Bautismo y a la renovación de los Sacramentos. Reafirmó con contundencia que sin estos pilares sacramentales, “no hay vida cristiana” plena. Asimismo, aludiendo a las enseñanzas de San Juan Pablo II, el Pontífice resaltó la importancia de guiar a los fieles para que maduren y preserven un “nuevo modo de vivir” que abarque todos los ámbitos de su existencia, tanto en lo privado como en lo público, incluyendo el trabajo, las relaciones interpersonales y la conducta cotidiana.
Un punto central y de máxima urgencia en el discurso papal fue el llamado a proteger a los más vulnerables. El Santo Padre insistió en que es “indispensable velar en nuestras comunidades por los aspectos formativos orientados al respeto de la vida humana en cada una de sus fases”. De manera explícita y contundente, hizo hincapié en aquellos esfuerzos que “contribuyen a prevenir toda forma de abuso contra los menores y las personas vulnerables, así como a acompañar y sostener a las víctimas”. Este pronunciamiento reitera el firme compromiso de la Iglesia con la creación de entornos seguros y la asistencia a quienes han sufrido daño.
El “arte de formar”, según el Pontífice, no es una habilidad que se improvise. Requiere de “paciencia, escucha atenta, acompañamiento constante y verificación continua”, tanto a nivel personal como comunitario. Esta labor, aseguró, “no puede prescindir de la experiencia y la frecuentación de quienes ya la han vivido”, instando a aprender de los ejemplos. En este sentido, el Papa León XIV citó a “gigantes del espíritu” como San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri, San José de Calasanz, San Gaspar del Búfalo, San Juan Leonardi y San Agustín, cuyas vidas y obras sirven de inspiración y guía para los formadores de hoy.
Al concluir su alocución, el Papa León XIV animó a los participantes a perseverar en su compromiso, reconociendo que los desafíos pueden, en ocasiones, parecer abrumadores. “No deben, sin embargo, desanimarse”, aconsejó. Instó a “comenzar por lo pequeño”, siguiendo la lógica evangélica del grano de mostaza, y confiando en que el Señor proveerá las “energías, las personas y las gracias necesarias” en el momento oportuno. Un mensaje de esperanza y resiliencia que subraya la fe en la providencia divina para la continuidad de la misión evangelizadora de la Iglesia.





Agregar comentario