La Pascua, pilar fundamental de la fe cristiana, se alza anualmente como una celebración de profundo significado espiritual. Sin embargo, paradójicamente, no todas las confesiones cristianas la conmemoran en la misma fecha. Esta divergencia, arraigada en complejos cálculos astronómicos y calendáricos, ha evolucionado a lo largo de los siglos, marcando una distinción entre las tradiciones de Occidente y Oriente. En el año 2025, una inusual coincidencia permitió que todos los cristianos celebraran la Resurrección el 20 de abril. No obstante, para el presente año (2026), las fechas se han separado nuevamente, con católicos y protestantes observando la Pascua el 5 de abril, mientras que las Iglesias ortodoxas la festejan el 12 de abril.
La razón de esta disparidad se remonta a los orígenes mismos del cristianismo. Según Carolina Blázquez, priora del Monasterio de la Conversión de las Hermanas Agustinas de Madrid y profesora asociada de la Universidad española de San Dámaso, la Pascua cristiana está intrínsecamente ligada a la Pascua judía. Históricamente, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús acontecieron durante la festividad judía del 14 de Nisán, un mes del calendario hebreo que sigue un ciclo lunar y cuya fecha oscila entre marzo y abril.
Los primeros cristianos se esforzaron por fijar la fecha de la Pascua basándose en el equinoccio de primavera, tomando el 21 de marzo como referencia. No obstante, Blázquez señala que esta fecha “no siempre se corresponde con la realidad astronómica, ya que varía algunos días”. Esta imprecisión generó dos criterios principales para determinar la fecha pascual, sentando las bases de las discrepancias entre las diversas ramas del cristianismo.
**El Concilio de Nicea y el cisma calendárico**
Un intento crucial por unificar esta celebración tuvo lugar en el Concilio de Nicea, en el año 325. Esta primera asamblea ecuménica de obispos cristianos, reunida en Nicea (actualmente İznik, Turquía), estableció un criterio común: la Pascua se celebraría el domingo posterior a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Este consenso permitió a la cristiandad celebrar la Pascua de forma conjunta durante aproximadamente 1.300 años, sentando las bases de una unidad litúrgica que, con el tiempo, se vería fracturada.
La división definitiva en el cálculo de la Pascua surgió en el siglo XVI con la reforma del calendario promovida por el Papa Gregorio XIII. Anteriormente, la Iglesia se regía por el calendario juliano, implementado por el Imperio Romano. Sin embargo, a lo largo de los siglos, las imprecisiones en la medición astronómica habían acumulado un desfase de diez días respecto a los ciclos lunares reales. El calendario gregoriano corrigió este error, ajustando la medición del tiempo para eliminar la discrepancia acumulada.
A pesar de esta reforma, las Iglesias ortodoxas, aunque adoptaron el calendario gregoriano para asuntos civiles y organizativos, decidieron conservar el calendario juliano para la fijación de sus fechas litúrgicas. Esta decisión histórica es la raíz de la división actual, explica Blázquez: “Por eso, hay un desfase que actualmente es de unos 13 días entre ambas tradiciones”. Así, mientras católicos y protestantes celebran la Pascua conforme al calendario gregoriano, los ortodoxos lo hacen siguiendo el juliano.
**Un obstáculo para la unidad cristiana**
La persistencia de dos fechas para la Pascua es ampliamente percibida como un problema significativo en el diálogo ecuménico. El Papa Francisco, durante su pontificado, manifestó en diversas ocasiones la urgencia de unificar esta fecha. En una declaración pública en la Basílica de Letrán, llegó a expresar, de forma gráfica, que si se mantuviera exclusivamente el criterio ortodoxo, “va a llegar un momento en que celebraremos la Pascua en agosto”. Si bien los especialistas han aclarado que este escenario no se materializaría hasta dentro de unos 400 años, la afirmación del Pontífice argentino destacó la creciente discrepancia para las Iglesias ortodoxas, que continúan empleando el calendario juliano en sus liturgias.
En el ámbito ecuménico, diversas propuestas han surgido para resolver esta cuestión. Las Iglesias ortodoxas, por ejemplo, sugieren basar el cálculo exclusivamente en el dato astronómico, desvinculándose tanto del calendario juliano como del gregoriano. Este enfoque implicaría determinar anualmente el equinoccio de primavera en función del meridiano de Jerusalén, un criterio que Blázquez considera unificador, dado que “Jesús murió en Jerusalén”.
Por su parte, el Papa Francisco, en una iniciativa informal durante su pontificado, propuso fijar una fecha estable para la Pascua, como el segundo domingo de abril. Sin embargo, Blázquez advierte sobre la particularidad de la tradición ortodoxa: “Para los ortodoxos, la vinculación con los ciclos astronómicos es muy importante, ya que la liturgia pascual está estrechamente relacionada con la luna llena y el simbolismo de la luz venciendo a las tinieblas”. Esta profunda conexión litúrgica representa un desafío adicional a la hora de buscar un consenso.
**Hacia un futuro con una Pascua común**
Más allá de los intrincados detalles astronómicos y calendáricos, la unificación de la fecha de la Pascua representa un hito trascendental en el camino hacia la unidad de los cristianos. Blázquez subraya que, cuando se implementó el calendario gregoriano en el siglo XVI, la división entre Oriente y Occidente ya estaba establecida, por lo que las Iglesias ortodoxas no participaron en esa decisión.
Hoy, un acuerdo común sobre la fecha pascual se erigiría como un poderoso símbolo de reconciliación y un paso significativo para la unidad del cristianismo. La teóloga destaca la validez de la postura del Papa Francisco, quien durante su pontificado insistió en que “celebrar la Pascua en distintas fechas es un antitestimonio”. Un gesto de unidad, añade Blázquez, enviaría un mensaje contundente: “Qué gran testimonio sería que, cuando cada cristiano del mundo esté en su parroquia, en su monasterio o en su casa celebrando la Resurrección, sepa que todos los cristianos del mundo lo están haciendo al mismo tiempo”. Unificar la Pascua es, en esencia, un anhelo por restaurar la armonía en la celebración central de la fe compartida.




