La fe y la devoción se manifestaron de forma multitudinaria este 3 de abril de 2026 en el corazón de Puebla, México, donde cerca de 195.000 personas se congregaron para la tradicional Procesión de Viernes Santo. Esta emblemática conmemoración, que hunde sus raíces en la época virreinal de la “Ciudad de los Ángeles”, superó todas las expectativas, reafirmando la profunda espiritualidad de sus habitantes y la importancia de esta celebración en el calendario litúrgico de la Semana Santa.
Desde el alba, el centro histórico de Puebla comenzó a llenarse de fieles provenientes de diversos puntos del estado y del país. El punto de partida y de llegada de este solemne recorrido fue la majestuosa Catedral de Puebla de los Ángeles, un ícono arquitectónico y espiritual de la ciudad fundada en 1532. La procesión, que se ha consolidado como una de las más grandes y significativas de México, estuvo encabezada por el Arzobispo de Puebla de los Ángeles, Monseñor Víctor Sánchez Espinosa, quien guio a los devotos a través de las calles adoquinadas, transformadas por horas en un templo al aire libre.
Un total de ocho veneradas imágenes, de profundo arraigo popular, fueron el epicentro de la devoción. El comunicado oficial del comité organizador, compartido previamente con la prensa, destacó la participación de figuras como la Virgen Dolorosa del Carmen, Nuestra Señora de la Soledad, el Jesús de las Tres Caídas, el Jesús Nazareno de San José, el Señor de las Maravillas, el Santo Niño Doctor de Tepeaca, el Señor Jesús de la Misericordia y el Cristo de la Expiración. Cada una de estas cofradías, con sus estandartes y vestimentas tradicionales, acompañó a sus imágenes, creando un impresionante mosaico de fervor y recogimiento que cautivó a propios y extraños. La solemnidad de la procesión fue palpable, con el silencio de los miles de asistentes solo interrumpido por cantos y oraciones.
La historia de esta procesión es tan rica como compleja. Tras su florecimiento en tiempos virreinales, la celebración se vio drásticamente suspendida a partir de la segunda mitad del siglo XIX, un periodo marcado por intensas tensiones políticas y la consecuente persecución religiosa que sufrió la Iglesia Católica en México durante décadas. No fue sino hasta 1992 cuando, gracias a la decidida iniciativa de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), institución que forma parte activa del comité organizador, el recorrido fue restablecido. Este renacimiento de la Procesión de Viernes Santo coincidió simbólicamente con el restablecimiento oficial de las relaciones entre la Iglesia y el Estado mexicano, marcando un hito en la reconciliación y el respeto a la libertad de culto en el país.
El evento dio inicio al mediodía, hora local, con la salida de las primeras imágenes desde el atrio de la Catedral. Aunque el final estaba estimado para las 3:00 p.m., la abrumadora afluencia de devotos y el ritmo pausado y reflexivo del cortejo extendieron su duración por más de una hora, culminando pasadas las 4:00 p.m.
Durante la segunda meditación de la procesión, Monseñor Francisco Javier Martínez Castillo, Obispo Auxiliar de Puebla, ofreció palabras que resonaron profundamente en los corazones de los presentes. “Hoy caminamos en silencio, hoy nuestras calles se vuelven templo y camino sagrado. Hoy Puebla entera acompaña a Cristo en su camino a la Cruz”, expresó el prelado, subrayando la trascendencia espiritual del momento. El Obispo Auxiliar enfatizó que el Viernes Santo va más allá de un mero recuerdo o una representación histórica. “No es solamente el recuerdo de un sufrimiento, de un acontecimiento del pasado. No es una representación histórica ni una tradición más. El Viernes Santo es el día en que contemplamos el misterio más profundo del amor de Dios”, afirmó. Explicó que este amor divino no salva desde la distancia, sino que “entra en el dolor humano para redimirlo desde dentro”, invitando a los fieles a dirigir su mirada a la Cruz como la razón fundamental de la procesión.
Monseñor Martínez Castillo profundizó en el significado universal de la Cruz, señalando que “en la Cruz están presentes todos los dolores, el abandono, la injusticia, la traición, la violencia, el miedo, la soledad”. En medio de estas realidades humanas, el mensaje del Viernes Santo se convierte en una verdad “consoladora y altamente esperanzadora: ningún sufrimiento humano está ya solo, porque Dios mismo lo ha habitado”. La invitación fue clara: transformar la procesión externa en un “camino interior”, un sendero de introspección que lleve a cada devoto a cuestionarse sobre las propias “cruces que necesito entregar al Señor”, a quién se debe perdonar y dónde se está llamado a amar y servir mejor. “Seguir a Cristo no significa evitar la Cruz, sino descubrir que la Cruz, unida al amor, se transforma en un camino que da vida”, concluyó el Obispo Auxiliar, ofreciendo una perspectiva de esperanza y redención.
Al concluir el magno evento, con las ocho imágenes y sus respectivas cofradías nuevamente congregadas en el atrio de la Catedral, el Arzobispo Víctor Sánchez Espinosa agradeció a todos los que hicieron posible esta demostración de fe. El prelado destacó el “ambiente de fervor y de piedad” que se vivió, tanto entre quienes participaron directamente en el cortejo como entre aquellos que, desde las aceras, vieron pasar con devoción sus imágenes más queridas. Antes de impartir su bendición final sobre la multitud, el Arzobispo extendió su gratitud a las autoridades civiles locales y estatales por su colaboración, asegurando que las imágenes “todavía procesionarán otro rato” hasta retornar a sus respectivos templos, cerrando así una jornada de profunda significación para la Iglesia Católica y la sociedad poblana.








