4 abril, 2026

El Sábado Santo, un día de profundo silencio y expectante espera en el calendario litúrgico cristiano, fue conmemorado este año con una especial celebración en la histórica basílica de Santa María la Mayor de Roma. Conocida como “La Hora de la Madre”, esta oración central busca emular y honrar la fe inquebrantable de María mientras aguardaba la Resurrección de su Hijo. Entre las 10:30 y las 11:30 de la mañana, el Cardenal Arcipreste Rolandas Makrickas presidió este significativo acto, que convoca a los fieles a una pausa de reflexión y esperanza en el corazón de la Semana Santa.

Durante su homilía, el Cardenal Makrickas enfatizó la naturaleza única del Sábado Santo, describiendo cómo “en este día toda la Iglesia es como María: en espera, en silencio, en esperanza”. Sus palabras resonaron con la experiencia universal del dolor y la perseverancia, aludiendo a las “pruebas personales, los esfuerzos de la misión que se nos ha confiado, las heridas de la Iglesia y del mundo que lucha por encontrar caminos de paz y fraternidad”. El prelado subrayó que, incluso en el aparente vacío, “Dios actúa también en el silencio. Cuando todo parece inmóvil, Dios está preparando la vida, está preparando la Resurrección. María lo sabe y por eso no cae, por eso no huye. Permanece al pie de la Cruz”. Esta exhortación a la fidelidad y al “permanecer” en lugar de “hacer” se presentó como una lección vital para la comunidad de creyentes.

La basílica de Santa María la Mayor, la más antigua dedicada a la Virgen María en Roma, y custodia de la venerada imagen de la *Salus Populi Romani*, se convirtió en el escenario ideal para esta conmemoración. El Cardenal Makrickas destacó cómo en este lugar sagrado, “la Iglesia vive no solo de palabras y acciones, sino también de silencio, de espera, de confianza”, recordando el testimonio de innumerables pastores y consagrados que han encarnado una fe sencilla y profunda. La celebración de “La Hora de la Madre” permite a la Iglesia universal sumergirse en la fe de la Virgen, preparándose para la inminente alegría pascual.

La génesis de “La Hora de la Madre” se enmarca en una rica confluencia de tradiciones. Mientras que el Viernes Santo se identifica como la “Hora de Cristo” —el momento de su sacrificio supremo en la cruz, donde María estuvo unida a Él en el dolor y la ofrenda—, el Sábado Santo se consagra como la “Hora de la Madre”. Esta hora singular, enteramente dedicada a María, la Mujer, la Hija de Sion, y Madre de la Iglesia, representa la prueba suprema de su fe y su unión con el Dios Redentor. La propuesta de esta liturgia fue preparada por el Padre Ermanno M. Toniolo, O.S.M., en una armoniosa síntesis de la tradición latina y la liturgia bizantina. Esta última, en el Sábado Santo, entona los “encomios” o lamentaciones de la Virgen y de las mujeres piadosas ante el sepulcro de Cristo, en la expectante espera de la Resurrección.

Como se detalla en la introducción del libro litúrgico que acompaña la oración, “desde los primeros siglos, la Iglesia de Oriente y de Occidente ha percibido y celebrado este misterioso vínculo que une, como un puente, el Viernes Santo con el Domingo de Pascua, pasando por el corazón de María”. En esta perspectiva, la Virgen es vista como la representante y expresión de toda la Iglesia redimida, anhelando el alba de la resurrección. Esta tradición, arraigada en la antigüedad, ha encontrado una expresión contemporánea en la “Hora de la Madre”, propuesta por el Centro de Cultura Mariana de Roma.

La acogida de esta liturgia ha sido notable, celebrándose en múltiples comunidades alrededor del mundo. De hecho, fue el mismo *Papa Juan Pablo II* quien, con su deseo, propició que se celebrara en dos ocasiones en la Basílica de San Pedro, con transmisión directa a través de Radio Vaticana. Desde 1987, declarado Año Mariano, la celebración ha tenido su hogar principal en Santa María la Mayor, extendiéndose a numerosas catedrales y parroquias. La continuidad y arraigo de esta práctica demuestran su valor espiritual y su capacidad para conectar a los fieles con el misterio de la fe mariana.

El Cardenal Makrickas también hizo referencia a los fundamentos teológicos de esta práctica, señalando que el Sábado Santo es la “matriz de la memoria semanal de santa María en sábado”. Documentos eclesiales como el “Misal de la Bienaventurada Virgen María” (1988) y el “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia” (2002) confirman esta conexión. Este último propone explícitamente “La Hora de la Madre” como una práctica piadosa para el Sábado Santo, subrayando que “la Virgen María que permanece junto al sepulcro del Hijo es icono de la Iglesia Virgen que vela junto a la tumba de su Esposo, en espera de celebrar su Resurrección”.

María, en su rol de Madre, encarna la resistencia heroica ante la adversidad. Desgarrada por el dolor del Hijo muerto y sepultado, enfrentada a la ingratitud y la infidelidad, y a la traición de los discípulos, incluso ella fue tentada por la duda. Sin embargo, resistió con valentía, aferrándose a las palabras de su Hijo y a la fidelidad del Padre omnipotente. Su figura, en el Sábado Santo, se alza como un faro de fe y esperanza para la Iglesia, recordándonos que en el silencio de la espera, la promesa de la Resurrección ya está germinando.

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