15 febrero, 2026

La Iglesia Católica conmemora cada 15 de febrero a San Claudio de la Colombière, un influyente sacerdote jesuita francés del siglo XVII cuya perspicacia espiritual fue decisiva para validar las revelaciones místicas de Santa Margarita María Alacoque sobre el Sagrado Corazón de Jesús. Su vida, marcada por el discernimiento, el valor y una profunda devoción, lo establece como una figura central en la historia de la espiritualidad católica, un incansable promotor de un mensaje de amor divino que resuena con fuerza hasta nuestros días.

**Un Modelo Jesuita de Entrega Total**

Canonizado en 1992 por San Juan Pablo II, el pontífice destacó a San Claudio como un jesuita ejemplar, cuya existencia estuvo enteramente dedicada al Sagrado Corazón, al que describió como un “corazón siempre encendido de amor”. Juan Pablo II subrayó su espíritu de abnegación y su incansable esfuerzo por elevar la conciencia del mundo hacia Dios, buscando la pureza del amor y la total entrega.

Nacido en 1641 en Saint-Symphorien-d’Ozon, una región meridional de Francia, Claudio de la Colombière creció en el seno de una familia numerosa y de profunda fe. Cuatro de sus siete hermanos eligieron la vida consagrada, un testimonio temprano de la profunda religiosidad que permeaba su hogar. Desde joven, asistió a una escuela dirigida por la Compañía de Jesús, experiencia que culminaría a los diecisiete años con su ingreso formal a la orden jesuita.

Los primeros años de formación, particularmente el riguroso noviciado, representaron un desafío significativo para el joven Claudio. Con una franqueza admirable, él mismo confesaría haber sentido una “profunda aversión” por la estricta disciplina y las exigencias de este período. Sin embargo, su madurez espiritual le permitió reconocer que estas pruebas eran cruciales para el florecimiento de sus talentos naturales y el fortalecimiento de su espíritu. Como acto de compromiso personal y para cimentar sus buenos propósitos, Claudio hizo un voto privado de obedecer las reglas y mandatos de la Compañía con la mayor perfección posible, comprendiendo que la obediencia a Dios es la manifestación más elevada del amor divino.

**La Voz que Validó el Mensaje del Corazón de Jesús**

Tras completar un intenso período de estudios teológicos y filosóficos, Claudio de la Colombière fue ordenado sacerdote en 1669. Rápidamente se labró una reputación como un orador excepcional y un confesor sabio. Su elocuencia le abrió puertas, llegando a impartir clases en la universidad y sirviendo como preceptor de los hijos del influyente ministro de finanzas de Luis XIV, el Rey Sol de Francia. Sin embargo, el destino le reservaría un rol aún más trascendente que el púlpito o el aula.

En 1674, su camino lo llevó a Paray-le-Monial, donde asumió el cargo de superior de la comunidad jesuita local. Fue en esta pequeña ciudad francesa donde su vida se entrelazaría de manera indeleble con uno de los capítulos más conmovedores de la mística cristiana. Sirviendo como confesor en el convento de la Visitación, el Padre de la Colombière conoció a una monja, Santa Margarita María Alacoque, quien afirmaba haber recibido revelaciones místicas de Jesucristo mismo, centrándose en la devoción a su Sagrado Corazón.

Dentro de los muros del convento, el testimonio de la Hermana Margarita María era recibido con considerable escepticismo y, en ocasiones, incluso con desdén. Las visiones y mensajes que compartía a menudo generaban incredulidad entre sus hermanas religiosas, quienes dudaban de su autenticidad y temían posibles engaños. No obstante, el Padre Claudio abordó la situación con una mente abierta y un profundo espíritu de discernimiento. Se convirtió en el director espiritual de Santa Margarita, ejerciendo esta función crucial durante toda su permanencia en Paray-le-Monial. De la Colombière escuchó atentamente los relatos de la vidente, examinándolos bajo la luz de la teología y la prudencia. Tras un cuidadoso estudio y una reflexión profunda, llegó a la convicción de que las experiencias de la Hermana Margarita María eran, sin duda, una genuina gracia extraordinaria y una revelación privada de origen divino. Su respaldo no solo confirmó la autenticidad de las visiones, sino que también proporcionó la autoridad eclesiástica necesaria para que la devoción al Sagrado Corazón comenzara a florecer.

**Un Faro contra el Rigorismo Jansenista**

El decisivo apoyo de San Claudio de la Colombière a las revelaciones de Santa Margarita María tuvo un impacto trascendental en la espiritualidad católica, consolidando la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como uno de sus pilares fundamentales. En una época marcada por el rigorismo y las controversias teológicas, especialmente por el auge del jansenismo, esta devoción emergió como un poderoso contrapunto.

El jansenismo, un movimiento iniciado por Cornelio Jansenio, propugnaba una visión pesimista de la naturaleza humana, acentuando su pecaminosidad y limitando la libertad del hombre en su camino hacia la salvación, a menudo acercándose a ideas de predestinación. Esta corriente, calificada de herética por la Iglesia, generaba una atmósfera de temor y desesperanza en la piedad popular. El mensaje del Sagrado Corazón, tal como fue transmitido por Santa Margarita y validado por San Claudio, ofrecía una visión radicalmente diferente: la de un Dios cuyo amor por la humanidad es inagotable, manifestado en un corazón ardiente de misericordia y perdón. Invitaba a todos, sin excepción, al arrepentimiento y a la confianza en la gracia divina, restaurando la centralidad del libre albedrío en la respuesta a la llamada a la salvación. La labor de ambos santos fue esencial para difundir esta renovada conciencia de la invitación universal de Jesús a su amor, contrarrestando eficazmente la visión sombría y exclusivista del jansenismo.

**Misión y Persecución en Inglaterra**

En el otoño de 1676, el Padre de la Colombière fue asignado a una misión delicada en Inglaterra, una nación entonces convulsionada por tensiones religiosas y políticas tras décadas de conflictos civiles. Allí asumió el papel de capellán y predicador de María de Módena, una noble católica que había contraído matrimonio con el duque de York, futuro rey Jacobo II. Su presencia en la corte, aunque inicialmente pacífica, coincidió con un período de creciente paranoia anticatólica.

En 1678, el infame “Complot Papista”, una serie de falsos rumores sobre una conspiración católica para asesinar al rey Carlos II, desató una oleada de persecución sin precedentes. Aunque la trama era una invención, provocó la ejecución de treinta y cinco personas inocentes, incluidos ocho sacerdotes jesuitas. El Padre Claudio de la Colombière, a pesar de su inocencia, fue acusado, arrestado y arrojado a un sombrío calabozo, donde permaneció por semanas. Las duras condiciones de la prisión minaron gravemente su ya frágil salud. Aún convaleciente y sin haberse recuperado plenamente, fue finalmente expulsado de Inglaterra, habiendo demostrado una admirable fortaleza y lealtad a su fe en circunstancias extremas.

**Legado Eterno del Amor Divino**

A su regreso a Francia en 1679, San Claudio reanudó su ministerio como educador y sacerdote, aprovechando cada oportunidad para propagar la devoción al Sagrado Corazón de Cristo entre sus compatriotas, un mensaje que ahora llevaba el sello de su propia experiencia y sufrimiento. Volvió a Paray-le-Monial en 1681, el mismo lugar donde su vida se había transformado por el encuentro con Santa Margarita María. Fue allí, un año después, el 15 de febrero de 1682, el primer domingo de Cuaresma, cuando la vida de este incansable jesuita llegó a su fin a la temprana edad de 41 años, a causa de una hemorragia interna. Su partida, en el día que hoy la Iglesia lo celebra, selló una existencia enteramente entregada a Dios y a la difusión de su amor.

La Iglesia reconoció su santidad post-mortem: fue beatificado en 1929 y, sesenta y tres años más tarde, el 31 de mayo de 1992, San Juan Pablo II lo canonizó, elevándolo a los altares como un modelo de discernimiento, coraje y devoción. San Claudio de la Colombière permanece como una figura esencial en la historia de la espiritualidad católica, un testimonio vivo de la misericordia divina y un incansable promotor del amor infinito revelado en el Sagrado Corazón de Jesús.

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