Cada 8 de febrero, el calendario de la Iglesia Católica rinde homenaje a una de sus figuras más inspiradoras: Santa Josefina Bakhita. Conocida cariñosamente como la “Madre Moretta”, en referencia a su origen africano, su vida es una poderosa narración de resiliencia, fe inquebrantable y la búsqueda de libertad, tanto física como espiritual. Nacida en la convulsa región de Darfur, Sudán, a mediados del siglo XIX, Bakhita experimentó los horrores de la esclavitud antes de encontrar un destino de profunda devoción en Italia y convertirse en un faro de esperanza para millones.
**Un Inicio Marcado por la Adversidad**
El nacimiento de Josefina Bakhita, estimado alrededor de 1869 en la aldea de Olgossa, en Darfur, fue precedido por años de aparente felicidad familiar. Sin embargo, esta tranquilidad se vio truncada abruptamente cuando, entre los siete y nueve años, fue violentamente secuestrada por traficantes de esclavos. Este trauma fue tan profundo que borró de su memoria su nombre de nacimiento y los recuerdos exactos de su familia. Fueron sus captores quienes, con una ironía cruel, la apodaron “Bakhita”, que en árabe significa ‘afortunada’.
Lo que siguió fue un calvario de humillaciones y maltratos bajo la posesión de cinco “amos” distintos. La joven Bakhita conoció la crueldad en su forma más brutal, soportando abusos físicos y psicológicos indescriptibles. Uno de los episodios más atroces ocurrió cuando tenía apenas trece años, bajo su cuarto propietario. Fue sometida a un ritual de escarificación doloroso: 114 incisiones en su cuerpo, que luego fueron restregadas con sal para evitar infecciones. Un mes de tormento que ella misma recordaría con pavor: “Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal”.
**El Camino Inesperado hacia la Libertad**
El rumbo de Bakhita comenzó a cambiar en 1884, cuando acompañó a su quinto propietario a Italia. En este nuevo país, la esclavitud estaba prohibida, una ley que, aunque no le otorgó la libertad de inmediato, sentó las bases para su emancipación. En Venecia, se encontró al servicio de Augusto Michieli, quien la empleó como niñera para su hija, Minnina. Fue en este hogar donde Bakhita no solo conoció la bondad, sino que también fue introducida a la fe cristiana.
A través de la generosidad de la familia Michieli y la naciente amistad con Minnina, Bakhita descubrió un “Dueño” supremo, un Dios que la había acompañado incluso en sus momentos más oscuros, dándole la fuerza para soportar tanto sufrimiento. Esta revelación transformadora fue crucial; como ella misma expresaría, aunque la presencia divina siempre estuvo con ella, “recién en ese momento sabía quién era (Él)”. Esta conexión con la fe fue el pilar de su futura vida.
El 9 de enero de 1890, un hito en su vida: Bakhita recibió los sacramentos del Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación, adoptando el nombre cristiano de Giuseppina Margherita Fortunata. Libre del yugo de la esclavitud y de la amenaza de ser recapturada, tomó la trascendental decisión de permanecer en Italia y dedicar su vida a Dios.
**Una Vida de Humilde Servicio y Santidad**
Junto a Minnina, Josefina ingresó al noviciado del Instituto de las Hermanas Canosianas de la Caridad en Venecia. En 1893, a la edad de 38 años, hizo sus votos perpetuos, consolidando su compromiso con la vida religiosa. Su vida como monja no estuvo marcada por grandes prodigios, sino por una profunda espiritualidad manifestada en el servicio cotidiano. En Venecia, se dedicó a tareas humildes como la cocina, la limpieza y el cuidado de los pobres y enfermos.
Su modestia, humildad y una fe inquebrantable transformaron su rutina en una ofrenda extraordinaria a Dios. Esta devoción silenciosa y su radiantemente amable carácter le valieron la reputación de santa entre la gente, quienes la veneraban por su sabiduría y su inagotable capacidad de perdón. La misma Bakhita habría expresado una visión asombrosa: si encontrara a sus captores y torturadores, besaría sus manos, pues sin aquellos eventos, no habría abrazado la fe cristiana ni la vida religiosa. Esta declaración subraya la magnitud de su espíritu y la profunda libertad que encontró en su fe.
**Legado de una “Hermana Universal”**
Santa Josefina Bakhita falleció el 8 de febrero de 1947 en Schio, al norte de Italia. Su funeral congregó a miles de personas, un reflejo del impacto que su vida había tenido en la comunidad. Décadas más tarde, su santidad sería reconocida universalmente. El Papa Juan Pablo II la declaró “Venerable” en 1978 y la beatificó el 17 de mayo de 1992, designando el 8 de febrero como su fiesta litúrgica. Durante la homilía de su beatificación, el Pontífice la aclamó como “hermana universal”, destacando cómo su vida ofrecía un antídoto a “la carrera desenfrenada por el poder, el dinero y el disfrute” de los tiempos modernos, revelando el verdadero secreto de la felicidad: las Bienaventuranzas.
En el Jubileo del año 2000, el mismo Juan Pablo II la canonizó, un gesto significativo para honrar al pueblo africano y a todos aquellos que han sufrido la esclavitud a lo largo de la historia.
La relevancia de Santa Josefina Bakhita trascendió su canonización. En su encíclica *Spe Salvi* (Salvados en la esperanza) de 2007, el Papa Benedicto XVI recurrió a su ejemplo de vida para ilustrar el verdadero significado de la esperanza cristiana. Benedict XVI explicó cómo Bakhita, tras haber conocido solo dueños que la menospreciaban, descubrió un “Paron” supremo, el Señor de todos los señores, que era bondad pura y que la amaba incondicionalmente. “También ella era amada, y precisamente por el ‘Paron’ supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada…”, escribió el Papa. Esta revelación, según Benedicto XVI, la “redimió”, transformándola de esclava a hija libre de Dios, llenándola de la “gran esperanza” que hizo su vida hermosa, sin importar el sufrimiento pasado.
Hoy, Santa Josefina Bakhita no solo es la patrona de Sudán y un ícono del cristianismo africano, sino una poderosa inspiración global. Su festividad nos invita a reflexionar sobre la fuerza del espíritu humano, la trascendencia del perdón y el poder liberador de la fe. Su viaje de la esclavitud a la santidad es un testimonio perdurable de que, incluso en las circunstancias más desoladoras, la esperanza y el amor divino pueden transformar la vida y ofrecer una libertad que ninguna cadena puede aprisionar.






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