7 marzo, 2026

Cada 7 de marzo, la Iglesia Católica universal conmemora a las santas Perpetua y Felicidad, dos figuras femeninas cuya historia de fe inquebrantable y martirio ha trascendido los siglos, convirtiéndose en un poderoso símbolo de valentía y devoción. Originarias de Cartago, una influyente ciudad romana en el norte de África, estas mártires del siglo II no solo ofrecieron sus vidas por su creencia en Jesucristo, sino que lo hicieron en circunstancias particularmente conmovedoras, ligadas estrechamente a su experiencia de la maternidad. Su legado es un recordatorio perdurable de la fuerza del espíritu humano frente a la adversidad.

La narrativa de Perpetua y Felicidad se enmarca en uno de los períodos más turbulentos para el cristianismo primitivo: la persecución orquestada por el emperador Septimio Severo (193-211 d.C.). Durante esta época, la profesión de fe cristiana era considerada un crimen contra el Estado romano, castigado severamente. Fue en este contexto de hostilidad que estas dos mujeres, de orígenes sociales marcadamente distintos pero unidas por su fe, vivieron y entregaron su testimonio final.

Perpetua provenía de una familia patricia, acomodada y de considerable influencia en Cartago. Su conversión al cristianismo fue un acto de profunda convicción personal, influenciada por la predicación de un diácono cristiano llamado Sáturo. Felicidad, por otro lado, era su esclava. A pesar de la vasta diferencia de estatus social, la fe en Cristo forjó entre ellas un lazo de hermandad que superó las barreras de la época. La conversión de Perpetua abrió también a Felicidad la puerta a una nueva comprensión del amor divino y de la libertad espiritual, transformando su relación en una verdadera amistad basada en principios compartidos. Juntas, estas mujeres vieron más allá de las convenciones sociales, reconociéndose como hijas del mismo Padre celestial.

Su “delito” fue simplemente profesar el cristianismo. Ambas fueron arrestadas junto con otros compañeros de fe, incluyendo a Sáturo y otros sirvientes de la casa de Perpetua. Comparecieron ante el gobernador de Cartago, quien, por respeto a la amistad con el padre de Perpetua, intentó persuadirlas para que renunciaran a su fe y rindieran culto a los dioses romanos. Sin embargo, su resolución era inquebrantable. A pesar de las súplicas de su padre y las amenazas, Perpetua y Felicidad se mantuvieron firmes en su convicción, negándose a apostatar. Su negativa selló su destino: la condena a morir en el anfiteatro.

Un aspecto central y profundamente emotivo de su historia es su conexión con la maternidad. Al momento de su arresto y condena, Felicidad se encontraba en avanzado estado de gestación, mientras que Perpetua era madre de un bebé lactante. La vulnerabilidad de su situación, unida a la inminencia de la muerte, destaca aún más su extraordinario coraje. La tradición relata que Felicidad dio a luz a una niña poco antes de su martirio, lo que añade una capa de dolor y sacrificio a su relato. Estas circunstancias explican por qué ambas son veneradas como patronas de las madres: Felicidad es considerada protectora de aquellas que dan a luz en condiciones difíciles, y Perpetua de las madres lactantes, evocando su sacrificio en medio de sus roles maternales.

El martirio de Perpetua y Felicidad, registrado en las “Actas de los Mártires” o *Passio Perpetuae et Felicitatis*, es uno de los relatos más vívidos y tempranos de la persecución cristiana. Fueron arrojadas a las fieras en el anfiteatro. La descripción de los hechos narra que, tras ser embestidas por toros salvajes, las bestias no lograron acabar con sus vidas de inmediato. Heridas y agotadas, en un gesto conmovedor, las mujeres se acercaron la una a la otra, se dieron un “beso de paz” cristiano y luego fueron atadas para ser decapitadas por los verdugos. Se cuenta que Felicidad murió con un único y certero golpe, mientras que Perpetua, ante la indecisión o inexperiencia del verdugo, guio ella misma la espada a su garganta, un acto que simboliza su control, su entrega consciente y su triunfo sobre el miedo. Su martirio tuvo lugar alrededor del año 202 d.C.

La memoria de Santas Perpetua y Felicidad ha perdurado en el corazón de la Iglesia a lo largo de los siglos. Sus nombres están inscritos en las Letanías de los Santos y, de manera prominente, en la Plegaria Eucarística I (Canon Romano) de la Misa, una de las oraciones más antiguas y veneradas de la liturgia católica. Este honor litúrgico subraya la profunda estima y el reconocimiento de su sacrificio y su testimonio inquebrantable de fe.

Su historia continúa inspirando a creyentes alrededor del mundo, no solo por su resistencia ante la persecución, sino también por el poderoso mensaje de que la fe puede unir a las personas más allá de las diferencias sociales y otorgar una fuerza incomparable frente a la adversidad más extrema, incluso en las circunstancias más humanas y vulnerables como la maternidad. Santas Perpetua y Felicidad son un recordatorio perenne del valor de la convicción y la fortaleza del espíritu ante la muerte, encarnando la promesa cristiana de que la verdadera victoria reside en la fidelidad a la fe.

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