La Semana Santa de 2026 en Nicaragua se caracterizó por una profunda dicotomía: templos católicos abarrotados de fieles que buscaban vivir su fe, mientras las autoridades mantenían una estricta prohibición sobre las tradicionales procesiones y actos de piedad popular en las calles. Este panorama, marcado por la vigilancia policial y la tensión entre la Iglesia y el gobierno, fue denunciado por sacerdotes nicaragüenses en el exilio y confirmado por la masiva asistencia a las celebraciones litúrgicas puertas adentro.
El padre Edwing Román, vicario de la parroquia Santa Ágatha en Miami, Florida, y figura destacada del clero nicaragüense en el exilio, describió la Semana Mayor como “atípica” y “fuera de la libertad religiosa”. A pesar del “asedio de policías o de personas infiltradas”, el sacerdote resaltó la resiliencia de la comunidad: “Gracias a Dios los templos se vieron llenos de fieles de todas las edades”. Testimonios desde Nicaragua, acompañados de imágenes difundidas en redes sociales, mostraron la presencia de agentes policiales que fotografiaban y grababan a quienes entraban y salían de las iglesias, incluso durante la Vigilia Pascual en parroquias de la Arquidiócesis de Managua.
Esta situación no es nueva. Desde 2022, el gobierno nicaragüense, liderado por la pareja presidencial Daniel Ortega y Rosario Murillo, ha mantenido una política de restricción severa sobre las manifestaciones religiosas en el espacio público. Procesiones del Vía Crucis, romerías, mayordomías y las representaciones de la Pasión de Cristo, conocidas como “judeas”, han sido canceladas o confinadas al interior de los recintos eclesiásticos, sus patios o atrios, siempre bajo estricta vigilancia. Martha Patricia Molina, investigadora y autora del informe “Nicaragua: Una Iglesia perseguida”, documentó que, desde 2019, más de 28.900 procesiones y actos de piedad han sido prohibidos en las calles del país, evidenciando una escalada sistemática de la represión.
En contraste con las prohibiciones, el régimen desplegó una intensa campaña mediática para promover el turismo en playas y centros recreativos, muchos de ellos propiedad de personas afines al gobierno. Irónicamente, según denunció el padre Román, medios oficialistas “se adueñaron” de los espacios dentro de las iglesias, incluso subiendo a altares mayores en plena celebración, para tomar fotos y utilizarlas en su “propaganda política”, con el fin de negar las prohibiciones y proyectar una imagen de “normalidad” en sus comunicados.
La situación no pasó desapercibida a nivel internacional. El 31 de marzo, Christopher Landau, Subsecretario de Estado de Estados Unidos, denunció la prohibición de procesiones públicas de Semana Santa en Nicaragua y expresó su anhelo por el día en que los nicaragüenses “recuperen su libertad religiosa”. La respuesta del gobierno de Nicaragua fue inmediata con una nota oficial titulada “Falso de toda falsedad”, en la que “desmintió categóricamente” las acusaciones y afirmó la existencia de “miles de actividades religiosas, católicas y de iglesias cristianas y evangélicas” en todo el país. Sin embargo, el comunicado gubernamental omitió el detalle crucial: las restricciones se refieren específicamente a la prohibición de actos públicos en las calles.
Dos sacerdotes exiliados, quienes solicitaron anonimato para evitar represalias contra sus familiares en Nicaragua, coincidieron en la inusual cobertura mediática oficialista de las actividades religiosas. Uno de ellos especuló que esta podría ser una estrategia del gobierno “por la situación y las sanciones con Venezuela, Cuba e Irán”, lo que denotaría un cierto temor por el contexto internacional. El segundo sacerdote, también anónimo, lamentó la ausencia de la Misa Crismal en diócesis sin obispo presente y las procesiones públicas, pero elogió la “creatividad del pueblo de Dios” para encontrar maneras de vivir su fe.
Las diócesis nicaragüenses de Matagalpa y Estelí, cuyo obispo titular es monseñor Rolando Álvarez; Siuna, liderada por monseñor Isidoro Mora; y Jinotega, bajo el pastoreo de monseñor Carlos Herrera, se encuentran en una situación particular, pues sus prelados están en el exilio o bajo severas restricciones. Monseñor Rolando Álvarez, conocido por su encarcelamiento bajo el régimen y posterior exilio en Roma, fue uno de los elegidos para el rito de la adoración de la cruz en la Basílica de San Pedro, el Viernes Santo, una emotiva ceremonia presidida por el Papa León XIV en el Vaticano. La presencia de monseñor Álvarez en este evento de alta visibilidad global fue un símbolo de la Iglesia perseguida en Nicaragua, conectando el sufrimiento de la comunidad local con la solidaridad del Pontífice y la Iglesia universal.
A pesar de la vigilancia constante, la infiltración de agentes gubernamentales en las comunidades parroquiales y el intento de las autoridades de “aparentar que todo está bien cuando se mantiene la persecución”, los sacerdotes exiliados subrayaron la firmeza de la fe. El Cardenal Leopoldo Brenes, Arzobispo de Managua, confirmó este espíritu durante la Semana Santa. Al concluir la Misa Crismal en la Catedral de Managua el Jueves Santo, el Cardenal compartió sus impresiones: “He tenido comunicación con algunos de mis hermanos obispos y algunos sacerdotes. Algunos me han enviado algunas imágenes, porque yo siempre digo que las imágenes comprueban cómo está la cosa […] y qué es lo que vemos aquí, el trabajo grande de los sacerdotes, y que la gente, con toda generosidad, con toda libertad, se han podido acercar a sus templos y están viviendo su fe, que creo que es lo más importante”.
La actividad más multitudinaria registrada en Nicaragua durante la Semana Santa de 2026 fue el Vía Crucis del Viernes Santo, un evento de más de cuatro horas que congregó a miles de fieles dentro del extenso terreno de la Catedral de Managua. En León, otra diócesis donde el régimen permite ciertas actividades, las celebraciones también se realizaron en el interior del templo, como el cortejo procesional del Cristo Yacente, sin salir a las calles.
Desde su exilio en Miami, Monseñor Silvio Báez, Obispo Auxiliar de Managua, presidió la Misa del mediodía el Domingo de Resurrección. En su homilía, el prelado enfatizó que la Resurrección de Jesús “revela no solo el triunfo de su fuerza sobre el poder destructor de la muerte, sino también la victoria de su justicia por encima de las injusticias de los hombres”. Báez concluyó con una profunda reflexión para los fieles: “Ante el Señor Resucitado, debemos preguntarnos de parte de quién estamos: ¿de parte de los que crucifican o de los crucificados?”. Su mensaje resonó con la experiencia de una comunidad que, a pesar de las restricciones y la persecución, se aferra a la esperanza de la fe.







