El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, protagonizado por el artista puertorriqueño Bad Bunny, se convirtió en un potente catalizador de conversación pública, polarizando opiniones y desatando un profundo debate sobre la intersección entre música, política y la identidad latina en Estados Unidos. Mientras algunos lo celebraron como un hito cultural y un triunfo de la representación hispana, otros lo censuraron por su contenido lírico y coreográfico, considerándolo un reflejo poco digno de la riqueza cultural latinoamericana.
El Super Bowl LX, que vio a los Seahawks de Seattle imponerse sobre los Patriots de Nueva Inglaterra en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, el pasado 8 de febrero, fue el segundo más visto en la historia de la competición, solo superado por la edición de 2025, según datos de Nielsen. El show de medio tiempo, que también contó con la participación de figuras como Lady Gaga, Ricky Martin, Jessica Alba, Pedro Pascal y Karol G, atrajo a una audiencia promedio de 128.2 millones de espectadores, consolidándose como un evento de masiva repercusión global.
**Un Mensaje Político Subyacente**
Para el Padre Mario Arroyo, doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma, el número de Bad Bunny trascendió el mero entretenimiento para convertirse en un “mensaje político” explícito. En una entrevista con EWTN Noticias, el P. Arroyo interpretó la actuación como una reivindicación del carácter multicultural de Estados Unidos, destacando la influencia de los aproximadamente 70 millones de latinos en la nación. Esta postura, según el sacerdote, se percibe como una “confrontación directa con la agenda política del entonces presidente Donald Trump”.
El P. Arroyo argumentó que el espectáculo funcionó como una voz para “la comunidad latina en Estados Unidos que se ha sentido acosada por las medidas tomadas por la administración norteamericana”, citando redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Estas acciones, según informes de CBS News, habrían resultado en la detención de cerca de 400,000 personas en 2025, de las cuales menos del 14% contaban con antecedentes penales violentos, y se mencionan casos lamentables con víctimas mortales como Renee Good y Alex Pretti. La conexión entre Bad Bunny y esta crítica se hizo evidente cuando, al recibir el premio Grammy al mejor álbum de música urbana por “Debí tirar más fotos”, el artista pronunció la frase “ICE out” (Fuera ICE), marcando su posición política.
A pesar de reconocer una posible intención de transmitir un mensaje positivo, destacando elementos culturales de Puerto Rico y América Latina, el P. Arroyo fue crítico con la forma. No siendo admirador del reguetón, un género que, a su juicio, “sexualiza mucho a la mujer” y “denigra la conducta humana”, lamentó que la propuesta de Bad Bunny no representara la “mejor carta” de Latinoamérica, describiéndola como un “espectáculo vulgar y de poco nivel humano”. Recordó el principio moral de que “el fin no justifica los medios”, enfatizando que la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) prioriza fines económicos al expandir su audiencia.
**La Voz Pastoral de Puerto Rico**
Una perspectiva más matizada provino de Mons. Eusebio Ramos, presidente del Episcopado de Puerto Rico y Obispo de Caguas. En declaraciones a la agencia italiana SIR, Mons. Ramos, aunque reconoció que “ciertamente se puede tener algo que decir sobre el género musical” y no expresó su apoyo explícito al mismo, valoró el “lenguaje de amor” que el artista, cuyo nombre real es Benito Antonio Martínez Ocasio, buscó transmitir.
El prelado afirmó que “las palabras de Benito… han llegado al corazón, han recordado valores cristianos, como la fraternidad y el primado del amor”. En un mundo fragmentado, Mons. Ramos vio en el mensaje de Bad Bunny una “esperanza” y una invitación a “derribar los muros”, interpelando a la conciencia colectiva y recordando el “valor de la dignidad de cada ser humano, al que se debe respetar”, en un contexto donde las deportaciones parecen ignorar dicha dignidad. El obispo también abordó la situación política de Puerto Rico, describiendo la relación con Estados Unidos como un “colonialismo” de 125 años, una “relación injusta y contaminada por el pecado”, pero celebró la supervivencia de la identidad y cultura puertorriqueña. La crítica de Trump al show, calificándolo de “terrible” y “desagradable”, no sorprendió al obispo, quien la atribuyó al “estilo” del entonces mandatario.
**Una Perspectiva Feminista y Política Crítica**
La senadora independiente y provida puertorriqueña, Joanne Rodríguez-Veve, también se unió al debate, ofreciendo una crítica desde una óptica cultural y feminista. En una entrevista con ACI Prensa, la senadora afirmó que Bad Bunny es “no un fenómeno musical, sino un fenómeno político dentro de la cultura”, cuyo “claro matiz woke” lo ha convertido en un “referente de la izquierda cultural”.
Rodríguez-Veve señaló los vastos intereses económicos que rodean al artista, ironizando sobre cómo el “hijo predilecto del capitalismo” se ha erigido en “nuevo ídolo de la izquierda política”, evidenciando una aparente contradicción. Si bien reconoció “incuestionables conquistas” como los Grammys y su participación en el Super Bowl, la senadora cuestionó la tendencia a medir el valor solo por el éxito. “¿Éxito diciendo qué? ¿Éxito promoviendo qué? ¿Éxito exhibiendo qué? No, no todo éxito tiene valor”, sentenció.
Como mujer puertorriqueña, Rodríguez-Veve expresó no sentirse representada “por persona alguna que cosifique a la mujer y nos muestre al mundo como animales en un bacanal”. Para ella, ondear la bandera de Puerto Rico o abordar ciertos temas no es suficiente, pues la “puertorriqueñidad” trasciende estos elementos, abarcando “la elegancia del jíbaro, la madre que da a luz a la Patria, la familia esforzada, los niños que esperan a los Reyes y las rodillas dobladas ante Dios”.
**Entre la “Comida Chatarra” y el Arte Elevado**
El P. Arroyo profundizó su crítica al comparar el espectáculo de Bad Bunny con la reciente inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno Milán Cortina 2026, donde actuaciones de artistas como Andrea Bocelli y Laura Pausini ofrecieron un “gran nivel humano y cultural”, con un nivel artístico “infinitamente superior” a lo que consideró la música de Bad Bunny, calificándola de “basura”. Lamentó que, a pesar de la calidad, el show olímpico fuera visto por solo 21 millones de personas, en contraste con los 128.2 millones del Super Bowl, sugiriendo una preferencia por “comida chatarra” espiritual. Concluyó instando a educar a los niños a “discernir” críticamente los mensajes que reciben, comprendiendo sus intenciones subyacentes.
El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, con Bad Bunny al frente, se erige así como un hito controversial que encapsula las tensiones culturales, políticas y éticas de nuestra era, provocando un diálogo ineludible sobre el papel del arte en la sociedad y los valores que elegimos celebrar en los escenarios más grandes del mundo.




