25 julio, 2026

La obra de Luis Fernando Calvo, director ejecutivo del Instituto Tomás Moro, ilumina las profundas reflexiones de Juan Pablo II sobre el sistema capitalista, un tema central en la doctrina social de la Iglesia. Su reciente libro, “Juan Pablo II: Amigo del Hombre. El capitalismo en el pensamiento de un santo”, presentado el pasado 7 de julio, ofrece una lectura detallada del pensamiento económico del Pontífice polaco, enfatizando su postura crítica pero matizada, siempre con la dignidad de la persona humana como eje irrenunciable.

Según Calvo, la visión de San Juan Pablo II sobre el capitalismo no se encasillaba en una aprobación o un rechazo absolutos. Más bien, su análisis proponía un marco ético donde la persona se situara en el centro de toda actividad económica. Este enfoque se articuló de manera prominente en la encíclica *Centesimus Annus*, publicada en 1991, un documento clave que marcó el centenario de la pionera *Rerum Novarum* del Papa León XIII y ofreció una respuesta de la Iglesia a los desafíos de un mundo post-Guerra Fría, tras la caída de los regímenes comunistas.

**Una postura crítica pero constructiva**

El Pontífice Juan Pablo II, como señala Calvo, no dudó en ser crítico con ciertos aspectos del capitalismo. Sin embargo, su aproximación no fue una condena sin paliativos, sino una distinción cuidadosa. El Santo Padre reconocía y valoraba instituciones y principios inherentes a una economía de mercado funcional, como la libertad de iniciativa y de emprendimiento, la libre circulación de bienes y servicios, y el derecho fundamental a la propiedad privada. Estos elementos, vistos desde una perspectiva cristiana, pueden ser vehículos para el desarrollo humano y la prosperidad.

No obstante, esta valoración venía acompañada de una condición ineludible: la propiedad privada, y cualquier otra institución económica, debía estar siempre sujeta al principio del destino universal de los bienes. Este principio, piedra angular de la doctrina social católica, sostiene que los bienes de la tierra están destinados al beneficio de toda la humanidad, y que la propiedad individual es un medio para alcanzar este fin, no un derecho absoluto que pueda ignorar las necesidades de los demás.

Calvo subraya que la aceptación del capitalismo por parte de Juan Pablo II era, por tanto, “condicionada”. El sistema solo sería aceptable y moralmente justificable si demostraba ser capaz de responder eficazmente a problemas estructurales y éticos profundos. Entre estos desafíos, el Santo Padre identificaba la creciente desigualdad, el consumismo desmedido que reduce a la persona a un mero objeto de deseo, el afán insaciable de lucro que puede llevar a la explotación y la injusticia, y el deterioro ecológico provocado por modelos productivos insostenibles. Para el Pontífice, un sistema económico que no atienda estas realidades y que no ponga la dignidad humana y el bien común en primer lugar, carece de legitimidad ética plena.

**”Amigo del Hombre”: la centralidad de la dignidad humana**

El título del libro, “Juan Pablo II: Amigo del Hombre”, no es casual. Según Calvo, encapsula la esencia misma del pensamiento de San Juan Pablo II y de su extenso pontificado. La defensa incondicional de la dignidad de la persona fue el hilo conductor de toda su obra y acción pastoral. Desde su experiencia personal bajo regímenes totalitarios, Juan Pablo II comprendió profundamente cómo los sistemas que deshumanizan o instrumentalizan al individuo socavan los cimientos de una sociedad justa.

Su pensamiento social se forjó en la convicción de que el ser humano es el principio, el sujeto y el fin de toda actividad social y económica. Por ello, el Papa se opuso firmemente a cualquier ideología o sistema que tratara a las personas como meros recursos productivos, consumidores pasivos o engranajes anónimos de una estructura económica impersonal. La persona, en su integralidad, con sus dimensiones materiales y espirituales, su vocación y su trascendencia, debía ser siempre el centro de atención.

**El falso dilema entre Estado y mercado**

Luis Fernando Calvo también aborda un debate persistente, especialmente relevante en el contexto latinoamericano: la dicotomía entre el intervencionismo estatal y la desregulación del mercado. El experto sostiene que plantear esta relación como una confrontación irreconciliable es un error fundamental. Para Juan Pablo II y la doctrina social de la Iglesia, ni el Estado ni el mercado son fines en sí mismos, sino herramientas al servicio de la persona y la sociedad.

Calvo propone trascender esta polarización. Tanto el Estado, con su función reguladora y protectora, como el mercado, con su capacidad generadora de riqueza y oportunidades, deben operar en una relación de subsidiariedad y complementariedad. Su objetivo principal debe ser crear un entorno propicio para que las personas, las familias y las comunidades puedan desarrollar plenamente sus capacidades, organizar sus vidas de la mejor manera posible y contribuir activamente al bien común. La clave no reside en la hegemonía de uno sobre el otro, sino en su capacidad conjunta para promover una verdadera ecología humana y un desarrollo integral.

El análisis que ofrece Calvo en su libro es un recurso valioso para comprender la riqueza y la complejidad del pensamiento de San Juan Pablo II. Su visión invita a una relectura crítica de los modelos económicos actuales, instando a trascender simplificaciones ideológicas y a buscar caminos que, arraigados en la ética y la inalienable dignidad humana, conduzcan a la construcción de sociedades más justas, equitativas y solidarias.

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