24 marzo, 2026

Ciudad de Guatemala fue escenario, como cada año, de una profunda reflexión sobre la difícil realidad de la migración. El pasado 20 de marzo, diversas organizaciones católicas se unieron para llevar a cabo el “Vía Crucis Migrante”, una jornada que busca visibilizar y honrar el sufrimiento de millones de personas que se ven forzadas a dejar sus hogares. La iniciativa, arraigada en la tradición del calvario de Cristo, trasciende el ámbito religioso para convertirse en un potente llamado a la acción social y la defensa de los derechos humanos de quienes transitan por caminos de incertidumbre.

Este evento anual es impulsado principalmente por la Pastoral de Movilidad Humana de la Conferencia del Episcopado Guatemalteco (CEG), en colaboración con una red consolidada de entidades dedicadas al acompañamiento de migrantes y refugiados. Entre los participantes se encuentran la Red Jesuita con Migrantes, la Casa del Migrante Scalabrini, la Red Franciscana para Migrantes y las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús (Cabrini), quienes día a día brindan asistencia y apoyo a esta población vulnerable en Guatemala, un país que es a la vez origen, tránsito y destino de flujos migratorios.

La esencia del “Vía Crucis Migrante” radica en establecer un paralelismo entre el camino de Jesús hacia la crucifixión y las penurias que enfrentan hoy en día las personas migrantes, deportadas, refugiadas y desplazadas. Durante la actividad, realizada en el emblemático Parque Central de la capital guatemalteca, se leyó un comunicado que recordaba el significado espiritual del Vía Crucis como la contemplación de la misión redentora de Jesús. Las organizaciones subrayaron que, en la actualidad, ese mismo sendero se manifiesta en las experiencias de quienes, por diversas razones, se ven obligados a abandonar sus comunidades, a menudo enfrentando “dolor, incertidumbre, violencia y exclusión” a lo largo de sus trayectorias.

La jornada sirvió para invitar a los asistentes y a la sociedad en general a “reconocer el rostro de Cristo en cada persona migrante, refugiada, retornada o desplazada que carga su propia cruz en medio de la incertidumbre”. Este mensaje central no solo enfatiza una visión de fe, sino que también subraya la necesidad de una profunda empatía y solidaridad. Los organizadores destacaron que “acompañar sus pasos, defender su dignidad y sostener su esperanza es también recorrer con ellas y ellos el camino de la cruz que conduce a la vida y a la Resurrección”, transformando la contemplación religiosa en un compromiso tangible con la justicia social.

Más allá del simbolismo, el “Vía Crucis Migrante” culminó con una serie de peticiones concretas dirigidas a diversos actores sociales y gubernamentales. Un llamado prioritario fue la construcción de un “compromiso auténtico” entre todos los sectores de la sociedad guatemalteca. Este compromiso, según el comunicado, debe materializarse en una respuesta “con humanidad y corresponsabilidad” ante el clamor y el sufrimiento que caracteriza la vida de las personas migrantes. La crisis migratoria, con sus múltiples facetas, exige una respuesta coordinada y compasiva que involucre a gobiernos, sociedad civil y comunidades.

Una de las demandas más específicas se centró en la evaluación de la capacidad del Estado guatemalteco para atender adecuadamente a los migrantes retornados, especialmente aquellos que son deportados desde Estados Unidos. Las organizaciones católicas advirtieron que el país carece actualmente de la “capacidad institucional, presupuestaria y operativa suficiente para garantizar condiciones acordes con los estándares constitucionales y convencionales en materia de derechos humanos”. Esta deficiencia se traduce en una vulneración de los derechos fundamentales de los retornados, quienes a menudo llegan en situaciones de extrema vulnerabilidad y sin los recursos necesarios para una reinserción digna.

En línea con esta preocupación, se instó al Estado a implementar acciones que favorezcan la “reinserción social, económica y comunitaria” de los deportados. El objetivo es que estas personas puedan “reconstruir su proyecto de vida con esperanza” tras las difíciles experiencias vividas durante su migración y posterior retorno. La falta de programas de reintegración efectivos perpetúa ciclos de pobreza y desesperanza, empujando a muchos a intentar la migración nuevamente.

Finalmente, una interpelación directa se dirigió a las propias comunidades religiosas. Se les convocó a “renovar con valentía evangélica la práctica de la hospitalidad, la acogida y la integración de las personas migrantes”. Este llamado es particularmente relevante en el contexto de la migración actual, que se caracteriza por su dinamismo y complejidad, exigiendo de las instituciones de fe una respuesta adaptada y proactiva. La hospitalidad, un pilar de muchas tradiciones religiosas, es vista como una herramienta fundamental para humanizar la experiencia migratoria.

A través del comunicado emitido, las organizaciones participantes reafirmaron su compromiso pastoral y social inquebrantable. Inspiradas por los valores del Evangelio y la defensa irrenunciable de la dignidad humana, estas entidades continúan dedicando sus esfuerzos a “acompañar, servir y defender” a las personas migrantes en todas las etapas de su travesía. El “Vía Crucis Migrante” en Guatemala no es solo un evento; es un faro de conciencia y un recordatorio anual de que la solidaridad y la justicia deben prevalecer en la gestión de uno de los fenómenos humanos más complejos de nuestro tiempo.

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