En una esclarecedora Audiencia General celebrada este miércoles en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV ofreció una profunda reflexión sobre la esencia de la Iglesia, distanciándose de una visión meramente terrenal o administrativa. Su Santidad subrayó que la comprensión de la Iglesia trasciende las meras dimensiones humanas o institucionales, revelándose como el “fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”. Esta afirmación, de gran calado teológico, fue acompañada de una importante aclaración: la naturaleza divina de la Iglesia no implica una “superioridad espiritual” inherente a sus miembros.
El Sumo Pontífice, continuando su ciclo de catequesis, se basó en la Constitución dogmática *Lumen Gentium*, uno de los pilares del Concilio Vaticano II. Este documento fundamental describe a la Iglesia como una “realidad compleja”, concepto que León XIV se encargó de clarificar. Lejos de ser “complicada” o de difícil aprehensión, esta complejidad, según explicó, reside en la “unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad”, destacando la armonía entre lo humano y lo divino que la constituyen.
**La Iglesia como Organismo Vívido: Entrelazando lo Humano y lo Divino**
León XIV describió a la Iglesia como un “organismo bien compaginado” donde convergen y coexisten la dimensión humana y la divina. Ambas, afirmó, se manifiestan “sin separación y sin confusión”. La faceta humana de la Iglesia es palpable y cercana: se compone de una comunidad de hombres y mujeres, cada uno con sus virtudes y sus defectos. Estos individuos, en su peregrinar diario, comparten tanto las alegrías como los desafíos de anunciar el Evangelio, convirtiéndose en un “signo viviente de la presencia de Cristo” que acompaña a la humanidad en su camino.
Sin embargo, el Santo Padre enfatizó que esta descripción, por sí sola, es incompleta. La Iglesia posee una dimensión divina que la define y la eleva. Esta divinidad, insistió, no se traduce en una perfección utópica o en una presunta superioridad moral de sus integrantes. Más bien, su carácter divino emana del hecho ineludible de que la Iglesia es la encarnación del “plan de amor de Dios por la humanidad”, un designio eterno que encuentra su plenitud en la persona de Cristo.
“A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia”, exhortó el Papa. Al observar la Iglesia con detenimiento, se revela su dimensión humana, constituida por “personas concretas” que, en ocasiones, reflejan la belleza intrínseca del Evangelio, y en otras, experimentan el cansancio o cometen errores, como cualquier ser humano. A pesar de estas limitaciones y a través de sus aspectos más terrenales y a menudo frágiles, “se manifiesta la presencia de Cristo y su acción salvadora”, aseguró León XIV, desvelando la profunda paradoja que constituye la Iglesia.
**Comunidad Terrena y Cuerpo Místico: Una Paradoja Fecunda**
De esta manera, el Papa León XIV clarificó que la Iglesia es simultáneamente una “comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual”. Ambas dimensiones, explicó, se entrelazan de forma “armoniosa”, evitando que una eclipse a la otra. Este equilibrio genera una “paradoja fecunda”: la Iglesia se presenta como una “realidad a la vez humana y divina”, capaz de acoger al pecador y, a través de esa acogida, guiarlo hacia Dios.
Para ilustrar esta compleja condición, el Pontífice invitó a los fieles a contemplar la vida de Jesús. Recordó cómo aquellos que se encontraban con Cristo experimentaban su humanidad de forma concreta: sus ojos, sus manos, el sonido inconfundible de su voz. No obstante, a través de esa carne visible, se abría la puerta al “encuentro con Dios”. La humanidad de Cristo —su rostro, sus gestos, sus palabras— se convertía en la manifestación visible del Dios invisible. Así, la presencia de Cristo y su poder salvador se hacen patentes precisamente a través de la fragilidad y los límites de sus miembros.
**La Santidad de la Iglesia: Entre el Evangelio y la Fragilidad Humana**
En esta misma línea de pensamiento, León XIV recordó las palabras de Benedicto XVI, quien afirmaba la inexistencia de una oposición real entre el Evangelio y la institución eclesial. Las estructuras de la Iglesia, lejos de ser un obstáculo, sirven como medio para la “realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo”, permitiendo que su mensaje universal resuene en cada época y cultura.
El Papa León XIV enfatizó que la santidad de la Iglesia no se asienta en la impecabilidad de sus miembros, sino en la inquebrantable verdad de que “Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad” humana. Este “perenne milagro”, como lo calificó, revela el “método de Dios”, que elige manifestarse y actuar visiblemente a través de la debilidad de sus criaturas.
Asimismo, el Pontífice evocó la exhortación apostólica *Evangelii Gaudium* del Papa Francisco, la cual invita a “quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro”. León XIV subrayó que la edificación de la Iglesia va mucho más allá de su organización visible. Implica la construcción de un “edificio espiritual”, que es el cuerpo de Cristo, mediante la práctica de la “comunión y la caridad”. En este punto, citó a San Agustín para recordar la primacía de la caridad como el corazón mismo de la vida eclesial: “Quiera el cielo que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás”.
Al concluir su catequesis, el Papa León XIV dirigió un saludo a los fieles congregados, recordándoles que la Cuaresma es un tiempo propicio para “reconocer a Cristo como la esperanza suprema del hombre”. Animó a los jóvenes a “influir positivamente en los distintos ámbitos de la vida” con su fe y energía. Finalmente, instó a los recién casados a descubrir y valorar la “oración en la iglesia doméstica” que han formado, reafirmando el papel central de la fe en la vida familiar.



