6 marzo, 2026

El Obispo de San Ignacio de Velasco, Mons. Robert Flock, ha ofrecido una profunda reflexión sobre la diversidad de las capacidades cognitivas humanas, destacando la “inteligencia espiritual” como la vía fundamental hacia una sabiduría genuina y la armonización de todas las demás facultades. El prelado boliviano subrayó la necesidad de reorientar el enfoque educativo, especialmente en la niñez y juventud del país, hacia el desarrollo integral de estas inteligencias, en lugar de aferrarse a métodos obsoletos. Su visión busca inspirar una formación más completa y arraigada en principios trascendentes.

Mons. Flock rememoró cómo, durante su juventud, la inteligencia era predominantemente evaluada a través de métricas relacionadas con habilidades lógico-matemáticas y lingüísticas. Esta concepción limitada, centrada en el coeficiente intelectual (CI), dominó el paradigma educativo y social por décadas, priorizando el razonamiento deductivo y la expresión verbal. Sin embargo, su incursión en el ámbito universitario le reveló la existencia de una dimensión más amplia: la inteligencia emocional. Esta capacidad, que permite a los individuos comprender, gestionar y utilizar tanto sus propias emociones como las ajenas, marcó un hito en la comprensión del desarrollo personal y social, revelando que el éxito y el bienestar no dependen únicamente de la lógica o el lenguaje.

El obispo amplió su análisis citando al psicólogo Howard Gardner, cuyo modelo de las “inteligencias múltiples” revolucionó la manera en que se concibe el intelecto humano. Gardner propuso que la inteligencia no es una entidad singular, sino un conjunto de capacidades distintas e interrelacionadas, cada una valiosa en su propio derecho. Entre ellas se incluyen la lingüístico-verbal, esencial para la comunicación; la lógico-matemática, para el razonamiento; la visual-espacial, para la percepción del entorno; la musical-auditiva, para la expresión rítmica; la corporal-kinestésica, para el control del movimiento; la interpersonal, para la interacción social; la intrapersonal, para el autoconocimiento; la naturalista, para la comprensión del entorno; la emocional, ya mencionada; la existencial, para la reflexión sobre el sentido de la vida; la creativa, para la innovación; y la colaborativa, para el trabajo en equipo. Este enfoque holístico reconoce la riqueza de los talentos humanos y la multiplicidad de caminos hacia el aprendizaje y la excelencia.

En este contexto de diversas capacidades humanas, Mons. Flock hizo una distinción crucial: la inteligencia artificial (IA). Aclaró que, si bien la IA es una herramienta tecnológica cada vez más influyente y en auge, especialmente en la búsqueda, procesamiento y generación de información, no debe confundirse con una capacidad inherente al ser humano. La IA representa un avance informático de enormes proporciones que puede complementar o potenciar ciertas tareas, pero su naturaleza es la de un instrumento sofisticado, no la de una forma de conciencia o intelecto humano en el sentido biológico y espiritual. Su existencia subraya la necesidad de que los humanos definan y fortalezcan lo que les es propio.

Ante este panorama de inteligencias diversas, el obispo Flock instó a que el sistema educativo en Bolivia reconsidere sus prioridades. En lugar de persistir en “ideologías y metodologías caducas” que no responden a las necesidades actuales de los estudiantes, propuso un enfoque que capitalice el uso positivo de estas variadas inteligencias humanas. Este cambio permitiría preparar a las nuevas generaciones no solo con conocimientos académicos, sino también con habilidades prácticas, sociales y personales fundamentales para enfrentar los desafíos de un mundo en constante evolución. La integración de la IA como herramienta de apoyo, junto con el fomento de la creatividad, el pensamiento crítico y la colaboración, podría potenciar significativamente el aprendizaje y la formación de ciudadanos más completos.

**La inteligencia espiritual: El fundamento de la sabiduría y el propósito**

No obstante, en el centro de su disertación, Mons. Flock enfatizó la ausencia de un tipo de inteligencia que, a su juicio, trasciende a todas las demás: la inteligencia espiritual. Aunque a primera vista podría confundirse con la inteligencia existencial –que se define como la meditación sobre el sentido de la vida y la muerte–, el obispo aclaró que la espiritual va mucho más allá de una mera comprensión filosófica o una búsqueda intelectual de significado. La inteligencia espiritual, según su explicación, representa una “sintonía profunda con Dios”, un acceso a una dimensión trascendente que dota de sentido a la existencia humana en su totalidad.

Esta inteligencia es, para el obispo, la única que permite al ser humano trascender una comprensión superficial de los fenómenos para alcanzar la verdadera sabiduría. Actúa como un eje unificador y armonizador para todas las demás inteligencias, asegurando que sean empleadas de manera sana y constructiva. Sin la guía de la inteligencia espiritual, otras capacidades, por brillantes que sean en sus respectivos campos, corren el riesgo de ser mal dirigidas, utilizadas con fines egoístas o de carecer de un propósito elevado y ético. Es el principio que dota de coherencia, dirección moral y un sentido de trascendencia al resto de las facultades humanas.

Mons. Flock citó a Jesucristo como el ejemplo supremo de esta inteligencia espiritual. Afirmó que “todas las frases del Padrenuestro están emanadas de la inteligencia espiritual de Jesucristo, como también sus parábolas y demás enseñanzas, sus milagros y su entrega final”. Jesús, en su persona, manifestó de manera ejemplar todas las inteligencias humanas –lingüística, interpersonal, emocional, etc.–, exceptuando la artificial, que no le era necesaria. Su vida y obra son la máxima expresión de una inteligencia conectada directamente con lo divino, una fuente inagotable de sabiduría, amor incondicional y un entendimiento profundo de la condición humana.

El acceso a esta inteligencia espiritual, explicó el obispo, no es una capacidad innata que se hereda, sino un don que se recibe a través del Espíritu Santo. Para aquellos que anhelan esta conexión profunda y transformadora, el camino implica una apertura del corazón y una actitud de disposición. El prelado planteó una interrogante directa y desafiante: “¿Cómo puedes recibirlo si andas con el corazón duro y resentido?”. La respuesta, inspirada en las enseñanzas de Jesús, es sencilla pero poderosa: pedirlo con insistencia y fe. “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”, recordó, citando las palabras del Señor para enfatizar la generosidad divina.

Finalmente, Mons. Flock rememoró el momento crucial en que Jesús resucitado “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras” a sus discípulos. Este acto no fue solo una iluminación intelectual, sino la concesión de un don que les permitió no solo descifrar los textos sagrados, sino establecer una comunicación constante y profunda con Dios. Esta capacidad de discernimiento espiritual, lejos de ser una fantasía o un “opio para los pueblos”, como algunos detractores argumentaron en el pasado, es una “vida en abundancia”. En este sentido, el obispo concluyó su reflexión, vinculando la búsqueda de esta inteligencia espiritual con el propósito de la Cuaresma, un tiempo de introspección, conversión y renovación espiritual para la Iglesia. La Cuaresma se presenta así como una oportunidad propicia para cultivar esta inteligencia esencial, que promete una existencia más plena y con un profundo sentido de propósito.

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