En su tradicional encuentro dominical con los fieles, el Pontífice ofreció una profunda reflexión sobre la necesidad de cultivar una “fe despierta”, instando a los creyentes a ser portadores de la luz del Evangelio en medio de las complejas realidades de injusticia, violencia y sufrimiento que asolan el panorama global contemporáneo. La exhortación, pronunciada durante el rezo del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico, congregó a miles de peregrinos en la histórica Plaza de San Pedro, quienes escucharon atentamente el mensaje papal.
La meditación del Santo Padre se centró en el significativo pasaje evangélico de la curación del ciego de nacimiento, narrado en el Evangelio de Juan (9,1-41). Este episodio, lejos de ser un mero relato milagroso, fue presentado por el Papa como una alegoría potente sobre el “misterio de la salvación” y el rol transformador de la fe. “Mientras la humanidad transitaba por la oscuridad, Dios, en su infinita misericordia, envió a su Hijo como la luz del mundo para abrir los ojos de los que no podían ver y para iluminar nuestra existencia”, afirmó el Pontífice, destacando la dimensión redentora de la encarnación de Cristo.
**Una fe que no rehúye la razón**
Uno de los puntos clave de su alocución fue la desmitificación de la fe cristiana como un “acto ciego” o una “renuncia a la razón”. El Pontífice desafió la percepción errónea de que la convicción religiosa implica desviar la mirada de las realidades terrenales. Por el contrario, enfatizó que “la fe nos capacita para observar el mundo desde la perspectiva de Jesús, a través de sus propios ojos”.
Esta visión, según explicó, constituye una “participación en su particular modo de ver”, una idea que resuena con fuerza en la encíclica *Lumen Fidei* del Papa Francisco, la cual aborda precisamente la relación intrínseca entre la luz de la fe y la capacidad de comprensión del ser humano. “Por ello, se nos pide que abramos nuestros ojos, tal como Él lo hizo, prestando especial atención a los padecimientos ajenos y a las heridas que marcan nuestro mundo”, insistió el obispo de Roma.
Es notable, como el Pontífice recordó, que durante siglos y aún hoy, ha persistido la idea de que la fe es una especie de “salto al vacío”, una abdicación del pensamiento crítico. No obstante, el Evangelio ofrece una narrativa diferente: “Nos enseña que al entrar en contacto con Cristo, nuestros ojos se abren a una nueva realidad”. Esta apertura no es meramente física, sino una expansión de la percepción espiritual e intelectual.
El Papa también hizo hincapié en las profecías del Antiguo Testamento que anunciaban al Mesías como aquel que devolvería la vista a los ciegos, una promesa que se cumple plenamente en la figura de Jesús. Esta conexión subraya la continuidad entre las antiguas expectativas y la realización de la salvación en Cristo.
**Compromiso activo frente a las oscuridades del mundo**
El relato evangélico, tal como lo interpretó el Pontífice, no es solo una invitación a contemplar el mundo con los ojos de Cristo, sino también un llamado perentorio a abandonar la indiferencia ante el sufrimiento humano. Ante las “numerosas interrogantes que alberga el corazón humano y las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y dolor que caracterizan nuestra era”, el Santo Padre enfatizó la urgencia de una “fe despierta, atenta y profética”.
Una fe de estas características no solo “abre los ojos ante las sombras del mundo”, sino que también se compromete a “llevar allí la luz del Evangelio” a través de un “esfuerzo tangible por la paz, la justicia y la solidaridad”. Esto implica una acción concreta y transformadora en todos los ámbitos de la sociedad, buscando mitigar el dolor y construir un futuro más equitativo.
**Un cristianismo de “ojos bien abiertos”**
El Pontífice profundizó en la idea de que, en cierto sentido, todos los seres humanos nacen con una “ceguera” intrínseca, incapaces por sí mismos de aprehender en su totalidad el vasto misterio de la vida. En este contexto, la encarnación de Dios en Jesús adquiere un significado trascendental. “Dios se hizo carne en Jesús para que el barro de nuestra humanidad, moldeado con el aliento de su gracia, recibiera una nueva luz, capacitándonos para ver finalmente a Dios, a nuestros semejantes y a nosotros mismos en la verdad más plena”, explicó.
Al concluir su significativa reflexión, el Papa exhortó a los fieles a abrazar un cristianismo que no se esconda de la realidad, sino que la enfrente “con sencillez y valentía”. “Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos convocados a vivir un cristianismo de ojos abiertos”, finalizó, instando a todos a traducir su fe en un compromiso activo y consciente con el mundo que los rodea. El mensaje del Pontífice resuena como un recordatorio de que la fe verdadera no es pasividad, sino una fuerza dinámica para la transformación y la esperanza en un mundo sediento de luz y verdad.






