Ecuador se conmovió profundamente con la noticia de un acto heroico de sacrificio pastoral que culminó en la pérdida de dos vidas dedicadas al servicio: el Padre Alfonso Avilés Pérez y el Padre Pedro Anzoátegui. Ambos presbíteros perdieron la vida el 13 de marzo, intentando rescatar a dos monaguillos de morir ahogados en una playa cercana a Guayaquil. Su entrega final, un testimonio conmovedor de amor y deber, resonó en todo el país y fue el eje de una emotiva despedida en la Diócesis de Daule.
El trágico suceso ocurrió durante un retiro para monaguillos, una actividad habitual de verano organizada por el Padre Avilés en un centro de formación que su comunidad religiosa posee cerca de la localidad de Playas, Guayaquil. En un instante de peligro, cuando dos jóvenes se vieron superados por las corrientes marinas, los sacerdotes no dudaron en lanzarse al rescate. En su valiente intento por proteger a los menores, los Padres Avilés y Anzoátegui sucumbieron ante las aguas, ofreciendo sus propias existencias para salvaguardar la de sus jóvenes feligreses.
La Misa de exequias para el Padre Alfonso Avilés, celebrada el sábado 14 de marzo en la Parroquia San Alberto Magno, en Guayaquil, se convirtió en un acto de fe multitudinario. La iglesia, abarrotada de fieles, dignatarios eclesiásticos y miembros de la comunidad, era un reflejo del profundo impacto que el Padre Avilés había tenido en sus vidas. Entre los presentes se encontraban el Cardenal Luis Cabrera, quien presidió la Eucaristía, y el Obispo de Daule, Monseñor Cristóbal Kudławiec.
Durante su homilía, el Cardenal Cabrera abordó la complejidad de la muerte, especialmente cuando esta se presenta de forma tan inesperada y cargada de amor. “La muerte siempre nos enfrenta con el misterio más profundo de la vida”, reflexionó el Cardenal, destacando que el dolor por la partida del Padre Avilés se mezclaba con una “profunda admiración”. El purpurado hizo un paralelismo entre la acción del sacerdote y la figura bíblica del Buen Pastor, citando el Evangelio: “Yo soy el buen pastor y el buen pastor da la vida por las ovejas”. Subrayó que la reacción del Padre Avilés no fue un cálculo de riesgo, sino la respuesta instintiva de un pastor que ve a su rebaño en peligro, recordando las palabras de Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. La muerte del Padre Avilés, aunque dolorosa, “revela la grandeza de su corazón pastoral” y confiere un significado trascendente a su vida, que culminó en un acto de amor supremo. El Cardenal animó a la congregación a recordar que la verdadera grandeza reside en vivir para los demás.
Previamente, el Padre Lope Pascual, superior y confesor del Padre Avilés por once años en la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, compartió una frase que el presbítero solía repetir: “Cupio dissolvi et esse cum Christo”, que se traduce como “Deseo morir y estar con Cristo”. El Padre Pascual expresó su gratitud a los asistentes, sugiriendo que, en efecto, Dios le había concedido a su hermano sacerdote este anhelo espiritual.
Ximena Izquierdo, gerente para Latinoamérica y España de Amigos Misioneros de EWTN, y quien consideraba al Padre Avilés un “padre espiritual” para ella y su familia durante 23 años, ofreció un conmovedor testimonio sobre su personalidad. Lo describió como un hombre profundamente espiritual, pero también de una “acción impresionante”, combinando la contemplación y la adoración con una vigorosa guía para su “grey”. Entre sus obras destacadas, Izquierdo mencionó la fundación de “Familia Futuro” en 2005, una iniciativa clave en la lucha provida en Ecuador. También fundó la primera capilla de adoración perpetua en Guayaquil, en la Parroquia Santa Teresita, y posteriormente otra en San Alberto Magno, parroquia que transformó de una “iglesia chiquita” en un templo que ahora “parece una catedral”. Su alegría inquebrantable y su firmeza caracterizaron su ministerio.
Monseñor Cristóbal Kudławiec, Obispo de la recién erigida Diócesis de Daule, agradeció al Padre Avilés por su “entrega total al sacerdocio” y por su fervorosa dedicación a la diócesis. Reconoció su entusiasmo por la nueva jurisdicción eclesiástica y su plena integración en diversas labores pastorales. El obispo instó a los fieles a no percibir la pérdida de su pastor, sino a considerarlo una presencia continua, exhortándolos a seguir su ejemplo y a orar por su alma, prometiendo que continuarían su obra.
El último adiós al Padre Avilés estuvo marcado por una impresionante demostración de afecto popular. Tras la Misa, un extenso cortejo fúnebre, acompañado por innumerables fieles, recorrió las calles. Un emotivo homenaje fue ofrecido por los bomberos, quienes crearon un arco de agua con sus mangueras sobre la carroza fúnebre, un gesto simbólico de respeto. Los restos del Padre Alfonso Avilés, junto con los del Padre Pedro Anzoátegui, fueron sepultados en el Panteón Metropolitano de Guayaquil, sus tumbas ubicadas a poca distancia una de la otra, sellando para siempre su unión en el sacrificio y la fe. El legado de estos sacerdotes, marcado por su heroísmo y su profunda vocación de servicio, perdura como un faro de inspiración para la Iglesia y la sociedad ecuatoriana.




