En un enérgico mensaje pronunciado desde la Catedral Metropolitana de Asunción, el Cardenal Adalberto Martínez Flores, Arzobispo de la capital paraguaya, hizo un llamado apremiante a la reconciliación y a la purificación moral, instando a la sociedad a despojarse del “mal olor” de la corrupción y a abrazar el camino de la paz. Su homilía, ofrecida durante el quinto domingo de Cuaresma, se centró en la profunda reflexión sobre el Evangelio de Lázaro, utilizando el relato bíblico para iluminar las realidades contemporáneas del sufrimiento humano y la descomposición social.
El purpurado inició su disertación evocando la emotiva escena de Jesús llorando por su amigo Lázaro, expandiendo este gesto divino a una expresión de dolor por la humanidad entera. “Las lágrimas de Jesús”, explicó el Cardenal Martínez, “revelan un Dios cercano, que no permanece indiferente ante el sufrimiento, sino que se sumerge en él y lo comparte”. Esta imagen de un Cristo compasivo sirvió como puente para conectar el relato evangélico con las tragedias que marcan el presente global.
El Arzobispo de Asunción subrayó que estas lágrimas divinas se mezclan hoy con el lamento de innumerables personas alrededor del mundo. Hizo referencia explícita al dolor de madres y padres que han perdido a sus hijos en conflictos bélicos, a la desintegración familiar y a las comunidades devastadas por la violencia. Con una voz cargada de empatía, el Cardenal Martínez lamentó las “escenas desgarradoras: cuerpos envueltos en sábanas, gritos de dolor, lágrimas inconsolables”, reconociendo en ellas el eco de la aflicción de Marta y María ante la muerte de Lázaro.
En un contexto de conflictos persistentes, como la “guerra en curso en el Medio Oriente”, el líder eclesiástico extendió su preocupación por las “miles de víctimas”, incluyendo niños huérfanos y familias enteras que han perdido a sus seres queridos bajo los escombros de la violencia. La tragedia humana que se vive en diversas latitudes, con su estela de muerte y desolación, fue presentada como un reflejo contemporáneo de la descomposición y el sufrimiento que Jesús presenció y compartió. Este énfasis en la dimensión global del dolor humano resaltó la urgencia de la solidaridad y la búsqueda de soluciones pacíficas.
Retomando la narrativa de Lázaro, el Cardenal Martínez profundizó en la metáfora del “mal olor” que desprendía el cuerpo inerte del resucitado. Aludiendo a la objeción de Marta a que se abriera el sepulcro, “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”, el purpurado comparó esta descomposición física con la “descomposición interior” generada por el pecado en el corazón humano y en la sociedad. La descomposición, explicó, es la pérdida de la armonía, la unidad y el orden para el cual la creación fue concebida.
Esta descomposición espiritual y moral, argumentó el Cardenal Martínez, se manifiesta en la corrupción, el egoísmo y la violencia. Así como un cuerpo en putrefacción emana un hedor insoportable, un corazón dominado por estos males “puede oler mal”, afectando no solo al individuo, sino contaminando y “hiriendo el tejido social”. Esta corrupción interior, advirtió el Arzobispo de Asunción, “contagia, se expande, destruye relaciones y genera estructuras de muerte”, minando los cimientos de la convivencia y la justicia social en Paraguay y más allá.
Sin embargo, el mensaje del Cardenal no se detuvo en la denuncia de la decadencia. Con un tono de esperanza característico del tiempo litúrgico de Cuaresma, recordó que “incluso esos corazones que parecen cerrados, que están como sepultados bajo piedras pesadas, pueden ser sanados”. La clave reside en permitir que la gracia divina penetre en lo más profundo de la existencia, posibilitando una transformación radical.
La voz de Jesús, según el Cardenal Adalberto Martínez, es la “voz que llama a la vida, la voz que rompe la muerte, la voz que devuelve la dignidad”. Esta llamada no es solo individual, sino que interpela a la comunidad a actuar. Nos exhorta a “ayudarnos unos a otros, a acompañar, a sanar, a reconstruir el tejido humano herido”, a ser “instrumentos de vida en medio de tanta muerte”. Este llamado a la acción social y a la corresponsabilidad subraya la misión de la Iglesia en la promoción de la justicia y la dignidad humana.
Para concluir su emotiva homilía, el Cardenal Martínez reiteró la urgencia de la oración por la paz, con la convicción de que “la construcción del amor pueda más que la destrucción del odio y las guerras”. Expresó su anhelo de que, al escuchar la voz de Jesús, los fieles y toda la sociedad puedan “levantarse y caminar hacia la vida”, superando los desafíos morales y éticos que enfrentan. El Arzobispo de Asunción, Cardenal Adalberto Martínez, dejó un mensaje claro y poderoso para la feligresía de Paraguay: la esperanza de la resurrección no es solo para Lázaro, sino para toda la humanidad, llamada a una renovación profunda ante los desafíos de la corrupción y la violencia global.




