Saltillo, México – Una profunda consternación embarga a la comunidad católica de Saltillo, en el estado de Coahuila, tras el reciente robo de un sagrario y el Santísimo Sacramento de la histórica iglesia de San Francisco. Monseñor Hilario González García, Obispo de Saltillo, ha condenado enérgicamente este acto, calificándolo de sacrílego y advirtiendo que, conforme a las estrictas disposiciones del Código de Derecho Canónico, quien haya perpetrado este crimen ha incurrido de forma automática en la pena de excomunión.
El lamentable incidente, según detalló Mons. González García en un comunicado, tuvo lugar en la madrugada del pasado jueves 7 de mayo. Aproximadamente a las 5:30 horas, un individuo forzó la entrada al templo de San Francisco. Una vez dentro, el perpetrador sustrajo de manera indebida el sagrario, un elemento fundamental en la liturgia católica que resguardaba un viril con una sagrada forma eucarística. El viril es un objeto litúrgico, usualmente circular y elaborado en metal precioso, diseñado específicamente para contener la hostia consagrada y exhibirla en la custodia durante los momentos de adoración eucarística. Tristemente, las demás hostias consagradas que se custodiaban en el sagrario fueron halladas dispersas en el suelo, un acto que profundiza la ofensa y el dolor para los fieles. Adicionalmente, el obispo informó sobre el robo de una bocina utilizada para los servicios religiosos en la parroquia.
En el comunicado, emitido el viernes 8 de mayo, el prelado subrayó la extrema gravedad de lo ocurrido. De acuerdo con la ley que rige la Iglesia Católica, el Código de Derecho Canónico, este hecho constituye una doble y severa transgresión. Por un lado, se cataloga como una “vejación al lugar sagrado”, al profanar un espacio destinado exclusivamente al culto divino. Por otro, y de mayor trascendencia, representa un “sacrilegio contra las sagradas especies eucarísticas”, al ultrajar el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, cuya presencia real se cree en la Eucaristía, el corazón de la fe católica. La Iglesia enseña que la hostia consagrada no es solo un símbolo, sino la manifestación viva y real de Cristo, lo que eleva cualquier acto de profanación a la máxima categoría de ofensa espiritual.
La consecuencia canónica para quien haya cometido este delito, si pertenece a la Iglesia Católica, es la excomunión *latae sententiae*. Este término jurídico-eclesiástico indica que la excomunión se aplica de manera automática en el instante mismo en que se consuma el delito, sin requerir un proceso formal o un decreto explícito por parte de la autoridad eclesiástica. La excomunión se considera la pena canónica más severa dentro de la Iglesia Católica. Sin embargo, su propósito fundamental es de carácter medicinal, no meramente punitivo. Su objetivo principal es motivar al arrepentimiento al infractor por faltas gravísimas, incentivando una profunda conversión personal y su eventual regreso a la plena comunión con la Iglesia. Un individuo excomulgado queda temporalmente impedido de recibir los sacramentos y de ejercer cualquier función eclesial, con la intención de fomentar un período de introspección y enmienda.
Monseñor González García ha enfatizado que, en circunstancias de profanación de un lugar sagrado como este, el templo no puede ser empleado para la celebración de la Eucaristía ni otros sacramentos hasta que se haya realizado un acto de reparación. El obispo ha extendido una invitación a todos los fieles para unirse a este importante rito y ha designado al Padre Antonio Rodríguez Carranza, párroco de San Alfonso María de Ligorio –comunidad que atiende también la iglesia de San Francisco–, para organizar y presidir dicho acto reparador.
El titular de la diócesis de Saltillo ha lanzado un llamado urgente a la colaboración ciudadana. Instó a la población a que, en caso de localizar la hostia consagrada robada o el viril, se comuniquen de inmediato con la parroquia San Alfonso María Ligorio, proporcionando el número telefónico 844 420 6395. La recuperación de las especies eucarísticas es de primordial importancia espiritual para la diócesis y para la fe de sus miembros.
Finalmente, Mons. González García dirigió un llamado a todos los fieles y, de manera particular, a los párrocos de la diócesis, a redoblar esfuerzos en la seguridad. La recomendación es “cuidar con mayor esmero la seguridad de los lugares sagrados y lo que allí se contiene”. Esta exhortación cobra especial relevancia en un contexto donde los actos de sacrilegio y robo en templos no son, lamentablemente, hechos aislados.
Este inaceptable incidente en la iglesia de San Francisco no es el primero en la diócesis de Saltillo en tiempos recientes. Un precedente preocupante se registró el 23 de marzo de 2026, cuando la Capilla Divina Misericordia, perteneciente a la parroquia San Miguel, fue escenario de un delito similar. En aquella ocasión, también se sustrajo el sagrario y el Santísimo Sacramento en las primeras horas de la madrugada, aproximadamente a las 3:00 a.m. La reiteración de estos sucesos subraya una alarmante tendencia de vulnerabilidad en los templos y resalta la necesidad imperante de reforzar las medidas de seguridad para salvaguardar los bienes sagrados y la integridad de la fe de la comunidad.
La Iglesia, a través de sus enseñanzas universales, sostiene que la Eucaristía es el “manantial y la cumbre de toda la vida cristiana”. La veneración y el respeto por la Sagrada Eucaristía, tanto durante la celebración de la Misa como en la adoración fuera de ella, constituyen pilares fundamentales de la fe católica. Los actos de robo y profanación no solo menoscaban la propiedad material de la Iglesia, sino que representan una agresión directa a los símbolos más sagrados de la fe, generando un profundo dolor y una ofensa incalculable entre los creyentes. La diócesis de Saltillo, bajo el liderazgo de Monseñor Hilario González García, se encuentra ante el desafío de restaurar la santidad de sus espacios de culto y la seguridad de sus elementos litúrgicos, mientras simultáneamente busca la reconciliación y el arrepentimiento de los responsables. Este incidente refuerza el llamado a una mayor vigilancia y a una profunda catequesis sobre el respeto a lo sagrado en el seno de la comunidad.








