El próximo 28 de marzo, el Principado de Mónaco se prepara para una visita histórica: el Papa León XIV se convertirá en el primer Pontífice de la era moderna en pisar sus tierras en una visita apostólica. Enclavado en la deslumbrante Costa Azul, Mónaco es mundialmente reconocido por su opulencia, sus carreras de Fórmula 1 y el icónico Casino de Montecarlo. Sin embargo, bajo esta pátina de glamour y exclusividad, late un corazón profundamente arraigado en la fe católica, una herencia que no solo moldea sus leyes y cultura, sino que define la esencia misma de su monarquía y su sociedad.
Esta visita papal proyecta un foco de atención sobre un rasgo distintivo del principado: su identidad como el último estado europeo en reconocer constitucionalmente el catolicismo como su religión oficial. A diferencia de gran parte del continente, donde la separación Iglesia-Estado es la norma, la Constitución monegasca declara la “religión católica, apostólica y romana” como la religión del Estado. Esta singularidad se refleja en una población donde más del 90% de sus aproximadamente 38.000 a 39.000 habitantes se identifica como católica, en una sociedad que también se caracteriza por su notable longevidad, con una esperanza de vida entre las más altas del mundo y un tercio de sus residentes superando los 65 años.
La Casa de Grimaldi, la familia reinante, ha mantenido una profunda conexión con el catolicismo a lo largo de los siglos. El actual soberano, el Príncipe Alberto II de Mónaco, fue bautizado y educado en la fe, siguiendo los pasos de sus predecesores. Hijo del Príncipe Rainiero III y de la célebre actriz estadounidense Grace Kelly, ambos católicos devotos, el Príncipe Alberto II, de 68 años, está casado con Charlene Wittstock y es padre de los mellizos Jacques y Gabriella, quienes continúan la línea de sucesión. Es importante destacar que, si bien el príncipe tiene otros hijos reconocidos, la tradición monaguesca reserva la sucesión al trono para aquellos nacidos dentro del matrimonio.
A pesar de su fama mundial, Mónaco es un gigante en un espacio diminuto. Su extensión territorial abarca apenas unos 2 kilómetros cuadrados, haciéndolo más pequeño que el Central Park de Nueva York y el segundo estado soberano más diminuto del planeta, superado solo por la Ciudad del Vaticano. Esta geografía compacta alberga una densa población y una infraestructura de vanguardia, lo que lo consolida como una ciudad-estado soberana y un principado regido por una monarquía constitucional.
La estructura eclesiástica del Principado es tan particular como su geografía. Mónaco cuenta con una única jurisdicción, la Arquidiócesis de Mónaco, reconocida por el Libro Guinness de los Récords como la diócesis más pequeña del mundo en términos de territorio. Durante su visita, el Papa León XIV se reunirá con el Arzobispo Dominique-Marie David, un sacerdote francés que lidera esta pequeña pero vibrante comunidad católica desde 2020. A pesar de su tamaño, la arquidiócesis mantiene una vida parroquial rica, con seis parroquias y aproximadamente quince iglesias y capillas que atienden las necesidades espirituales de sus fieles. Un equipo de 29 sacerdotes en ministerio activo, que incluye incluso un exorcista oficial, el canónigo Alain Goinot, junto con 14 hermanas religiosas de cuatro comunidades diferentes, demuestran la vitalidad de la fe en el principado. No en vano, un vistazo al mapa de Mónaco revela la presencia omnipresente de iglesias en cada rincón.
Mónaco es un paraíso fiscal que atrae a millonarios y multimillonarios de todo el mundo, gracias a su próspera economía basada en el turismo de lujo, la banca y el sector inmobiliario, y a la ausencia de impuestos sobre la renta personal. Sin embargo, en medio de esta opulencia, la Iglesia monegasca se erige como un espacio singular de cohesión social. El abad Christian Venard, vicario episcopal de comunicaciones, ha señalado que, a pesar de la inmensa riqueza, “se necesita también gente corriente, a veces incluso muy sencilla, para que el sistema funcione”. Este entrelazado social se manifiesta en las iglesias, donde “un multimillonario y una empleada doméstica pueden sentarse en el mismo banco”, haciendo de la Iglesia uno de los pocos lugares de auténtica mezcla social en el principado y un actor fundamental en su apostolado diario.
La Catedral de Nuestra Señora Inmaculada, anteriormente conocida como Catedral de San Nicolás, es un epicentro de la historia monegasca. Fue el escenario de la emblemática boda de 1956 entre el Príncipe Rainiero III y Grace Kelly, una misa nupcial que se convirtió en una de las bodas reales católicas más vistas de la historia. Además, la catedral sirve como lugar de descanso final para numerosos príncipes y princesas de Mónaco, incluida la propia Princesa Grace.
La devoción a Santa Devota (Sainte Dévote) es otro pilar de la identidad católica monegasca. Como patrona del Principado, su festividad, el 27 de enero, es una solemnidad y día de precepto en la arquidiócesis, y sus reliquias se conservan en la capilla del palacio principesco. La tradición cuenta que Santa Devota, mártir cristiana de finales del siglo III o principios del IV, fue asesinada por su fe en Córcega. Su cuerpo, colocado en una barca, milagrosamente llegó a las costas de Mónaco, donde se convirtió en la protectora del principado.
La arraigada identidad católica de Mónaco se refleja también en su postura legal sobre cuestiones morales, como el aborto. Influenciado por la doctrina católica sobre la dignidad de la vida humana, el país ha mantenido históricamente una prohibición del aborto, salvo en circunstancias muy restringidas. Un ejemplo reciente de este compromiso fue la decisión del Príncipe Alberto II en noviembre pasado de negarse a firmar un proyecto de ley que pretendía liberalizar aún más el aborto, a pesar de haber sido aprobado por el parlamento. El príncipe enfatizó que la ley actual respeta mejor la identidad católica del país y el lugar especial de la Iglesia, al tiempo que asegura un apoyo “seguro y más humano” para las mujeres.
Finalmente, la influencia de la fe en la realeza monegasca trasciende sus fronteras, como lo demuestra el caso de la Princesa Alexandra de Hannover. Nieta de Grace Kelly y miembro de la familia real de Mónaco, en 2018 fue eliminada de su distante puesto en la línea de sucesión al trono británico tras convertirse al catolicismo. Aunque la Ley de Sucesión a la Corona de 2013 permitió a los herederos casarse con católicos, la legislación británica, que data de la Ley de Asentamiento de 1701, sigue impidiendo que un católico ascienda al trono, dado que el monarca británico es el jefe de la Iglesia de Inglaterra. Este hecho subraya cómo la identidad católica de Mónaco y sus conexiones reales pueden tener ramificaciones significativas en la política y las tradiciones de otras monarquías europeas.
La inminente visita del Papa León XIV a Mónaco no es solo un evento protocolario; es un recordatorio del papel perdurable y único que la fe católica desempeña en este fascinante principado, un faro de tradición en un mundo en constante cambio.



