El Papa León XIV dirigió un mensaje contundente a la juventud del Principado de Mónaco, instándolos a cimentar sus vidas en la profunda experiencia del amor —tanto divino como mutuo— como un baluarte fundamental contra la rápida evolución y las distracciones del mundo moderno. Durante un vibrante encuentro en la histórica Iglesia de Santa Devota, patrona del principado, el pontífice subrayó el poder perdurable de la fe y la caridad para forjar una existencia auténtica y resiliente.
En la iglesia dedicada a Santa Devota, el pontífice recordó la valerosa fe de la joven mártir, cuya historia simboliza el triunfo del bien sobre el mal y cómo su sacrificio trascendió fronteras, sembrando paz y amor. Su legado, señaló, es un potente recordatorio de que el testimonio de fe puede fecundar corazones y lugares lejanos, más allá de toda expectativa.
El Papa León XIV también resaltó la relevancia contemporánea de San Carlo Acutis, el joven italiano venerado como patrono de la evangelización en internet. Acutis demostró una amistad inquebrantable con Cristo a través de la caridad, el apostolado digital y una enfermedad sufrida con entereza, ofreciendo un modelo moderno de santidad. Estos dos santos, que abarcan siglos y contextos muy distintos, sirven de inspiración para la juventud actual, mostrando que la belleza y la verdad de la fe permanecen inalterables a pesar de los desafíos modernos. El creciente número de personas que solicitan el bautismo, observó, es una prueba viva de este atractivo duradero.
En respuesta a las preguntas planteadas por jóvenes asistentes, como Benjamín, quien consultó sobre cómo mantener las conexiones personales, sociales y divinas en un entorno en constante cambio, el Papa León XIV reconoció las complejidades de la vida contemporánea. Reflexionó sobre cómo las eras moderna y posmoderna, si bien han brindado oportunidades sin precedentes en ámbitos culturales, médicos, tecnológicos y comunicativos, también presentan desafíos significativos. El mundo, describió, parece en perpetuo movimiento, ávido de novedades, abrazando una fluidez sin vínculos duraderos y movido por una necesidad casi compulsiva de cambios continuos en la moda, la apariencia, las relaciones e incluso en la identidad personal.
Sin embargo, en medio de este panorama inquietante, el pontífice afirmó que es el amor lo que confiere verdadera solidez a la vida. Reiteró que la experiencia fundamental del amor de Dios y, por extensión, el amor mutuo, conforman el cimiento de la existencia humana. Este amor recíproco, explicó, exige apertura al crecimiento y al cambio, pero también fidelidad, constancia y disposición al sacrificio cotidiano. Solo a través de este compromiso, subrayó, la inquietud interior encuentra la paz y el vacío espiritual, descrito elocuentemente por otra joven participante, Andreia, se llena verdaderamente. Esta plenitud, aclaró, no proviene de posesiones materiales pasajeras, del reconocimiento efímero de “me gusta” en redes sociales, ni de afiliaciones superficiales y a menudo violentas.
Para nutrir el alma, el Papa instó a despejar el “corazón” de distracciones efímeras, permitiendo que la “gracia” revitalice su interior y el “Espíritu Santo” impulse su existencia hacia la auténtica felicidad. Lograr esto, enfatizó, requiere oración dedicada, momentos de silencio y escucha profunda. Tales prácticas, sugirió, calman el “frenesí del hacer y decir”, los “mensajes, reels y chats”, permitiendo apreciar la belleza de la conexión genuina. Citando a San Carlo Acutis, destacó la Eucaristía como la “autopista al Cielo” y la adoración eucarística como un “baño de sol” para el alma, capaz de enriquecer profundamente el espíritu.
Al abordar la pregunta de Ethan sobre la preparación para el bautismo durante la Pascua, el Papa recomendó sumergirse en los misterios contemplativos de la Pasión durante la Semana Santa. Este período, aconsejó, debe ser un tiempo propicio para escuchar al Espíritu Santo y realizar una revisión serena y profunda de la propia vida.
La llamada a la caridad, pilar central de la vida cristiana, también fue enfatizada. En respuesta a la pregunta de Ethan sobre cómo testimoniar el don de la vida en Cristo, y a la inquietud de Sophie sobre cómo ofrecer esperanza a quienes sufren, el Papa León XIV recordó a los jóvenes que las palabras y gestos auténticos de esperanza no surgen espontáneamente. Más bien, brotan de una relación profunda y duradera con Dios, donde se descubren las respuestas fundamentales de la vida. Cuando este canal de acción divina está abierto y existe un intercambio recíproco de este amor como un don compartido, los individuos pueden confiar en que las palabras y la fuerza necesarias se manifestarán en el momento oportuno. Interpretó la célebre frase de San Agustín, “Ama y haz lo que quieras”, como una invitación a ser un don gratuito para Dios y los demás, a permanecer cercano incluso cuando no se puedan resolver todos los problemas, con amor y fe inquebrantables.
Recordó a los jóvenes que, si bien Mónaco es un país hermoso, la verdadera belleza reside en ellos, especialmente al reconocer a quienes sufren o se sienten invisibles entre las luces de la ciudad. Esto, afirmó, refleja la fortaleza de Santa Devota al entregar su vida y de San Carlo Acutis al vivir su santidad, dejando un rastro de luz incluso en el ciberespacio.
El Papa León XIV concluyó con un ferviente llamado a la juventud, instándolos a no temer dedicar todo su tiempo y energía a Dios y a sus semejantes. Les aseguró que solo a través de esa entrega total descubrirían una alegría siempre nueva y un propósito más profundo en la vida. El mundo, afirmó, necesita desesperadamente su testimonio para navegar los desafíos contemporáneos y redescubrir el sabor profundo del amor a Dios y al prójimo.
A los catecúmenos que se preparan para el bautismo y a todos los que ya han recibido esta gracia, el pontífice extendió su deseo de corazón: que puedan vivir una vida plena y auténtica en Cristo, sirviendo como constructores de paz en la fe, la esperanza, la justicia y la caridad para el bien común. Los visualizó como el rostro vibrante y joven tanto de la Iglesia como del Estado, transformando Mónaco, a pesar de su tamaño, en un “gran taller de solidaridad” y un faro de esperanza. Los animó a integrar el Evangelio en sus decisiones profesionales, compromisos sociales y políticos, abogando por los que no tienen voz y fomentando una cultura del cuidado. “Que todo sea un don de ustedes para Dios”, imploró, “y vivan todo como una misión, que los quiere a todos como amigos en Cristo y compañeros fieles de camino”. El Papa finalizó encomendándolos a la intercesión de María, Santa Devota y San Carlo Acutis, impartiendo su bendición con todo el corazón.








