29 abril, 2026

En un claro llamado a la juventud argentina interesada en el ámbito público, el obispo de Chascomús, monseñor Juan Ignacio Liébana, ha delineado las cualidades fundamentales para quienes aspiran a ejercer la política, enfatizando el compromiso irrenunciable con el bien común. Su reflexión, plasmada en una carta pastoral difundida el pasado 4 de abril, busca orientar y motivar a las nuevas generaciones hacia una participación política basada en la ética y la vocación de servicio.

Monseñor Liébana, quien también es un activo miembro de la Pastoral Social, recuerda en su misiva la visión histórica de la Iglesia sobre la política, describiéndola como una de las “tareas más nobles” y “la caridad ejercida en su punto más alto”. Esta perspectiva resuena con la enseñanza social católica, reiterada a lo largo de los siglos por diversos pontífices, incluido el Papa León XIV, quien constantemente ha subrayado la importancia de la subsidiariedad y la solidaridad como pilares para una sociedad justa y próspera. El obispo argentino subraya que la esencia de la política radica en la administración de lo que pertenece a todos los ciudadanos. Implica un constante ejercicio de diálogo y escucha activa, la capacidad de manejar tensiones inherentes a la vida pública y una búsqueda incesante de la justicia, la bondad y la conveniencia, siempre con la mirada puesta en los sectores más vulnerables de la sociedad. Su visión de la política es una arena para la construcción de la amistad social y el fomento del diálogo, elementos cruciales para la cohesión y el progreso de cualquier nación.

Por ello, el prelado de Chascomús insiste en la necesidad de que quienes se involucren en política sean personas de probada integridad, que actúen con responsabilidad y seriedad, sin defraudar “las ilusiones y esperanzas de un pueblo” que, a menudo, deposita en sus líderes la fe en un futuro mejor. Para ello, enumera una serie de atributos y requisitos que considera indispensables en cualquier servidor público:

En primer lugar, la austeridad se presenta como una virtud cardinal. El obispo pide a los futuros políticos una profunda espiritualidad y un arraigo inquebrantable en valores y principios éticos. Esta base les permitiría mantener una distancia saludable de las tentaciones del poder y la riqueza, enfocándose en el servicio desinteresado.

Un ejercicio de autocrítica constante es otro pilar fundamental. Monseñor Liébana sugiere que los políticos deberían mantener un registro de sus promesas de campaña y sus aspiraciones más profundas de bien. Confrontar periódicamente estas metas con la realidad de su gestión sería un “sincero examen de conciencia” que los mantendría humildes y responsables ante sus electores.

La humildad y la capacidad de renunciar a los intereses personales son igualmente cruciales. El obispo advierte contra el narcisismo y el enamoramiento de la propia imagen, instando a los líderes a “renunciar y morir a sí mismo” y a sus intereses mezquinos. Saber pedir perdón, reconocer errores y tener la sabiduría para desconectar del trabajo a tiempo para descansar, orar y reflexionar son aspectos que contribuyen a una vida equilibrada y a una visión clara. La capacidad de disfrutar sobriamente de las pequeñas cosas —la naturaleza, la familia, la amistad genuina, la oración serena— es vital para no perder el contacto con la realidad cotidiana de la gente.

El obispo Liébana hace hincapié en la importancia de mantener la ternura, la sonrisa y la simplicidad, virtudes que se manifiestan en la disposición a jugar con los niños, dejarse querer y visitar a los mayores. Estos gestos, aparentemente pequeños, son reflejo de una humanidad profunda que no debe perderse en la vorágine de la vida política.

Una advertencia específica se dirige contra la afición a los viajes suntuosos, los lujos y la “buena vida”. El prelado explica que tales inclinaciones pueden corromper el poder, degenerando en gustos cada vez más costosos y extravagantes, que terminan alejando a los dirigentes de las realidades y necesidades del pueblo al que juraron servir.

La compañía de “gente de bien” es un requisito indispensable. Los políticos deben rodearse de amigos verdaderos, capaces de corregirlos a tiempo, de decirles “las cosas en la cara” sin ambages. Contar con consejeros sabios a quienes consultar, escuchar y de quienes aprender es fundamental para tomar decisiones informadas y éticas.

Finalmente, Monseñor Liébana exige una profunda reflexión sobre las motivaciones más íntimas para entrar en política. Si el objetivo es el dinero, la fama, la diversión o el reconocimiento personal, el obispo es contundente: “realmente se equivocó de profesión”. Aconseja a quienes buscan estos fines que se dediquen a sus propios emprendimientos y que se abstengan de acercarse a la “cosa pública”, que califica de “sagrada” y que requiere de personas virtuosas y dueñas de sí mismas, con un claro sentido del propósito y el servicio.

“Las tentaciones son muchas, por eso tiene que estar bien parado”, subraya el prelado, quien insiste en que la política “debería ser un lugar para los mejores, los más virtuosos, y no ‘una cueva de ladrones’”. Su crítica no se limita a los políticos, sino que se extiende a todo servidor público, incluidos los consagrados y religiosos, haciendo un llamado a la autocrítica en todos los niveles.

En su conclusión, Monseñor Liébana eleva una plegaria para que surjan vocaciones de servidores públicos que encarnen el entusiasmo y la pasión, la sobriedad y la austeridad, la sencillez y la humildad. Aspira a que Argentina sea guiada por “hombres y mujeres normales, cercanos, llenos de ternura y de amor” por la patria, porque, como concluye, “Nuestra patria lo merece”. Este mensaje resuena como un faro de esperanza en un contexto donde la ética en la política es una demanda constante de la ciudadanía.

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