El desgarrador relato de una madre británica de 56 años, Wendy Duffy, que ha decidido viajar a Suiza para someterse a un suicidio asistido tras la trágica pérdida de su único hijo, ha reavivado una vez más la compleja discusión ética y legal sobre el derecho a morir. Este caso personal se inserta en un contexto global donde la eutanasia y el suicidio asistido ganan terreno en diversas legislaciones, mientras la Iglesia Católica mantiene una firme oposición, abogando por la dignidad inalienable de toda vida humana y promoviendo los cuidados paliativos.
Duffy compartió su historia con medios como el New York Post, revelando que ya ha abonado 13.500 dólares a Pegasos, una organización suiza sin fines de lucro especializada en la muerte asistida. Su decisión surge cuatro años después del fallecimiento de su hijo, Marcus, quien tenía 23 años cuando murió asfixiado por un tomate que se le atascó en la tráquea mientras dormía. Nueve meses después de esta devastadora pérdida, y superada por el dolor, Wendy intentó quitarse la vida con una sobredosis, lo que la mantuvo conectada a un respirador durante dos semanas.
Según sus declaraciones al Daily Mail, para ella, el suicidio es la única vía para que su espíritu encuentre la libertad. Sostiene que ninguna medicación o terapia puede devolverle la plenitud y que su anhelo es morir. “Podría lanzarme desde un puente o un rascacielos, pero quien me encontrara tendría que lidiar con eso el resto de su vida”, explicó, indicando su deseo de una muerte menos traumática para terceros. Wendy ha planificado meticulosamente los detalles de su partida, eligiendo la ropa que usará y pidiendo que suene la canción “Die with a smile” de Lady Gaga y Bruno Mars. Sus pertenencias serán donadas. Antes de su partida, tiene previsto llamar a sus cuatro hermanas y dos hermanos desde Suiza para despedirse, una conversación que anticipa como “difícil”, pero confía en que su familia comprenderá su decisión, pues “saben que no soy feliz, que no quiero estar aquí”.
Suiza es uno de los pocos países donde el suicidio asistido es legal, incluso para individuos que no padecen una enfermedad terminal, siempre que posean plena capacidad mental. La clínica Pegasos, en su portal web, defiende esta práctica como un “derecho humano de todo adulto racional y en pleno uso de sus facultades mentales, independientemente de su estado de salud, elegir la forma y el momento de su muerte”.
Este caso de Wendy Duffy resuena poco después de la muerte por eutanasia de Noelia Castillo, de 25 años, en España, el pasado 26 de marzo. El desenlace de Noelia, llevado a cabo a pesar de la oposición de su padre, generó un intenso debate nacional en España, país que legalizó la eutanasia en 2021. La Iglesia en España, a través de los miembros del Subcomité para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española, calificó la muerte de Castillo como “una derrota social”. En un comunicado, expresaron que la historia de Noelia “refleja una acumulación de sufrimiento personal y fallos institucionales que suponen un desafío para toda la sociedad”, haciendo un llamado a la reflexión profunda sobre las implicaciones de estas decisiones.
Mientras tanto, en el Reino Unido, un proyecto de ley que buscaba legalizar el derecho a una muerte digna ha quedado estancado en el Parlamento. El “proyecto de ley sobre adultos con enfermedades terminales (cuidados al final de la vida)” no encontró tiempo parlamentario y, por consiguiente, fracasó en la Cámara de los Lores el pasado 24 de abril. Monseñor John Sherrington, Arzobispo de Liverpool, expresó su gratitud a “todos aquellos parlamentarios que han trabajado incansablemente para preservar la dignidad de cada vida humana y garantizar que la atención al final de la vida siga estando basada en la compasión y el respeto hasta el final natural de la vida”, reflejando la postura eclesial.
La Iglesia Católica enseña de manera inequívoca que tanto el suicidio como la eutanasia son gravemente inmorales, contraviniendo la ley divina y el valor intrínseco de la vida. El Pontífice Francisco ha sido una voz constante en este tema, definiendo la eutanasia como “un fracaso del amor” en un mensaje de 2024 a un simposio sobre cuidados paliativos. En esa misma ocasión, recordó su afirmación de que el suicidio asistido y la eutanasia constituyen una “falsa compasión”. “La ‘compasión’, palabra que significa ‘sufrir con’, no implica el fin intencional de una vida, sino más bien la voluntad de compartir las cargas de aquellos que se enfrentan a las etapas finales de nuestra peregrinación terrenal”, explicó Francisco.
San Juan Pablo II, en su discurso de 1999 ante la Academia Pontificia para la Vida, titulado “Amor y solidaridad con los moribundos”, enfatizó que “nadie puede elegir arbitrariamente si vivir o morir; el dueño absoluto de tal decisión es solo el Creador”. En su encíclica “Evangelium Vitae” de 1995, el Santo Padre profundizó en esta enseñanza, afirmando que “el suicidio… implica el rechazo del amor propio y la renuncia a la obligación de justicia y caridad hacia el prójimo… En su esencia más profunda, el suicidio representa un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y la muerte”. La encíclica también condena la eutanasia como “una grave violación de la ley de Dios” y la califica de “una falsa misericordia, y de hecho una inquietante ‘perversión’ de la misericordia. La verdadera ‘compasión’ nos lleva a compartir el dolor ajeno; no mata a la persona cuyo sufrimiento no podemos soportar”. San Juan Pablo II añadió que “el acto de la eutanasia parece aún más perverso si lo llevan a cabo quienes, como los familiares, se supone que deben tratar a un miembro de la familia con paciencia y amor, o quienes, como los médicos, en virtud de su profesión específica, se supone que deben cuidar al enfermo incluso en las etapas terminales más dolorosas”.
Frente a estas prácticas, la Iglesia aboga firmemente por los cuidados paliativos, que buscan aliviar el sufrimiento sin acelerar la muerte. Dian Backoff, exdirectora ejecutiva de Catholic Hospice para Catholic Health Services, describe los cuidados paliativos como una atención integral que busca responder a “lo que el paciente en su totalidad desea durante el tratamiento de una enfermedad”, ya sea terminal o crónica. Estos cuidados atienden no solo el dolor físico, sino también el sufrimiento emocional, psicológico y espiritual, afirmando la dignidad fundamental e inviolable de cada persona. El Papa Francisco, en 2024, ratificó que los cuidados paliativos son “una auténtica forma de compasión, ya que responden al sufrimiento… afirmando la dignidad fundamental e inviolable de toda persona, especialmente de los moribundos, y ayudándoles a aceptar el inevitable momento del paso de esta vida a la vida eterna”.
El caso de Wendy Duffy, junto a los debates legislativos y las condenas eclesiales, subraya la profunda tensión entre la autonomía individual y la visión trascendente de la vida, un dilema que continúa desafiando a sociedades y éticas en todo el mundo.








