El 3 de mayo de 2026, la Iglesia Católica a nivel global conmemora el Quinto Domingo de Pascua, una fecha litúrgica que invita a los fieles a profundizar en la esencia de la fe cristiana. Cuatro semanas después de la celebración de la Resurrección de Jesucristo, el mensaje central se enfoca en la figura de Jesús como el sendero ineludible hacia Dios, la encarnación de la verdad divina y la fuente de la vida trascendente. Esta jornada de reflexión se enmarca en el continuo pastoreo del Papa León XIV, quien guía a la comunidad global de creyentes en su peregrinación espiritual.
La liturgia de este domingo se nutre del Evangelio de San Juan (Jn 14, 1-12), un pasaje que comienza con una consoladora invitación de Jesús a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”. Este doble mandamiento subraya una profunda unidad: la fe en Dios Padre y la fe en Jesús, su Hijo, no son actos disociados, sino componentes de una misma y plena adhesión a la salvación. El Papa emérito Benedicto XVI, en su mensaje del Regina Caeli del 22 de mayo de 2011, articuló esta verdad al afirmar que “no son dos actos separados, sino un único acto de fe, la plena adhesión a la salvación llevada a cabo por Dios Padre mediante su Hijo unigénito”. Esta enseñanza resuena con la comprensión actual de la Iglesia, que, bajo el liderazgo de León XIV, fomenta una fe integral y coherente.
El Pontífice León XIV, al igual que sus predecesores, ha enfatizado la necesidad de mantener una fe robusta en un mundo de constantes desafíos. La lectura de hoy, al invitar a “creer en Dios y creer también en mí”, ofrece una hoja de ruta espiritual para afrontar la incertidumbre con una confianza profunda en la providencia divina y en el plan redentor de Jesús.
El pasaje de Juan continúa con la promesa de Jesús a sus discípulos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”. Esta promesa no solo ofrece consuelo ante la separación, sino que también establece la conexión íntima entre Jesús y el destino final de la humanidad. Es un mensaje de esperanza y seguridad, fundamental para la teología cristiana.
Cuando el apóstol Tomás, perplejo, pregunta a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”, la respuesta de Jesús es una de las declaraciones más emblemáticas de las Escrituras: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”. Esta afirmación categórica establece a Jesús como la única vía de acceso a Dios, descartando otras rutas espirituales que no pasen por su persona y su mensaje. Es un pilar central de la doctrina católica, que el Papa León XIV y el magisterio de la Iglesia continuamente exponen y defienden.
La revelación de la intimidad entre Jesús y el Padre se profundiza cuando Felipe pide: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le responde con una suave reprensión y una clarificación crucial: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?”. Benedicto XVI, al reflexionar sobre este pasaje, destacó cómo “el Nuevo Testamento puso fin a la invisibilidad del Padre. Dios mostró su rostro, como confirma la respuesta de Jesús al apóstol Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9)”. Este concepto subraya la encarnación de Dios en Jesucristo y la plena manifestación de la divinidad a través de su vida, sus enseñanzas y sus obras. La coherencia entre la palabra de Jesús y las obras del Padre es la prueba irrefutable de su unidad.
Finalmente, Jesús no solo se presenta como el camino al Padre, sino que también empodera a sus seguidores con una promesa extraordinaria: “Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre”. Esta promesa, que puede parecer audaz, se refiere a la continuación de la misión de Cristo en el mundo a través de sus discípulos. No necesariamente implica milagros más grandiosos, sino la propagación del Evangelio, la transformación de vidas, la práctica de la caridad, la justicia social y el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra a través de la acción de los creyentes. Tal como enseñaba Benedicto XVI, “solo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a él, los discípulos, entre quienes estamos también nosotros, pueden continuar su acción permanente en la historia”. Este llamado a la acción es una constante en el magisterio de la Iglesia, y el Pontífice León lo ha enfatizado como un pilar de la evangelización contemporánea y del servicio al prójimo.
En este Quinto Domingo de Pascua, la invitación a vivir una fe activa y transformadora resuena con fuerza. La Iglesia, bajo la dirección del Papa, anima a los fieles a no perder la paz en medio de las tribulaciones, a confiar plenamente en Jesús como la guía infalible hacia la vida eterna y a manifestar esa fe a través de obras de amor, caridad, justicia y fidelidad. Que el gozo de la Resurrección, que se sigue celebrando en este tiempo pascual, impulse a cada creyente a exclamar un “¡Aleluya!” diario, sembrando frutos de esperanza en el mundo. La vigencia del mensaje de Jesús, como camino, verdad y vida, permanece inalterable, ofreciendo un cimiento sólido para la existencia humana en todas las épocas.






