9 junio, 2026

Ciudad del Vaticano – En una significativa Audiencia General celebrada en la plaza de San Pedro, el Papa León XIV dedicó su catequesis a la figura de la Virgen María como “modelo de la Iglesia”, rindiendo un especial homenaje a su santo predecesor, san Juan Pablo II, en una fecha de doble conmemoración. Este 13 de mayo marcó no solo la memoria de la beata Virgen María de Fátima, sino también el 45 aniversario del atentado sufrido por san Juan Pablo II en el mismo lugar.

El Pontífice, visiblemente conmovido, inició su alocución recordando el trágico evento de hace casi medio siglo, cuando el entonces Pontífice polaco fue víctima de un ataque que milagrosamente no fue mortal, un hecho que el propio san Juan Pablo II atribuyó a la protección maternal de la Virgen de Fátima. Fue precisamente a este predecesor, cuyo lema episcopal “Totus tuus” (Todo tuyo) encapsulaba su profunda devoción mariana, a quien el Santo Padre León XIV decidió dedicar la reflexión de la jornada.

La catequesis del Papa León XIV se centró en la rica enseñanza del Concilio Vaticano II, específicamente en el último capítulo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia, *Lumen Gentium* (nn. 52-69). Este documento conciliar proclama a María como “miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad”. El Papa desgranó estas palabras, invitando a los fieles a comprender la profundidad de la relación entre la Virgen y la comunidad eclesial.

León explicó cómo en María, quien bajo la acción del Espíritu Santo acogió y dio a luz al Hijo de Dios encarnado, se pueden reconocer simultáneamente el modelo, el miembro preeminente y la madre de toda la Iglesia. Su “sí” incondicional a la voluntad divina, su fe inquebrantable y su amor virginal la convierten en el arquetipo perfecto de lo que la Iglesia está llamada a ser: una criatura dócil a la Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, gestados en la obediencia al Espíritu Santo.

El Pontífice profundizó en la idea de que María es la creyente por antonomasia, ofreciendo la forma más pura de apertura incondicional al misterio divino dentro de la comunión del pueblo santo de Dios. Es por ello que se la considera un miembro insuperable de la comunidad eclesial. Además, al generar hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado que vino entre nosotros, la Virgen se erige como madre de toda la Iglesia, a la que los fieles pueden dirigirse con confianza filial, con la certeza de ser siempre escuchados, custodiados y amados.

El Papa León XIV sintetizó estas características de la Madre de Dios al referirse a ella como la “mujer icono del Misterio”. Con el término “mujer”, se subraya la concreción histórica de esta joven hija de Israel, a quien le fue concedida la extraordinaria experiencia de ser la madre del Mesías. La expresión “icono”, por su parte, enfatiza el doble movimiento de descenso y ascenso que se cumple en ella: en María resplandece tanto la elección gratuita por parte de Dios como el libre y amoroso consentimiento de su fe. En esencia, María es la mujer icono del Misterio, es decir, del plan divino de salvación, que estuvo oculto por siglos y fue revelado plenamente en Jesucristo.

Retomando la enseñanza conciliar, el Pontífice recordó el lugar privilegiado de la Virgen María en la obra de la Redención (cfr. *Lumen Gentium*, nn. 60-62). Subrayó que, si bien Jesucristo es el único Mediador de salvación (cfr. 1 Tim 2,5-6), la Santísima Madre no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única. Por el contrario, “antes bien sirve para demostrar su poder”, tal como afirma el Concilio. María, predestinada desde la eternidad como Madre de Dios junto con la encarnación del Verbo, “cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia”.

Finalmente, el Papa León XIV hizo hincapié en que en la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en ella, el pueblo de Dios encuentra representado su origen, su modelo y su patria. La Iglesia contempla en la Madre del Señor su propio misterio, no solo porque halla en ella el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal a la que está llamada, sino también, y sobre todo, porque reconoce en ella su propio arquetipo, la figura ideal de lo que está destinada a ser.

El Pontífice concluyó invitando a los fieles a dejarse interpelar por el sublime modelo que es María, Virgen y Madre. Exhortó a cada persona a preguntarse: “¿Vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?”. Con una oración ferviente, León pidió que el Espíritu Santo, que descendió sobre María y es invocado con humildad y confianza, permita vivir plenamente estas maravillosas realidades y que crezca en todos el amor por la Santa Madre Iglesia.

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