El padre Nathaniel Asuwaye, un sacerdote nigeriano que fue secuestrado el pasado 7 de febrero, ha recuperado finalmente su libertad tras más de tres meses en cautiverio. La Diócesis de Kafanchan, en el estado de Kaduna, Nigeria, confirmó la noticia el 12 de mayo, en la víspera de la fiesta de la Virgen de Fátima, expresando un profundo alivio y gratitud por su regreso a salvo. Su liberación pone fin a una prolongada y angustiosa espera que mantuvo en vilo a su comunidad y a la Iglesia católica en la región, una de las más afectadas por la violencia y la inseguridad en el país africano.
El calvario del padre Asuwaye comenzó la noche del 7 de febrero de 2026, cuando hombres armados irrumpieron en la localidad de Karku, donde ejercía como párroco de la Santísima Trinidad. Durante el brutal ataque, tres personas perdieron la vida y otras once fueron secuestradas, incluyendo al sacerdote. Este incidente no es un caso aislado, sino que se enmarca en un patrón creciente de violencia que asola diversas zonas de Nigeria, con grupos criminales y terroristas sembrando el terror entre la población civil. La situación en el estado de Kaduna, en particular, ha sido motivo de constante preocupación debido a la frecuencia y brutalidad de los ataques dirigidos contra comunidades enteras, a menudo con un sesgo que afecta desproporcionadamente a la población cristiana.
Al día siguiente del secuestro, el domingo 8 de febrero, el Papa León XIV no tardó en expresar su profunda consternación. Desde el Vaticano, el Sumo Pontífice manifestó su dolor y aseguró su cercanía espiritual y en la oración con todas las víctimas de este y otros actos violentos que se perpetran sistemáticamente en Nigeria. El Papa ha reiterado en múltiples ocasiones su llamamiento a la paz y a la protección de los cristianos y otras minorías religiosas que sufren persecución en diversas partes del mundo, y Nigeria ha sido un punto recurrente en sus plegarias y exhortaciones a la comunidad internacional para que actúe. La voz del Papa León se alza como un faro de esperanza y una condena enérgica ante la escalada de violencia indiscriminada que amenaza la coexistencia pacífica y la libertad religiosa.
La Diócesis de Kafanchan, en su comunicado del 12 de mayo, compartió la buena nueva y actualizó sobre el estado del sacerdote liberado: “El Padre Nathaniel se encuentra ahora a salvo y está recibiendo atención médica. Su estado es estable, mantiene el ánimo y agradece sus oraciones y su apoyo”. Este mensaje, cargado de emoción, también incluyó una exhortación a la comunidad católica a permanecer “firmes en la fe, unidos como una sola familia y apoyándonos unos a otros”. La diócesis instó a los fieles a mantener la vigilancia y la compasión, confiando en la guía y protección divina, un testimonio de la resiliencia y la profunda fe que caracterizan a la Iglesia nigeriana frente a la adversidad. La elección de la víspera de Fátima para la liberación es vista por muchos como un signo de esperanza y protección mariana.
El caso del padre Asuwaye es, lamentablemente, una adición a una alarmante estadística. Según datos de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), entre 2015 y 2025, un total de 212 sacerdotes católicos fueron secuestrados en Nigeria. Estas cifras ponen de manifiesto la magnitud de la crisis humanitaria y de seguridad que enfrenta el país. De estos, 183 lograron ser liberados o escaparon, lo que subraya la persistencia de los esfuerzos de rescate y la resiliencia de las víctimas. Sin embargo, la tragedia también ha cobrado un alto precio: 12 sacerdotes fueron asesinados durante su cautiverio, y otros tres murieron después de su liberación debido a las graves lesiones y el trauma sufridos. Estos números son un crudo recordatorio del peligro constante que enfrentan los religiosos en la nación africana.
La motivación detrás de la mayoría de estos secuestros es predominantemente económica. Los grupos criminales operan con la esperanza de obtener cuantiosos rescates por la liberación de sus rehenes. Lamentablemente, ven en los cristianos y, en particular, en los miembros de la Iglesia, objetivos fáciles y lucrativos, manteniéndolos en un estado de constante inseguridad. Esta situación se ve agravada por lo que muchos describen como una limitada y, en ocasiones, ineficaz acción de las autoridades nigerianas para proteger a sus ciudadanos y hacer frente a la proliferación de bandas armadas. La urgencia de resguardar a los miembros de la Iglesia y a toda la población se hace cada vez más apremiante, mientras la comunidad internacional observa con preocupación la escalada de una crisis que amenaza la estabilidad de la región y la vida de miles de personas. La liberación del padre Asuwaye es un momento de alegría, pero también un recordatorio sombrío de los desafíos persistentes.








