Más de dos décadas después de su canonización, el legado espiritual de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, sigue resonando con fuerza en la vida de numerosos fieles y sacerdotes alrededor del mundo. Uno de ellos es el padre Juan Carlos Vásconez, un sacerdote ecuatoriano cuya trayectoria combina su vocación sacerdotal con una sólida formación como ingeniero en sistemas. Para el padre Vásconez, miembro numerario del Opus Dei desde hace más de treinta años y ordenado sacerdote en 2015, la esencia de ser un “hijo de San Josemaría” se concreta en un compromiso profundo con la Eucaristía, un meticuloso cuidado de la liturgia, una cercanía genuina con las personas y una confianza inquebrantable en la providencia divina.
En un reciente artículo, el presbítero compartió su experiencia personal sobre este “reto hermoso” que implica heredar una espiritualidad tan rica. “Intentar encarnar un espíritu y vivir con la certeza de que soy solo un pequeño instrumento en manos de un Dios grande”, es como define su misión. Para él, su “trabajo profesional” actual, el que busca santificar y donde se juega su propia santidad, es precisamente el sacerdocio.
El padre Vásconez enfatiza que vivir la herencia espiritual de San Josemaría no se traduce en la replicación mecánica de una personalidad. Al contrario, subraya que cada individuo que sigue este camino tiene un “margen inmenso de libertad” para aportar su propia identidad y decisiones. “Cada hijo de San Josemaría se esfuerza al máximo por encarnar la herencia espiritual que él nos dejó, pero eso no nos convierte en fotocopias mecánicas”, aseguró. Como ejemplo, mencionó la libertad con la que los sacerdotes del Opus Dei eligen vestir: mientras San Josemaría animaba a que su indumentaria reflejara su ministerio, cada sacerdote decide cómo manifestarlo. El padre Vásconez, por ejemplo, opta por la sotana en todo momento, pero reconoce la diversidad de elecciones entre sus hermanos de sacerdocio.
A continuación, el padre Juan Carlos Vásconez desglosó cuatro pilares fundamentales que, a su juicio, constituyen la herencia filial de San Josemaría y se entrelazan de manera natural con su propia vida y ministerio:
**1. La Eucaristía como eje central de la existencia sacerdotal**
El primer y quizás más fundamental rasgo que el padre Vásconez ha heredado de San Josemaría es la convicción de que la Santa Misa debe ser el “centro y la raíz de la vida interior”. Esta no es una simple frase piadosa, sino una estructura que debe organizar cada jornada del sacerdote. Para él, la Eucaristía no es una tarea más en la agenda pastoral ni un evento que se despacha a primera hora para pasar a otras actividades. En su concepción, todo el día del sacerdote debe girar y organizarse en torno a ella, el sacramento por excelencia que alimenta y da sentido a su vocación.
Esta profunda convicción ha marcado decisiones importantes en su vida. Compartió una anécdota de un viaje a las Islas Galápagos para la ordenación de un amigo. Recibió una invitación para visitar una isla remota durante dos días, pero al enterarse de que no tendría la posibilidad de celebrar la Eucaristía, declinó la oferta sin dudarlo. Esta decisión, lejos de ser un acto de rigidez, fue para él una manifestación viva y personal de su compromiso con la centralidad eucarística. “Para mí, la felicidad de cada día pasa por estar en el altar”, afirmó, subrayando cómo este principio es fuente de alegría y plenitud.
**2. El amor en los detalles litúrgicos**
Otra enseñanza esencial de San Josemaría, según el padre Vásconez, radica en vivir la liturgia con un amor profundo y consciente. El fundador del Opus Dei solía enseñar que “en las cosas de Dios los detalles no son minucias: son muestras de amor”. Esta máxima guía la forma en que el padre Vásconez aborda cada celebración.
Para él, el sacerdote debe evitar a toda costa convertirse en el protagonista de la liturgia, pues “el protagonista absoluto es Jesucristo”. Esta verdad se traduce en una atención esmerada a cada gesto y elemento. Procura tratar los vasos sagrados con un “amor de enamorado”, vivir fielmente las rúbricas, cuidar cada genuflexión, besar el altar con devoción y mantener impecables todos los objetos destinados al culto. Estos pequeños pero significativos detalles cotidianos en el altar, según el padre Vásconez, sustentan de forma invisible la piedad del sacerdote y, sin necesidad de grandes discursos, transmiten directamente a los fieles la inmensa grandeza y sacralidad de lo que acontece en el presbiterio.
**3. “Alma sacerdotal y mentalidad laical”**
El padre Vásconez destacó una de las expresiones más conocidas y características de San Josemaría Escrivá: “alma sacerdotal y mentalidad laical”. Esta frase encapsula la dualidad y la complementariedad que un sacerdote debe cultivar para servir eficazmente en el mundo contemporáneo.
Tener “alma sacerdotal”, explicó, significa vivir con un deseo constante de redimir, de dedicar horas a atender a las personas en el confesionario y en la dirección espiritual, y de desgastarse por las almas sin reparar en el reloj. Es una entrega total al servicio de Dios y de los demás, con una generosidad que no mide esfuerzos.
Al mismo tiempo, la “mentalidad laical” implica “amar apasionadamente el mundo” y comprender profundamente los dolores, las ilusiones y los problemas reales de la gente de hoy. Esto abarca desde las preocupaciones familiares y laborales hasta los desafíos de la cultura actual. El padre Vásconez ejemplifica esta mentalidad al continuar formándose en ámbitos profesionales ajenos a la teología. Siendo ingeniero en sistemas, dedica tiempo a leer sobre su carrera civil y, recientemente, completó un curso sobre inteligencia artificial. Esta actitud le permite tender puentes de amistad y comprensión, especialmente con aquellos que piensan distinto o se encuentran alejados de la Iglesia, facilitando el diálogo y la evangelización.
**4. Confianza plena en Dios: “Saberse, ante todo, hijo de Dios”**
Finalmente, el padre Vásconez identifica como otro de los grandes legados de San Josemaría la plena confianza en Dios. El sacerdote reconoce que hay días de cansancio físico, de batallas interiores o de aparentes sequedades espirituales donde parece que los frutos no llegan. En esos momentos, el secreto para mantener una alegría inalterable reside en “saberse, ante todo, hijo de Dios”. Esta conciencia de filiación divina es el ancla que sostiene al sacerdote en las dificultades.
Para vivir esta confianza, el padre Vásconez se aferra al lema latino que marcó la espiritualidad de San Josemaría: *Nunc coepi* (“¡Ahora comienzo!”). Este espíritu de empezar de nuevo cada día, sin detenerse en los fracasos o las debilidades, es fundamental. “Como sacerdotes, heredamos de San Josemaría ese optimismo permanente que no se escandaliza de la propia debilidad, sino que confía plenamente en la gracia divina y vuelve a empezar una y otra vez con una sonrisa”, concluyó. Este legado, por tanto, no es solo un conjunto de prácticas, sino una actitud vital de esperanza y perseverancia que permite al sacerdote afrontar su ministerio con alegría y plenitud.








