8 julio, 2026

En medio de la devastación causada por los recientes terremotos en Venezuela, emergen historias de resiliencia y esperanza. Una de ellas es la de Kamar Galíndez, un abogado de 53 años que sobrevivió milagrosamente al colapso del Hotel Chipi’s Beach en Playa Grande, La Guaira, una experiencia que lo llevó a reafirmar su fe inquebrantable en la protección divina y la intercesión de la Virgen de la Medalla Milagrosa.

El miércoles 24 de junio, día de San Juan Bautista y feriado nacional por la conmemoración de la Batalla de Carabobo, Kamar se preparaba para su rutina de entrenamiento en el gimnasio, ubicado en el último piso del Hotel Chipi’s Beach. La vista panorámica al mar Caribe ofrecía una sensación de paz que, poco después de las 6:00 de la tarde, fue brutalmente interrumpida. A las 6:05 p.m., la tierra rugió con una violencia inesperada. Dos terremotos consecutivos sacudieron la costa venezolana, transformando la tranquilidad en un caos ensordecedor de angustia y desconcierto.

Kamar, en conversación con ACI Prensa, rememoró cómo las pesadas máquinas del gimnasio comenzaron a deslizarse y chocar, como si fuesen juguetes. En cuestión de segundos, la estructura cedió. “El piso se parte e inmediatamente lo que veo es como medio edificio se va como inclinando hacia adelante y la parte del edificio donde yo estaba se desploma en vertical”, relató con voz quebrada. “Yo sentí el vacío en los pies y lo siguiente fue ya estar atrapado en los escombros”. El imponente hotel se convirtió en una montaña de metal retorcido, ladrillos y polvo, sepultando a decenas de personas bajo sus restos.

Frente a la inminencia de la muerte, Kamar actuó instintivamente, buscando refugio junto a una pared cercana. Mientras el edificio se desmoronaba a su alrededor, una imagen se fijó en su mente: la del Señor Jesús de la Divina Misericordia, tal como se apareció a Santa Faustina Kowalska. “Recuerdo haber pensado en el Cristo de la Misericordia y pedir: ‘Señor, ten misericordia'”, confesó, al borde de las lágrimas. Sintió cada impacto, cada movimiento brusco del derrumbe, pero su mente se aferró a la súplica.

Aunque gravemente herido, Kamar nunca perdió el conocimiento. Al pasar la confusión inicial del colapso, se dio cuenta de que estaba vivo, pero completamente sepultado por los escombros y aprisionado por una gigantesca viga que le oprimía el pecho, dificultando su respiración. Su cabeza, milagrosamente, no quedó cubierta, permitiéndole vislumbrar el cielo a través de la maraña de hierro y cemento, aún iluminado por los últimos destellos del sol poniente. A su alrededor, los gritos desesperados de otras víctimas atrapadas resonaban en la penumbra.

Con el brazo izquierdo fracturado y el cuerpo inmovilizado, la desesperación y el miedo se apoderaron de él. Sin embargo, en medio del tormento, Kamar se aferró a una oración: “Luego pedí calma. Lo que hice fue rezar mucho: ‘Bueno, Papá Dios, ayúdame a salir de aquí. Dame calma’, fue lo primero que pedí. ‘Dame calma y dime que tengo que hacer’”, imploró, encomendándose a la protección divina. Con sus últimas fuerzas, hizo señales pidiendo auxilio. El tiempo bajo los escombros se le hizo eterno, una mezcla de minutos y una vida entera. Finalmente, un hombre que había escalado la montaña de restos logró divisarlo y ayudarlo a liberarse.

Al descender del edificio colapsado por sus propios medios, Kamar tomó conciencia de la magnitud de la tragedia. Miles de vidas se habían perdido en fracciones de segundo. Haber salido prácticamente ileso, en un contexto tan devastador, lo convenció de que había sido un milagro, uno que atribuye a la Virgen de la Medalla Milagrosa, de la cual ha sido devoto toda su vida. “Yo usaba una cadenita con un crucifijo y una medallita de la Virgen Milagrosa. Entre las cosas que a mí se me pierden, se me rompió esa cadena, por supuesto yo no me había dado cuenta en ningún momento”, explicó.

De camino a su residencia, que también había sido completamente destruida, unos jóvenes le ofrecieron los primeros auxilios. Mientras lo atendían, ocurrió lo que Kamar describe como un pequeño gran milagro. Al pedir ayuda para guardar su reloj en el bolsillo de su pantalón corto, notó algo inexplicable: “Yo tenía un short con un cierrecito y cuando veo, no me preguntes de dónde, no me preguntes cómo, estaba engarzada un pedacito de la cadena y la medalla de la Virgen Milagrosa”. Su reacción fue inmediata: “Por favor, guárdame también esa medallita, porque esa fue la que me salvó”. Para él, no hay duda alguna sobre la intervención mariana: “No tengo la menor duda. Absolutamente. Absolutamente”.

La supervivencia de Kamar Galíndez es un testimonio conmovedor de la misericordia de Dios, que escuchó sus súplicas y le concedió el don de la vida por razones que aún desconoce. “En la mayor adversidad, empiezas a verlo en lo más básico, porque lo más básico se convierte en imposible”, reflexionó. “Cuando lo más básico es imposible y lo logras, uno dice: ‘Solo Dios puede lograrlo'”. Asegura que “hay un Dios que se ocupa de ti en ese momento, de lo que tú le estás pidiendo, de lo que tú necesitas. De liberarte un brazo, de que te acuerdes de Él dejándote una medallita guindada en un pantalón”. Hoy, Kamar se siente profundamente agradecido por estar vivo, un recordatorio de humildad para él y para toda Venezuela.

La tragedia de los terremotos ha dejado innumerables historias de dolor, pero también de solidaridad heroica y de fe inquebrantable, fundamentales para sostenerse y seguir adelante en un país que, aunque golpeado, se aferra a la esperanza. Hasta la fecha de publicación de este artículo, las cifras oficiales reportan 3.535 fallecidos y 16.740 heridos en Venezuela, mientras que organizaciones independientes estiman que decenas de miles de personas permanecen desaparecidas. En este sombrío panorama, la experiencia de Kamar Galíndez se erige como un faro de fe y la prueba de que, incluso en los momentos más oscuros, la vida puede ser un milagro.

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