Venezuela enfrenta una de sus pruebas más dolorosas tras los devastadores terremotos del 24 de junio, que han sacudido profundamente a la nación. La magnitud de la tragedia, con miles de vidas perdidas y una infraestructura dañada, ha reabierto interrogantes ancestrales sobre el sufrimiento humano, la presencia divina en la adversidad y la búsqueda de esperanza. Ante esta realidad, Mons. Carlos Márquez, Obispo Auxiliar de Caracas, ha ofrecido una luz desde la perspectiva de la Iglesia católica, buscando guiar a los fieles en la comprensión de estos misterios existenciales.
En una entrevista exclusiva, Mons. Márquez abordó con humildad el complejo “misterio del dolor”, enfatizando la imposibilidad de ofrecer respuestas que lo resuelvan plenamente. Calificaría de “soberbia” cualquier intento de dominar tal enigma, que a menudo lleva a la búsqueda de culpables, generando parálisis y amargura en lugar de consuelo. El prelado subrayó que, aunque el sufrimiento ha sido una constante en la historia humana, la reciente experiencia venezolana lo hace más palpable que nunca, obligando a una profunda reflexión.
El obispo auxiliar desmitificó la idea de que los desastres naturales como los terremotos son castigos divinos. Explicó que estos fenómenos son, en realidad, procesos inherentes a las leyes biológicas y de la naturaleza. “No escapamos de la ley biológica, no escapamos de las leyes de la naturaleza. Lo que antes pensábamos que era una maldición o un castigo divino, ahora sabemos que son procesos naturales que inclusive son necesarios”, precisó, invitando a una comprensión más científica y teológica de los eventos sísmicos que han azotado el país.
Para profundizar en la comprensión de la tragedia, Mons. Márquez señaló dos elementos cruciales. El primero es la **libertad humana**. Cuando esta se utiliza de forma imprudente o negligente, puede desencadenar un inmenso sufrimiento. El prelado citó el colapso de edificaciones, sugiriendo que la construcción en terrenos inadecuados o la omisión de medidas de seguridad esenciales podrían ser factores. Subrayó que la imprudencia, consciente o no, suele tener consecuencias trágicas, y enfatizó que esto “no es producido, querido ni mucho menos ordenado por Dios. No es la voluntad divina”.
El segundo elemento se encuentra en la **Carta de San Pablo a los Romanos**, donde el apóstol describe cómo la creación misma “gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Romanos 8, 22-39). Esta visión bíblica permite entender la naturaleza como un ente dinámico que se “reacomoda, evoluciona y se mueve” en un proceso constante hacia la plenitud prometida por Jesucristo. La creación, y con ella la humanidad, está sujeta al dolor como parte intrínseca de este viaje existencial. Mons. Márquez detalló que los avatares y sufrimientos son inherentes a nuestro camino “a la plenitud de vivir felices para siempre con Cristo en el cielo”.
Frente a estas dolorosas realidades, el obispo auxiliar de Caracas ofreció una promesa tranquilizadora. La promesa de Cristo, puntualizó, no fue la ausencia de sufrimiento, ni la garantía de que no habría terremotos, inundaciones o cualquier otra calamidad natural. Más bien, Cristo prometió su compañía inquebrantable en medio del dolor: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. Esta presencia divina se materializa a través de la Iglesia, acompañando a quienes sufren, confortando con los sacramentos y la Palabra, y transformando los corazones para impulsar la resiliencia y la capacidad de seguir adelante.
La intercesión y el ejemplo de los santos, añadió Mons. Márquez, también son un bálsamo y una guía para no desanimarse. En los momentos de profunda aflicción, la soledad agrava la tragedia. La compañía y el apoyo de la comunidad de fe son esenciales para afrontar el dolor y no sentirse aislados.
Las últimas semanas han revelado incontables historias desgarradoras en Venezuela, muchas de ellas compartidas en las redes sociales. Sin embargo, en medio de la desolación, un denominador común emerge con fuerza: la esperanza. Mons. Márquez destacó la actitud de muchos venezolanos que, aun en el sufrimiento inimaginable, expresan gratitud por estar vivos, se comprometen a honrar la memoria de sus seres queridos fallecidos y luchan incansablemente por encontrar un propósito en su supervivencia. “Si vivimos unidos a Cristo en el dolor, viviremos con Él para siempre en el Cielo. La última palabra no la tiene la muerte. La última palabra no la tiene este terremoto. La última palabra la tiene Dios, que es una palabra de vida, de felicidad y de alegría para siempre”, afirmó con profunda convicción.
Ante la pregunta de qué camino deben seguir los venezolanos supervivientes, Mons. Márquez exhortó a emular el ejemplo de figuras veneradas como San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles, así como el de otros compatriotas santos. Instó a afrontar las adversidades sin caer en la pregunta estéril del “por qué”, sino a trabajar con una resignación activa, incluso con lágrimas en los ojos, para construir un futuro mejor para la nación.
“El dolor es pasajero, la muerte no es definitiva. Unidos en la fe, la esperanza y la caridad, con nuestros ojos puestos en Cristo resucitado, caminamos unidos en comunión para vencer esta tragedia”, expresó Mons. Márquez, quien acompañó de cerca a damnificados en diversas zonas afectadas. El obispo auxiliar proyectó una visión de resurgimiento para la nación: “Venezuela es tierra de gracia, Venezuela es tierra de santos. Tenemos esperanza y nos vamos a levantar. Vamos a levantarnos del polvo de este terremoto”.
Recordando un mensaje histórico de aliento, Mons. Márquez trajo a colación las palabras que San Juan Pablo II pronunció desde el Teatro Teresa Carreño de Caracas el 10 de febrero de 1996, durante su segunda visita al país: “Venezolanos, aunque sean serias las dificultades e inmensos los desafíos, grande ha de ser vuestro empeño. Ante un presente con incertidumbres y un futuro con interrogantes, haced valer las propias capacidades con imaginación y sobre todo con generosidad, confiando en Dios: Dios ama al hombre”. Este llamado del Pontífice resuena con particular fuerza en el contexto actual.
La magnitud de la devastación es considerable: las cifras oficiales reportan 4.829 fallecidos y decenas de miles de heridos y damnificados tras los recientes sismos. Ante esta emergencia sin precedentes, la solidaridad es vital. Aquellos que deseen colaborar pueden hacerlo a través de los canales oficiales de Cáritas Venezuela, una institución clave en la respuesta humanitaria que trabaja incansablemente en el apoyo a las comunidades afectadas.








