17 julio, 2026

Una imagen reciente del Papa León XIV adornando una taza de café “Americano” en una cafetería de Roma evoca una dualidad intrigante, refiriéndose tanto a su nacionalidad estadounidense como a una popular bebida italiana. Sin embargo, más allá de esta simbólica coincidencia, los verdaderos hábitos cafeteros del actual Sumo Pontífice, León XIV, tienen sus raíces en una cultura muy distinta: la del norte de Perú, donde pasó años como obispo y desarrolló un profundo aprecio por el café local.

Antes de asumir el solio pontificio, Robert Prevost sirvió como Obispo de Chiclayo, Perú, desde 2015 hasta 2023. Durante este periodo, el prelado, originario de Chicago, se sumergió completamente en la vida y las costumbres de la región. Su elección de café no fue la excepción a esta adaptación cultural. A diferencia de las tendencias de consumo de café en su país natal, el entonces obispo Prevost no buscaba bebidas sofisticadas al estilo estadounidense, a pesar de la presencia de cadenas internacionales en Chiclayo, una ciudad de aproximadamente 700.000 habitantes.

Los empleados del restaurante Trébol, un establecimiento donde el obispo Prevost desayunaba habitualmente, relatan que su preferencia se inclinaba por el café preparado al estilo tradicional peruano. Su bebida consistía en agua caliente a la que él mismo añadía concentrado de café líquido, conocido localmente como “esencia de café”. Este método de preparación, a menudo asociado con la “cafetera de la abuela” o el sistema “gota a gota”, implica verter agua caliente en una cámara superior que, lentamente, gotea a través de café molido. El resultado es un líquido espeso, oscuro y notablemente fuerte, con una concentración que puede cuadruplicar la de un café de filtro convencional.

Lo distintivo de la “esencia de café” reside en la posibilidad que ofrece al consumidor de ajustar la intensidad a su gusto personal. “Esa es nuestra costumbre aquí”, explicó Eduard Montoya Altamirano, el propietario de Trébol. “Servimos el café y el agua, y cada quien puede agregar lo que quiera”. Más agua resultaba en una bebida más suave, mientras que menos agua producía un café más potente. El obispo Prevost, según Montoya, era conocido por su predilección por el café particularmente fuerte, y jamás lo acompañaba con leche. “Sólo con agua”, rememoró el dueño del restaurante, subrayando la sencillez de su elección.

Los granos que Trébol utilizaba durante la estancia del obispo provenían de la región de San Ignacio, en Cajamarca, una zona situada en la sierra andina peruana. Cultivados a unos 2.100 metros sobre el nivel del mar, estos granos son apreciados por su distintivo aroma floral y un cuerpo sedoso que deleita el paladar. Aunque el café no se originó en Perú, este país sudamericano ha consolidado su posición entre los diez principales productores mundiales, contribuyendo con granos de alta calidad al mercado global.

El desayuno del obispo Prevost en Trébol a menudo incluía un “frito chiclayano”, un plato emblemático de la región que consiste en cerdo marinado y frito, servido con camote (batata) y yuca cocidos, complementado con una refrescante sarsa criolla de cebolla cruda, zumo de limón y ají. Para beber, optaba por un vaso de jugo de naranja o papaya. A pesar de la familiaridad con el personal, el entonces obispo no era particularmente conversador durante sus visitas al café. Aunque ocasionalmente compartía mesa con sacerdotes diocesanos u otros invitados, su carácter solía ser reservado. “Era un cliente poco exigente”, describió Montoya, “un cliente normal, educado, sencillo y que comía bien”.

Montoya recuerda que el obispo Prevost solía elegir una mesa con vista directa a la Catedral de Santa María de Chiclayo, que se erigía imponente justo enfrente del restaurante. El propietario interpreta esta elección como una forma del prelado de mantener una conexión constante con la Iglesia a la que servía, incluso en sus momentos de descanso y reflexión.

Ahora, en su elevada posición como Sumo Pontífice en la Ciudad Eterna, es probable que esos instantes de tranquila indulgencia cafetera sean escasos. No obstante, es fácil imaginar al Papa León XIV iniciando su jornada de descanso semanal en Castel Gandolfo con una apacible taza de café que, quizás, evoque aquellos sabores peruanos. En Roma, el espresso es indiscutiblemente la norma, lo que contrasta con el método de “esencia de café”. Sin embargo, la influencia de sus años en Perú podría haberse infiltrado en el Vaticano. Se rumorea que Monseñor Edgard Iván Rimaycuna Inga, su secretario chiclayano, y un grupo de religiosas peruanas, quienes se encargan del hogar papal, podrían haber facilitado la llegada de una “cafetera de la abuela” a la Santa Sede, permitiendo al Papa León disfrutar de su bebida preferida.

Con un viaje papal a Perú prácticamente confirmado para finales de este año, se anticipa que el Papa León regrese pronto a su “querida diócesis de Chiclayo”. Si, durante su visita, decide hacer una parada en un restaurante local para disfrutar de una taza de café, es casi seguro que lo pedirá fuerte y sin leche, recreando el ritual que definió su mañana durante su episcopado en la vibrante nación andina. Su gusto por la autenticidad y la sencillez, forjado en la cultura peruana, sigue siendo una parte entrañable de su identidad, incluso ahora como cabeza de la Iglesia Católica global.

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