En agosto de 2026 se cumplirán noventa años de uno de los capítulos más trágicos de la historia contemporánea de España y de la Iglesia: el asesinato, por odio a la fe, de la mayoría de los doce obispos españoles que perdieron la vida en el contexto de la Guerra Civil, iniciada el 18 de julio de 1936. Este sombrío aniversario invita a recordar el sacrificio de estos prelados, cuyas historias de fe y resistencia se enmarcan en un periodo de intensa persecución religiosa.
El martirio de los obispos comenzó incluso antes de agosto. En julio de 1936, Mons. Eustaquio Nieto, obispo de Sigüenza, fue asesinado por milicianos tras la ocupación de la ciudad. Sin embargo, fue el mes de agosto el que concentró un número significativo de estos crímenes. El 5 de agosto, Mons. Salvio Huix, obispo de Lérida, fue el primero en sufrir el martirio. A pesar de las advertencias, optó por permanecer en su diócesis, siendo posteriormente detenido, encarcelado y fusilado en el cementerio de Lérida. Su rechazo a renunciar a su condición episcopal marcó el inicio de una serie de sacrificios similares.
Tres días después, el 8 de agosto, la muerte encontró a Mons. Cruz Laplana, obispo de Cuenca. Arrestado en el seminario, desestimó la oportunidad de huir disfrazado, negándose a abandonar a su clero. Fue fusilado y sepultado en una fosa común, aunque su cuerpo fue trasladado a la catedral en 1940. Ese mismo día, Mons. Florentino Asensio, nombrado administrador apostólico de la Diócesis de Barbastro y consagrado obispo apenas en enero de 1936, también entregó su vida. Desde su encarcelamiento el 22 de julio, fue sometido a brutales torturas. En la madrugada del 8 de agosto, antes de ser fusilado junto a otros detenidos en el cementerio de Barbastro, bendijo y perdonó a sus verdugos, un gesto que resalta la fuerza de su fe.
Al día siguiente, el 9 de agosto, Mons. Miguel Serra, quien había tomado posesión de la Diócesis de Segorbe apenas en junio de ese año, fue fusilado. Al igual que sus hermanos en el episcopado, fue objeto de torturas tras su detención el 27 de julio junto a otros eclesiásticos.
La escalada de violencia continuó. El 12 de agosto de 1936, Mons. Manuel Basulto, obispo de Jaén, y Mons. Manuel Borras, obispo auxiliar de Tarragona, alcanzaron el martirio. Mons. Basulto fue detenido diez días antes en el palacio episcopal, junto a su hermana y su cuñado, y trasladado a la catedral de Jaén, convertida en prisión. En la fecha de su muerte, fue enviado en tren hacia Madrid, donde milicianos ejecutaron a casi doscientas personas, entre ellas el prelado. Por su parte, Mons. Borrás, consagrado obispo en 1934, fue detenido el 21 de julio junto al Cardenal Francisco de Asís Vidal y Barraquer. Mientras el Cardenal fue liberado y trasladado a Italia, el obispo Borrás permaneció preso durante dos semanas antes de ser fusilado y quemado tras ser llevado al tribunal de Tarragona.
El 22 de agosto, Mons. Narciso de Estenaga, obispo de Ciudad Real y Prior de las Órdenes Militares, fue asesinado. Amigo y confesor de Alfonso XIII, había sido consagrado obispo en 1923 y, al estallar la guerra, decidió permanecer en su diócesis. Tras el asalto al palacio episcopal y su expulsión, se refugió en casa de un amigo, donde fue encontrado por milicianos. Sin ofrecer resistencia, fue llevado a orillas del río Guadiana, a ocho kilómetros de Ciudad Real, y allí fue fusilado.
El final de agosto vio el martirio de otros dos obispos. El 30 de agosto de 1936, Mons. Diego Ventaja, obispo de Almería, y Mons. Manuel Medina, obispo de Guadix, encontraron la muerte. Mons. Ventaja, quien había tomado posesión de su diócesis un año antes del conflicto, se refugió tras la incautación del palacio episcopal y rechazó varias ofertas para salir de la ciudad. Acogió a Mons. Medina, junto con otros sacerdotes trasladados forzosamente a Almería. Tras ser confinados en un convento convertido en presidio y luego en barcos con presos comunes, donde sufrieron vejaciones, ambos fueron seleccionados y llevados al barranco del Chisme (Vícar), donde fueron fusilados y sus cuerpos quemados con gasolina en un acto de extrema crueldad.
La lista de prelados que murieron mártires en el transcurso de la Guerra Civil se extendió más allá de agosto de 1936. Juan de Dios Ponce y Pozo, quien ejercía como Administrador Apostólico de Orihuela desde 1935, fue detenido en octubre y fusilado el 30 de noviembre de 1936. Mons. Manuel Irurita, obispo de Barcelona, se mantuvo oculto en casa de una familia amiga hasta su descubrimiento y detención. Fue fusilado en el cementerio de Moncada el 3 de diciembre de 1936 y es el único de estos obispos que aún no ha sido oficialmente reconocido como mártir y beatificado. Cierra esta trágica nómina Mons. Anselmo Polanco, agustino y obispo de Teruel. Arrestado en enero de 1938, pasó trece meses en prisión hasta que, dos meses antes del fin de la guerra, fue fusilado en el barranco de Can Tretze junto a otros prisioneros.
El recuerdo de estos obispos mártires en el nonagésimo aniversario de su muerte no solo honra su memoria, sino que también subraya la magnitud de la persecución religiosa en la España de 1936. Sus vidas y sus sacrificios permanecen como testimonios de una fe inquebrantable frente a la adversidad extrema, y sus procesos de beatificación y canonización son un reconocimiento a su legado espiritual.








