Cada año, en vísperas de la fiesta de la Virgen de Urkupiña, la ciudad de Quillacollo, en el corazón del departamento de Cochabamba, Bolivia, se transforma en un vibrante epicentro de fe y tradición. Miles de devotos y visitantes, tanto de Bolivia como del extranjero, acuden a este pintoresco municipio para rendir homenaje a la “Mamita de Urkupiña” o “la Pastorcita”, en una de las manifestaciones religiosas y culturales más significativas del país. Esta celebración no solo es un acto de profunda devoción mariana, sino también una explosión de color, música y danzas que reflejan la rica diversidad del patrimonio boliviano.
Las festividades arrancan con fuerza, marcando el inicio de una semana de intensas actividades espirituales y folclóricas. Un momento cumbre en los días previos a la jornada principal es la emotiva llegada de más de treinta advocaciones marianas, procedentes de diversas regiones de Bolivia y de países vecinos. Acompañadas por sus respectivas delegaciones de fieles, estas imágenes peregrinas, entre las que destacan la icónica Virgen de Copacabana, la venerable Virgen del Socavón de Oruro, la querida Mamita de Cotoca y la protectora Virgen de Chaguaya, así como Nuestra Señora de los Dolores de Tapacarí, convergen en Quillacollo. La comunidad local, junto a autoridades municipales y departamentales, el cuerpo policial y los referentes eclesiásticos, recibe con solemnidad y fervor a estas sagradas representaciones, compartiendo una jornada imbuida de devoción popular que sirve de preludio a la gran fiesta.
Tras ser escoltadas en una multitudinaria procesión, las imágenes marianas llegan al histórico templo de San Ildefonso. Allí, se celebra una Eucaristía en su honor, y posteriormente, las distintas advocaciones permanecen expuestas, permitiendo a los fieles acercarse, rezar y venerar a sus patronas. Este acto de comunión entre diferentes expresiones de fe mariana subraya la unidad de la iglesia boliviana en torno a la figura de la Virgen.
La celebración adquiere un matiz aún más profundo con la “Entrada Autóctona”, una expresión dancística que tiene lugar durante el segundo día de festejos. En ella, grupos de bailarines ataviados con vestimentas tradicionales ejecutan danzas originarias de las diversas etnias de Bolivia, transportando a los espectadores a las raíces culturales del país andino. Esta manifestación es un testimonio vivo de la cosmovisión y el sincretismo religioso que caracterizan a la región.
El clímax folklórico llega con la “Gran Entrada Folklórica”, un evento majestuoso en el que más de ochenta fraternidades de danzarines, procedentes de todo el país, desfilan con sus coloridos trajes y coreografías elaboradas hasta la parroquia de San Ildefonso. Es un espectáculo de alegría desbordante, donde el sonido de las bandas musicales, los ritmos autóctonos y la gracia de los bailarines llenan las calles de Quillacollo, consolidando la fiesta de Urkupiña como un referente cultural de trascendencia nacional e internacional.
El 15 de agosto, día central de la fiesta, se celebra la Solemne Misa Central, el punto álgido de la jornada. Miles de feligreses se congregan para participar en la Eucaristía, que precede a la solemne procesión de la imagen de la Virgen de Urkupiña. La “Pastorcita”, adornada con ofrendas florales y rodeada de la devoción de sus hijos, es llevada en andas por las principales calles de Quillacollo, en medio de cánticos, oraciones y el fervor de un pueblo que le rinde tributo.
Al día siguiente, el 16 de agosto, la tradicional peregrinación al Calvario en el cerro de Cota convoca a miles de peregrinos. Estos devotos recorren a pie más de 14 kilómetros desde la ciudad de Cochabamba hasta Quillacollo, en un acto de fe y sacrificio. Una vez en el Calvario, tiene lugar el singular “rito de las piedras”, también conocido como el de “las minas”. En este ancestral ritual, los fieles, armados con pequeños martillos, rompen rocas del cerro y se llevan consigo fragmentos de estas piedras. Simbolizan el “préstamo sagrado”, los bienes materiales que la Virgen supuestamente otorga a sus devotos. Este “préstamo” conlleva la promesa de regresar durante tres años consecutivos para agradecer, rezar y “devolver” el favor, perpetuando así un ciclo de fe y esperanza.
Finalmente, el 17 de agosto, los festejos culminan con la apertura oficial de la Feria de la Alasita. Este tradicional mercado de miniaturas ofrece réplicas de casas, automóviles, billetes y una infinidad de objetos que los visitantes adquieren como símbolos de sus deseos y anhelos. La creencia popular sostiene que al bendecir estas miniaturas por intercesión de la Virgen de Urkupiña, los sueños representados en ellas se harán realidad en el transcurso del año.
La devoción a la Virgen de Urkupiña tiene sus raíces en una conmovedora historia que se remonta a finales del siglo XVIII. Se cuenta que una niña quechua, mientras pastoreaba el rebaño de su familia cerca del río Sapinku, al pie del cerro de Cota, presenció el descenso de una luz resplandeciente del cielo. Al acercarse, la pequeña divisó a una mujer de extraordinaria belleza que sostenía a un niño en sus brazos. Lejos de sentir temor, la niña estableció un vínculo cercano y cotidiano con la mujer, a quien cariñosamente llamaba “Mamita”. La tradición oral relata que la “Mamita” descendía para acompañarla y conversar en quechua, incluso haciendo brotar agua de las rocas para el rebaño y entregando a la pastorcita piedras que, al llegar a su hogar, se transformaban milagrosamente en bloques de oro.
Alertados por el extraordinario relato de su hija, los padres de la niña informaron al sacerdote y a las autoridades locales, quienes decidieron ascender al cerro para verificar lo sucedido. En el trayecto, la niña se adelantó y, al avistar la cumbre, señaló hacia la cima exclamando en su lengua materna, el quechua: “¡Jaqaypiña urqupiña! ¡Jaqaypiña urqupiña!”, que significa “¡Ya está en el cerro!”. Aunque la comitiva solo alcanzó a presenciar la ascensión de una figura luminosa hacia el cielo, en el punto exacto donde la mujer había pisado la tierra, encontraron una imagen esculpida en piedra. La exclamación quechua, castellanizada con el paso de los años, dio nombre a esta advocación mariana: Urkupiña. La imagen hallada fue trasladada al pueblo y colocada en el solar que hoy ocupa el templo de San Ildefonso, donde desde entonces es venerada.
Este edificio, testigo de siglos de fe, fue declarado Monumento y Patrimonio Cultural de Bolivia en 1992, y el 8 de diciembre de 1998, fue nombrado oficialmente Santuario de Nuestra Señora Virgen María de Urkupiña. La festividad de Urkupiña no es solo una celebración religiosa; es un poderoso símbolo de la identidad cultural boliviana, que entrelaza la devoción mariana con las tradiciones ancestrales, el arte, la música y la danza, atrayendo a creyentes y curiosos en una experiencia inolvidable de fe y comunidad.








