13 agosto, 2026

Solidaridad más allá de las fronteras ante la represión

Mientras miles de creyentes tomaban las armas en territorio mexicano durante los años veinte del siglo pasado para hacer frente a la escalada de intolerancia institucional, paralelamente se estructuraba una estrategia de carácter transfronterizo. Esta movilización combinó la difusión informativa, el auxilio humanitario y la presión diplomática con el propósito central de salvaguardar las garantías fundamentales de la grey católica mexicana, según detalló Francisco Sáenz Muñoz, director para el Desarrollo de México de la Misión Fraternal de la Oficina Suprema de los Caballeros de Colón, en declaraciones a ACI Prensa.

El experto señaló que gracias a estas acciones coordinadas, la realidad del conflicto trascendió hacia las altas esferas gubernamentales, alcanzando tanto al Congreso y al Departamento de Estado como a la propia Casa Blanca y a los principales medios de comunicación estadounidenses. Aunque las tensiones políticas venían gestándose desde el siglo precedente y se recrudecieron tras la promulgación de la Constitución de 1917 de corte anticlerical, el detonante definitivo ocurrió con la entrada en vigor de la conocida como «Ley Calles» el 31 de julio de 1926, fecha en que el episcopado determinó suspender los actos litúrgicos públicos en señal de protesta contra la administración del entonces presidente Plutarco Elías Calles.

El salto de las tensiones hacia el territorio estadounidense

En su obra La Cristiada, el historiador Jean Meyer puntualiza que el cese temporal de las ceremonias religiosas representó el catalizador formal de la revuelta armada que se prolongaría hasta 1929, período al que sucedieron años adicionales de hostigamiento estatal. Antes de optar por la vía armada, Sáenz Muñoz recordó que los fieles agotaron las alternativas pacíficas disponibles, impulsando un boicot económico, manifestaciones públicas y la entrega de un pliego petitorio respaldado por 2 millones de firmas ante el poder legislativo.

Sin embargo, ante la cerrazón institucional, amplios sectores consideraron agotados los cauces pacíficos para tutelar su fe. En aquella época, la organización de los Caballeros de Colón poseía 43 consejos locales y agrupaba a unos 6.000 miembros en México, estructuras que terminaron siendo disueltas al declararse la ilegalidad de la agrupación y prohibirse su publicación periódica titulada Columbia.

La dimensión de los acontecimientos traspasó los límites nacionales a través de múltiples vías simultáneas. Rotativos de gran influencia como The New York Times y The Washington Post difundieron notas sobre la aplicación de las restricciones normativas, la expulsión de ministros de culto extranjeros y la clausura de recintos sagrados, sumándose a los reportes diplomáticos emitidos por la legación estadounidense en suelo mexicano.

Estrategias financieras y diplomáticas desde el norte

Un factor determinante consistió en la participación activa de los obispos de Estados Unidos y de aquellos pastores y religiosos que, habiendo sido expulsados de México, se refugiaron temporalmente en urbes fronterizas como El Paso, San Antonio y Los Ángeles. Desde tales enclaves, los desplazados ofrecieron conferencias, redactaron documentos pastorales y concedieron entrevistas para exponer la gravedad del escenario.

La condena internacional adquirió rango supremo cuando el pontífice Pío XI promulgó el 18 de noviembre de 1926 la encíclica Iniquis afflictisque, centrada en la severa crisis que padecía el catolicismo mexicano a causa de la represión. Tal misiva papal experimentó una amplia divulgación en los rotativos confesionales tanto de Norteamérica como de otras latitudes.

Dentro de este engranaje solidario, los Caballeros de Colón destacaron por estructurar la campaña de concientización más ambigua y extensa, imprimiendo millones de folletos, patrocinando foros y proveyendo recursos a seminaristas, presbíteros y familias desplazadas. Durante la Convención Suprema celebrada en Filadelfia en 1926, la organización instituyó formalmente el denominado «Fondo México» dotado con un millón de dólares, destinado a visibilizar la problemática, socorrer a los refugiados y sostener al clero exiliado.

Para Sáenz Muñoz, semejante despliegue internacional generó un contrapeso indispensable frente a las políticas del gobierno central mexicano, combinando la autoridad moral del papado con el peso económico de la diplomacia norteamericana, lo que propició un clima favorable para ulteriores acercamientos negociados. Cien años después de aquellos hechos, la organización reafirma su compromiso de preservar la memoria histórica de aquellos sucesos y de promover la libertad de cultos como un pilar fundamental de los derechos humanos en el continente.

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