15 agosto, 2026

Los colombianos de Manizales acuden a la parroquia Santa Ana para encontrar consuelo en la adoración eucarística, luego del terremoto del 10 de agosto de 2026. | Crédito: Cortesía parroquia Santa Ana de Manizales.

Tras la fuerte sacudida que devastó la región el pasado 10 de agosto de 2026, la comunidad católica de Manizales encontró un espacio de recogimiento y sanación comunitaria en la emblemática parroquia Santa Ana. Los habitantes, marcados por el impacto del movimiento telúrico, se congregaron para participar en una jornada especial de oración y acompañamiento integral.

Desde las primeras horas posteriores al desastre, las consecuencias materiales y humanas quedaron en evidencia. Una de las postales más impactantes que recorrió las plataformas digitales mostró los daños severos en la estructura de la catedral local, cuya torre principal se inclinó de forma peligrosa, obligando a cientos de ciudadanos a pernoctar en la plaza central en busca de resguardo.

Respuesta pastoral ante la emergencia

Para mitigar el sufrimiento colectivo, la Iglesia local dispuso decenas de recintos sagrados para continuar con las ceremonias litúrgicas. En este contexto, la convocatoria en la iglesia Santa Ana fue impulsada de manera conjunta por el párroco, el padre Luis Fernando Yepes, y la iniciativa Clínica del Alma, dirigida por el padre Duberley Salazar.

La magnitud de la crisis humanitaria quedó reflejada en los reportes oficiales. De acuerdo con las cifras suministradas por el alcalde Jorge Rojas Giraldo, el desastre dejó un saldo preliminar de 6 personas fallecidas, 211 heridos y más de 4.000 damnificados, además de 590 familias que perdieron sus hogares o debieron ser evacuadas de edificaciones colapsadas.

Al respecto, el padre Duberley Salazar explicó que el propósito principal fue socorrer a “una Manizales golpeada no solamente en sus estructuras, sino también en el corazón de sus habitantes”. Asimismo, añadió: “La Iglesia quiso hacerse presente desde una de sus vocaciones más profundas: ser madre que acoge y hospital para las almas heridas”.

Atención psicológica y espiritual

La jornada religiosa trascendió el ámbito litúrgico tradicional. Al concluir la Hora Santa, profesionales de la salud mental ofrecieron módulos de intervención primaria. Un equipo de psicólogos católicos desplegó dinámicas de escucha activa y contención emocional para los asistentes abrumados por la tragedia, derivando a instancias clínicas especializadas aquellos casos que requerían un seguimiento riguroso.

Después de la Hora Santa, se brindó un espacio para las personas que necesitaban consejería psicológica a causa de los efectos del sismo. | Crédito: Cortesía parroquia Santa Ana de Manizales.
Después de la Hora Santa, se brindó un espacio para las personas que necesitaban consejería psicológica a causa de los efectos del sismo. | Crédito: Cortesía parroquia Santa Ana de Manizales.

Las actividades iniciaron con una eucaristía dedicada a las víctimas mortales, los heridos, los desplazados y aquellos que aún padecen los estragos del miedo y la incertidumbre. Posteriormente, durante la adoración ante el Santísimo Sacramento, el padre Yepes guio la reflexión basándose en pasajes bíblicos significativos, como la tempestad calmada en el mar de Galilea y el episodio de los discípulos de Emaús.

El padre Salazar reflexionó sobre estos pasajes indicando que la tormenta en el relato evangélico cobró un sentido profundo para quienes presenciaron cómo la firmeza de su entorno se derrumbaba en segundos. Recordó que los discípulos experimentaron terror, pero descubrieron “que Jesús permanecía con ellos dentro de la barca”.

Sobre el proceso de recuperación emocional y social, el sacerdote enfatizó que salir adelante no implica ignorar el dolor ni minimizar las pérdidas humanas. “Significa creer que el dolor no tiene derecho a escribir por sí solo el último capítulo de nuestra historia. Es levantarse para acompañar, servir, compartir y reconstruir; levantarse también para ayudar a ponerse de pie al hermano que todavía no puede hacerlo solo”, sostuvo.

Finalmente, los organizadores reconocieron que la reconstrucción de la ciudad tomará un tiempo considerable y que muchas cicatrices permanecerán abiertas, pero destacaron que la fe compartida dejó una convicción inquebrantable entre los feligreses: el terremoto logró sacudir los cimientos físicos de la tierra, pero jamás conseguirá apagar la esperanza.

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