26 agosto, 2026

Una cita programada bajo la premisa de concretar un divorcio terminó convirtiéndose en el punto de inflexión para un matrimonio que llevaba cinco años distanciado. En abril de 2009, Mariela Villanueva viajó a Venezuela con la intención definitiva de disolver su vínculo legal con Harold Figueras, quien se había marchado a radicar a otro país. Por su parte, el esposo preparó un listado exhaustivo de reclamos para confrontarla apenas se vieran.

Sin embargo, el reencuentro previsto para las 3:00 de la tarde —coincidiendo con la Hora de la Misericordia— desvió por completo las expectativas de ambos. Cuando la abogada llegó al lugar donde solían encontrarse en su juventud, Harold buscó en vano la hoja con sus quejas, la cual se había extraviado.

“Yo estaba esperando una guerra. Ella abrió los brazos para abrazarme y entendí que el único que quería pelear era yo”, recuerda Harold en una entrevista con ACI Prensa. Aunque aquel abrazo no supuso una reconciliación inmediata, marcó el inicio de un proceso que derivaría en el retorno definitivo del esposo a su hogar casi un mes después.

Un inicio marcado por la fragilidad conyugal

La historia de la pareja comenzó en 1998 en el Colegio de Ingenieros de Venezuela. Mientras ella lideraba una consultoría jurídica y mantenía una vida de oración frecuente, él se desempeñaba en sistemas y mostraba total indiferencia hacia las prácticas religiosas, llegando a contraer nupcias católicas en el año 2000 en la parroquia San Francisco de Asís, en Lima, motivado meramente por una formalidad social.

La falta de bases espirituales compartidas, sumada a problemas de comunicación, orgullo y la compleja crisis económica venezolana, erosionó la relación hasta provocar la partida de Harold. Mariela se quedó en la capital peruana junto a su pequeña hija, enfrentando la soledad y un profundo resentimiento hacia la Iglesia tras una mala experiencia pastoral.

El punto de quiebre a través de la infancia

La dinámica familiar dio un vuelco inesperado cuando la hija de ambos, de apenas siete años, le pidió a su madre que le enseñara a rezar el Rosario. La insistencia posterior de la menor por realizar su Primera Comunión y su cuestionamiento directo sobre la presencia de Dios en el corazón de su madre impulsaron a Mariela a regresar al confesionario.

A partir de entonces, adoptó una rutina de Misa diaria, adoración eucarística y el rezo nocturno del Rosario. “Yo iba buscando que Dios cambiara a mi esposo. El Señor terminó cambiándome a mí”, reflexiona.

Durante una jornada de adoración, mientras se lamentaba como la víctima de la situación, experimentó un profundo impacto espiritual al contemplar la custodia eucarística. Comprendió entonces que su enfoque era erróneo y que debía centrarse en su propia conversión y en su responsabilidad dentro del sacramento matrimonial, abandonando los reclamos hacia su pareja para pedir únicamente por el acercamiento de él a la fe.

El descenso hacia el ocultismo y el retorno

En contraste con el camino espiritual adoptado por Mariela, Harold experimentó un periodo de distanciamiento absoluto, incursionando en prácticas como el tarot, la santería cubana y la palería. No obstante, en medio de ese vacío, notó un cambio radical en la actitud de su esposa, quien dejó los reproches para transmitirle una profunda paz interior.

Tras el reencuentro en territorio venezolano, Harold retornó al Perú con temor al rechazo familiar, pero fue recibido con total afecto. Poco después, impulsado por una fuerza interna al visitar una parroquia en Barranco, ingresó al confesionario y posteriormente participó en un retiro espiritual donde experimentó su propia conversión, renunciando de manera definitiva al ocultismo.

Una misión dedicada a la reconciliación familiar

Han transcurrido más de quince años desde aquel acontecimiento, y la pareja dirige actualmente el movimiento católico peruano Jesús y María Restauran Mi Familia. A través de iniciativas como el “Taller de María” y el retiro anual “Mírame a Mí”, brindan acompañamiento a matrimonios en crisis o separados, enfatizando que la verdadera restauración comienza por el cambio personal y no por la exigencia de modificar al cónyuge.

Testimonios dentro de la comunidad, como el de Johanna Muñoz —quien transitó ocho años de separación antes de iniciar su propio camino de conversión—, reflejan el impacto de este enfoque. “El Señor está haciendo su obra… va dando pasitos muy lentos”, señala al recordar los avances en su propia familia.

Para Harold y Mariela, el propósito central de su testimonio no radica en ofrecer una fórmula mágica de recuperación, sino en recordar que la superación de las crisis conyugales requiere, ante todo, permitir que la misericordia divina ocupe el centro de la vida familiar.

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